UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 11)








Hola, lectores y lectoras. Debido a que aún estamos en fiestas en mi ciudad, he retrasado un par de días mi habitual entrada del viernes. Os pido disculpas, y aquí lo tenéis ya.

Vais a conocer a un personaje tan especial como Liduvel, el mismísimo Lucifer, el ángel más hermoso y el más maquiavélico, a quien dejamos en el anterior capítulo sintiendo una gran curiosidad por la fuga de la diablesa, tanto que sube al mundo para interesarse en persona por su caso. Elige para el encuentro una iglesia, un lugar donde, al contrario de lo que piensa la gente, se siente muy a gusto. Alli se celebrará el primer debate sobre la fuga, sobre sus motivos y la forma de resolver el problema generado por la diablesa fugitiva. Y no os cuento más. Este capítulo es esencial para que vosotros/as, Lucifer y Gabriel, comprendan a Liduvel, aunque estad seguros de que unos serán más comprensivos que otros...

¡Hasta la próxima entrega!



11.
    Se dirigió a la iglesia más despacio de lo que hubiera deseado, pues sus piernas temblaban violentamente. Transmitía su terror a aquel cuerpo, de igual modo que aquel cuerpo le transmitía el dolor y el cansancio. Empujó la puerta, que a esa hora debía estar cerrada, y cedió de inmediato, abriéndose ante ella. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Las luces estaban todas encendidas, como si fuera a celebrarse misa en el altar mayor. Las velas ardían en su totalidad, las naturales y las de iluminación artificial. Jamás había visto tanta luz iluminando una iglesia, aunque no tenía demasiada experiencia en visitas a aquellos recintos.
    A los numerarios más jóvenes y crédulos se les engañaba diciendo que si entraban en una iglesia arderían en llamas eternas por su atrevimiento. Por supuesto, pronto comprobaban que era mentira, pues todos ellos debían hacer gamberradas dentro de las iglesias, era una asignatura obligatoria para alcanzar un status de demonio titular.
    ¡Bienvenida, Liduvel! Acércate...—la invitó alguien desde uno de los bancos.
    Ella tembló al escuchar su voz. Era profunda y antigua, llena de poder. Se acercó y con gran esfuerzo le miró a la cara, tal como él requería siempre. Era tan atractivo como aterrador. No en vano tenía fama de ser el ángel más hermoso. Su elegancia también era proverbial: vestía traje oscuro de Armani, camisa de color negro y corbata en tonos oscuros, todo hecho a medida (por supuesto) y unos zapatos brillantes y finos. Se apoyaba en un hermoso bastón con puño de marfil. No había en el mundo nadie tan elegante como él.
    ¡Pésimas tardes, jovencita! Buena intuición. Me has hallado de inmediato. Y extraordinario valor… para presentarte ante mí después de lo que has montado…—la saludó él con voz suave y sugerente, con aquella mirada incisiva que la despedazaba y analizaba como en un análisis forense.

    Pésimas tardes, señor. Usted dirá—respondió Liduvel con un hilo de voz, inclinándose con respeto ante su máximo superior hasta la fecha. Lucifer sonrió con aire divertido. Ella tenía prisa por conocer el propósito de su visita, pero no se lo pondría tan fácil. Iba a juguetear un poco con ella antes de pulverizarla en millones de perfectos pedazos y dispersarlos por el cosmos. No iba a permitir aquellos jueguecitos cualesquiera que fueran sus motivosque motivaron que Gabriel visitara sus dominios y los alborotara. Lo único que le llevaba a hablar con aquella insolente era su innata curiosidad. ¿Por qué lo había hecho? Ni sus grandes poderes mentales podían penetrar en su secreto.

    Tengo entendido que no ostentas un cargo adecuado a tu capacidad, incluso estuviste a un paso de la degradación. Sin embargo, tu brillante historial te salvó, ya que nuestra justicia es proverbial. Dime, Liduvel, ¿acaso no eras feliz? ¿He sido descuidado al no felicitarte por tus éxitos profesionales? Quizás una medalla, un trofeo, una palmadita en la espalda... te hubiera satisfecho. A los humanos les encantan esas cosas, lo sé. ¿Acaso te sentiste poco valorada? Habla, en confianza, ¿por qué me has abandonado? ¿Ya no me amas, Liduvel? ¿No recuerdas los tiempos de gloria, cuando nuestro amable Creador nos expulsó a todos del paraíso y nos concedió un reino propio donde poder evolucionar y desarrollarnos libres, lejos de su poder? ¿Cual es el propósito de esta posesión no autorizada? ¿Acaso pretendes fugarte del Infierno? ¿Es eso, querida? ¿O solamente es una pequeña broma para llamar mi atención? Porque si eso deseabas, ya lo has conseguido. Aquí me tienes… a Lucifer, señor y dueño de los Infiernos en persona, realmente interesado en tus motivos… —indagó él, con aquella voz envolvente y seductora, aparentemente teñida de decepción, pero impregnada de un potente veneno que no la podía engañar. Al fin y al cabo, eran hermanos, iguales desde el principio, aunque él hubiera encabezado la rebelión para derrocarLE y asumir el poder supremo, y ella no ostentara siquiera la Jefatura de la Sección de Suicidios.
    Liduvel respiró hondo, como suelen hacer los humanos antes de iniciar un difícil discurso. Lo había ensayado muchas veces, pero ahora la voz no salía de aquella constreñida garganta humana, porque ella le transmitía su terror.
    No pretendía felicitaciones, señor, ni siquiera un cargo digno de una diablesa primigenia. Sólo hacía mi trabajo. Y usted tenía muchas responsabilidades para fijarse en mí, por supuesto. El suyo es un cargo demasiado importante para fijarse en pequeñeces como mi trabajo...—comenzó ella, humildemente. Por nada del mundo quería parecer soberbia, aunque eso hubiera gustado a Lucifer, pues al fin y al cabo la soberbia era un pecado. Pero eso la hubiera hecho perder puntos ante quien realmente le interesaba impresionar. La humildad era una virtud que no le era extraña.
    Él sonrió ampliamente y en sus ojos se distinguieron destellos rojizos. Un alarde de humildad, pero no totalmente sincero. Debería incluso estar postrada a sus pies, pidiendo perdón y piedad, pero estaba en pie, altiva y firme, como si estuviera muy segura de sí misma. No le cuadraba.
    Liduvel, ¿conoces el protocolo de castigo por esa insolencia? Eres muy inteligente y sé que habrás sopesado todas las posibilidades. Entonces ¿por qué te arriesgas de ese modo, provocándome?—preguntó Lucifer, y su tono había dejado de ser dulce para empezar a ser sutilmente amenazante.
    Ella sintió el peligro y tembló, pero no podía echarse atrás. Ya no.
    Señor, no pretendo ser insolente. Ni tampoco quiero aclarar este tema aquí y ahora. Supongo que se constituirá un tribunal para juzgar mi caso y entonces, cuando llegue el momento decisivo, declararé cuanto deba declarar. Sin embargo, ya que se ha molestado en ascender al mundo, le debo una breve explicación. Mi propósito, señor, es simple y llanamente regresar al Lado Luminoso. Recuerdo los tiempos gloriosos, sí, pero son los que vivimos antes de la Gran Rebelión. Sé que mi propósito parece descabellado y es muy complicado llevarlo a cabo. Nunca se ha hecho, pero no quiere decir que sea imposible—explicó ella, en voz baja pero sin titubeos. Al fin lo había dicho. Había ensayado muchas veces aquel discurso, pero aún no lo había perfeccionado.
    La llama de las velas reales se elevaron un palmo sobre sus soportes y se consumieron en un instante. Las velas automáticas comenzaron a estallar una tras otra. Las ropas de la imagen de un santo se prendieron, y ella, que lo vio de reojo, ya que no se atrevía a perder de vista a Lucifer, se apresuró a apagar el pequeño incendio utilizando su poder, a pesar de que tal osadía le podía costar cara. De hecho, este acto enfureció aún más a Lucifer, cuya rabia se traslucía a través de sus ojos rojos, y tal vez aquel atrevimiento hubiera significado su último momento en el mundo, de no haberse escuchado la voz de una tercera presencia no humana en la iglesia, que detuvo la destrucción que se avecinaba.
    ¡Calma! ¡Calma... amigo Lucifer! Después de tanto tiempo ¿aún no has aprendido a dominar tu mal genio y relajarte?
    Ella se giró hacia el recién llegado, extrañamente aliviada, y se encontró cara a cara con otro de los ángeles más hermosos del Lado Luminoso. En realidad era mucho más que un ángel, pues era la mano derecha y la misma voz de ÉL. En ese instante le pareció su única posibilidad de salvación.
    ¡Gabriel! ¡Qué inesperado placer!—le saludó Lucifer, cambiando al instante su semblante feroz por uno falsamente amable Relajarse es un lujo que solo podéis disfrutar los privilegiados del Lado Luminoso, contagiados de la paz y el amor de vuestro JEFE. Nosotros inventamos el estrés y perder la calma es nuestra especialidad—explicó Lucifer, exhibiendo su sonrisa más falsa.

    También inventasteis la burocracia, amigo Lucifer, y la informática. Gracias a tu eficaz sistema de archivos informáticos, he llegado hasta aquí justo a tiempo para detenerte. Lo que ibas a resolver convirtiendo a esta insensata en millones de preciosos átomos dispersos por el cosmos, deberá resolverse más adelante, ante un tribunal legalmente constituido.... Se ha iniciado el proceso de revisión de este caso insólito, yo en persona lo he recomendado—anunció con resolución Gabriel, acercándose despacio, lleno de majestuosidad. El impecable Lucifer observó con ojos ladinos aquel cabello largo y aparentemente descuidado, aunque brillante, y la vestimenta sencilla, de pantalones holgados y una amplia camisola ambos blancos y relucientes como el mismo sol. Hacía mucho tiempo que él también había lucido aquellas vestiduras resplandecientes. Un traje elegante y caro jamás cae tan bien como aquella vestidura de luz. La envidia le hubiera corroido, si aquellas palabras no le hubieran hundido antes en la miseria.

    ¡Aaah, la maravillosa burocracia! Tomaré nota del funcionario que ha colaborado contigo para realizar las pertinentes averiguaciones, a fin de ascenderle por su eficacia—asintió Lucifer, haciendo aparecer en sus manos una elegante pluma y una libreta de notas de un color sospechosamente negro.

    Sí, por supuesto. Le ascenderás al puesto de torturador en las calderas del lugar más profundo del infierno. Te conozco, Lucifer. Una vez fuiste mi hermano, y por desgracia, los eones no te han mejorado—sonrió Gabriel con aquel tono amablemente irónico que tanto ofendía a LuciferNo voy a revelar mis fuentes de información, pero te diré que para vengarte de tus subordinados, deberías desmantelar toda tu compleja red de áreas, secciones, negociados y departamentos, pues todo el personal me ha ayudado eficazmente. Te felicito sinceramente por tu gran organización—bromeó Gabriel, con aire divertido.

    Los eficaces Neville y Fidelón, así como sus ayudantes, secretarios y adjuntos de sección, habían indagado departamento por departamento. A base de investigar y seguir las pistas, todo hacía sospechar que el Área de «Inducción a la Muerte Violenta» era la más indicada para buscar a la fugitiva. De inmediato descubrieron que había una sospechosa. Liduvel estaba mucho tiempo sin contactar con su inmediato superior, Luzdel, pero eso era prácticamente irrelevante, ya que gozaba de bastante autonomía, y nunca se tomaba prisa en sus trabajos. Según Luzdel, era una auténtica artista en su especialidad, y dados sus resultados brillantes, había que otorgarle un voto de confianza, por eso su fuga había pasado absolutamente desapercibida durante aquel tiempo.
    La última misión que figuraba en el expediente no tenía nada que ver con una chica drogadicta que vivía en un barrio humilde de una ciudad cualquiera de la tierra conocida como España. Se refería al suicidio de un rico industrial que había sido denunciado por utilizar niños esclavos en sus fábricas del Tercer Mundo. Sin duda se trataba de una maniobra de despiste.

    Gabriel indagó en su pasado, en un expediente polvoriento, archivado en la Sección de Recursos Demoníacos, Departamento de Historiales de Personal Fijo no Numerario. Halló datos muy interesantes respecto a ella, como por ejemplo: lo profundamente que la había afectado la traición de Axel, el que ella creía su alma gemela, quien a última hora no secundó la Rebelión y permaneció en el Lado Luminoso. También se encontraron datos sobre una terapia seguida hacía tiempo con un tal Damón, quien a causa de graves anomalías en sus terapias (que habían provocado más de un funesto acontecimiento en el Lado Oscuro y también en el mundo humano) había sido condenado al olvido eterno. Al repasar este punto, Gabriel no pudo evitar una sonrisita torcida, que no pasó desapercibida para ninguno de los presentes en aquel momento, que no tenían ni idea de lo que significaba aquella enigmática sonrisa. A la vista de su historial, Gabriel comprendió porque Liduvel no era una diablesa típica.

    Y allí estaban frente a frente de nuevo. La recordó en el día de la Gran Rebelión, con su hermoso rostro pálido y consternado por el castigo a su atrevimiento, cuando fue arrojada a los abismos junto a sus compañeros rebeldes. También recordaba que en otra ocasión, muchos eones más adelante en el tiempo, la vio en un lugar de sufrimiento, junto a unos ajusticiados. Liduvel derramó allí amargas lágrimas, impropias de su condición, mientras sus congéneres celebraban felices la maldad humana que se respiraba en aquella colina. Y después de aquel cruel y extraño episodio, simplemente perdió su pista. Durante más de 2000 años en la contabilidad humana, no volvió a cruzarse nunca en su camino.
    ¡Gabriel, Gabriel! Solo intentaba ahorrar tiempo y gasto innecesario de energía, amigo. Sabes de sobra que los tuyos no la admitirán en su seno jamás. La piedad solo se muestra hacia los inferiores humanos, es un hecho demostrado. Y nosotros tampoco necesitamos traidores en nuestras filas. Tarde o temprano acabará en el mismo lugar donde yo pensaba mandarla. ¿Qué más da adelantar un poco los acontecimientos? ¿Crees que es recomendable que ande por el mundo, alterándolo todo a su antojo, sin respetar el protocolo de destino final de los humanos? Esa estúpida chica que ahora habita como un parásito... debería estar muerta, su madre debía de morir desesperada dentro de poco tiempo y sus amigos deberían vivir largos años cargados de remordimientos por haberla abandonado a su suerte... Estas tres simples minucias que no parecen graves en un principio… desembocaran en otras tantas alteraciones de la línea espacio tiempo por su intervención insensata, y finalmente la estructura del universo entero se alterará... tú lo has visto otras veces, Gabriel. Los humanos lo llaman «efecto mariposa», no sé por qué estúpida razón—razonó Lucifer, poniéndose en pie y paseando con aire hostil, pero siempre con una pose elegante y un tono contenido.
    Gabriel negó con la cabeza. Su disertación no carecía de lógica, pero él podía ver mucho más allá que el resto de los ángeles, y en un microsegundo humano calculó las consecuencias de la intervención de Liduvel. Nada malo ocurriría en el futuro, nada excesivamente grave que debieran lamentar. Al contrario, muchos humanos mejorarían su existencia gracias a aquella cadena de cambios en el futuro. Miró a Lucifer con los brazos cruzados y una expresión obstinada en su mirada.
    No es cierto que solo mostremos piedad hacia los humanos. La piedad es una virtud que nos distingue. No te lo puedo demostrar porque jamás un ángel del lado oscuro se ha arrepentido de su traición y ha deseado regresar, amigo mío. Este es un hecho sin precedentes—le replicó con aire tranquilo, haciéndole resoplar.
    Gabriel se giró hacia Liduvel, y su expresión varió. Parecía severo, pero ella sintió que no era hostil. Parecía disimular lo realmente divertido que le parecía su caso.

    ¿Ves lo que has hecho, amiga Liduvel? Puedes haber provocado una hecatombe universal con tu fuga. Muchos destinos han cambiado ya desde tu aparición en el mundo humano. ¿Lo hiciste guiada por un exceso de vanidad, Liduvel? ¿Te crees realmente digna del perdón? ¿Crees que puedes regresar como si nada hubiera pasado en estos eones? No solo cometiste el error de rebelarte contra ÉL al principio de los tiempos. Has estado sirviendo al mal durante este tiempo, y por lo que sé… lo hacías realmente bien, he comprobado tu brillante expediente...—indagó Gabriel, y sus preguntas encerraban trampas por todas partes, como ratoneras preparadas para capturarla.
    No soy digna de volver como Liduvel, diablesa que en su día se rebeló y que ha causado todo el daño posible en el mundo. No sería justo. Por eso me introduje en Lea Pineda, para ganar el perdón con dolor, como un simple ser humano. Es posible que al principio no pensara en su salvación, pues me movían motivos egoístas, pero aún sin intención de hacerlo… la salvé… De no haberla poseído en el instante final de su vida, su alma estaría perdida en rincón más hondo del Infierno, pero Lea aún vive y tendrá otra oportunidad. Yo estoy pasando el síndrome de abstinencia por ella (y no sabes cuánto duele), cuido su cuerpo para fortalecerla, y cuido también de su pobre madre (que no merece tantísimo dolor). Intento hacer amigos por ella (ya que ella no puede o no quiere) e intuyo que cuando llegue la hora y la abandone... ella despertará y se encontrará en un mundo mejor, sin sentirse enferma y sola. Es cierto que al principio yo la despreciaba por débil y descerebrada... como todos los suicidas que he seducido en mi larga vida… pero a base de conocerla, de saber cómo era su alma y por qué oscuros caminos llegó hasta aquí, he comprobado con gran disgusto que ella se parece más a mí de lo que quisiera... y he empezado a respetarla... un poco.... igual que a los demás seres humanos que me rodean...—explicó Liduvel con rapidez, sintiéndose escuchada.
    Lucifer resopló, maldijo y se contuvo a duras penas para no pulverizarla pese a la prohibición expresa de Gabriel.
    Algo de vanidad si que percibo en tu plan, Liduvel. ¿Pensaste que era un golpe maestro al sistema establecido por ÉL? ¿Pensaste que todos te admirarían por tu estrategia? En este momento no se conoce aún tu hazaña, pero los numerarios son muy deslenguados, todo se sabe. En poco tiempo tendrás la atención de los dos mundos centrada en ti. Lo que tú hagas y nosotros decidamos, creará precedentes. Difícil decisión la nuestra. Si te desterramos al olvido eterno, nadie más intentará pasarse de lado, lo cual no me parecería justo. Si te premiamos regresando al Lado Luminoso, preveo que habrá una avalancha de solicitudes en toda regla.... o lo que es peor… de intentos desesperados de fuga como el tuyo—razonó Gabriel, hablando lentamente, con la cadencia de un encantamiento. Ella atendió a las palabras que retumbaban en la iglesia vacía, y escuchó también las palabras que no se pronunciaban y ella entendía como esperanzadoras.
    Lucifer, sin embargo, estaba ciego y ensordecido por la ira, al pensar que habría más intentos de fuga, y no podía permitirlo. Ya le costaba suficiente esfuerzo personal y material conseguir almas para el infierno. Era una lucha constante contra las fuerzas del bien, por la puñetera piedad demostrada hacia SU creación favorita. Una buena acción demostrada en toda una vida llena de pecados... y el alma se salvaba. ¡Era desesperante! Afortunadamente, cada vez ganaban más almas ante el Tribunal, pues los humanos habían dejado de creer en Cielos o Infiernos y desde la infancia vivían una existencia llena de crueldad sin buenas intenciones que pudieran salvarles en el último instante.

    No fue vanidad. No fue por la fama que seguramente ganaré, ni siquiera por ayudar a mis semejantes del Infierno. La verdad es que lo hice... por puro egoísmo… lo hice porque hace eones que... me siento.... terriblemente... sola...—confesó Liduvel entonces, esperando que ambos se rieran en su cara.

    Pero sólo uno rió ante su confesión. Las carcajadas de Lucifer atronaron en toda la iglesia. Liduvel se encogió. Gabriel no se reía, ni siquiera sonrió ante sus palabras. La miraba fijamente y supo que decía toda la verdad.
    ¡Remueve el Lado Luminoso, el Lado Oscuro y el mundo humano porque se siente sola!—se burló cruelmente Lucifer Gabriel, permite que la condene al fuego eterno que nunca consume. El olvido eterno no me parece ya suficiente para ella. Un fin demasiado rápido para semejante estúpida. ¡Es patética!

    Gabriel negó con la cabeza y miró firmemente a los ojos a su antiguo hermano.
    Lucifer, escucha bien mis instrucciones: la fugitiva Liduvel tendrá inmunidad absoluta hasta que el tribunal legalmente constituido decida sobre su destino, en el momento en que se determine. Hay motivos suficientes para presentar el caso y como te he indicado, yo lo he recomendado...—ordenó Gabriel con severidad.
    Las órdenes de Gabriel debían ser obedecidas o atenerse a las consecuencias. La risa feroz de Lucifer se congeló. Las palabras de Gabriel no sólo eran suyas, tenían todo el peso de SU voluntad. No podría tocarla pese a su ferviente deseo de destruirla. La señaló con su bastón, que temblaba en su mano perfecta.
    ¡Es contra mi voluntad que permanezcas en el mundo! Estarás vigilada, y cada error tuyo será esculpido con sangre y fuego en piedra eterna. ¡Recuérdalo!—la amenazó, escupiendo odio y maldad contra ella.
    Y dicho esto, desapareció aparatosamente entre humo y olor a azufre, tal como le gustaba. Gabriel sonrió cálidamente a Liduvel, intentando tranquilizarla, pues estaba temblando violentamente.

    En un principio estás a salvo, pero anda con cuidado con Lucifer, como todos sabemos, no es buen enemigo... Cuando debas comparecer ante el Tribunal, serás avisada. Aprovecha bien tu tiempo sobre el mundo. Debido a la gravedad del caso, no conseguiré que sea mucho, pese a mis influencias—aconsejó Gabriel con su voz dulce, como bálsamo en una herida.

    ¡Gracias! ¡Muchas gracias, Gabriel!—agradeció Liduvel, profundamente conmovida por la simpatía que sentía emanar de su antiguo hermano. Nunca lo hubiera imaginado, pues durante eones le había considerado uno de sus peores enemigos.

    Gabriel le sonrió y desapareció entre nubes azuladas con aroma a flores, tal como solía hacer. 
     
    Liduvel se sentó en un banco, incapaz de permanecer de pie por más tiempo. Escuchó jadear de terror a Lea pues le contagiaba su terror. Tenía una oportunidad y seguiría adelante con su plan. Debía acelerar todo el proceso, pues ya había sido descubierta, el Tribunal se constituiría en breve y ya no tenía mucho tiempo.
    (continuará)

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 10)








Hola, lectores y lectoras. Llevo un día de retraso en colgar el capítulo correspondiente a esta semana, porque estamos celebrando las fiestas fundacionales de mi ciudad y no paro en casa. Hoy, mientras estamos mirando la Gala de los Oscars 2016 por la tele, os cuento esta parte de "Una fugitiva un tan especial". 

Liduvel pensaba que su misión estaba siendo todo un éxito, todo iba sobre ruedas, pero se siente muy sla y desea compartir con alguien su gran secreto. Para ello elige a quien mejor la puede comprender: Simón, a quien conoce porque intentó derrumbarle sin conseguirlo. Pero antes de que pueda contarle su increíble historia, algo sucede que le impide continuar con sus planes. ¿Qué ocurrirá ahora? Vamos a ver...


10. 

Liduvel caminaba tranquilamente por el mundo bajo la funda de Lea Pineda. Estaba bastante satisfecha de su andadura hasta aquel momento. Teresa se sentía feliz. Alicia se había reconciliado con Lea. En cuanto a aquel cuerpo maltrecho, lo había nutrido bien, había hecho ejercicio con gran esfuerzo y había ganado un poco de masa muscular. Poco a poco los dolores y espasmos del síndrome de abstinencia iban cediendo y espaciándose. Esto le hacía comprender lo difícil que era para un humano abandonar las drogas. De hecho, para un humano casi era imposible hacerlo sin ayuda de química y apoyo psicológico. Pero ella era extremadamente fuerte, y pensaba que acumulaba puntos con aquel dolor, evitándole el sufrimiento a Lea. 

Cuando se miraba al espejo ya no sentía náuseas al enfrentarse a aquel pálido reflejo de un ser humano. Aún odiaba aquel pelo enmarañado y de un color indefinido que – para su satisfacción- se enrojecía poco a poco - ya que su hermoso ser empezaba a translucirse a través de Lea.

Aceptando la amable invitación del instituto se integró en el equipo de voleibol, más que nada por Lea, para que el deporte mejorara un poco más aquel físico esquelético. Ella podía haber practicado cualquier disciplina, las conocía todas, ya que había metido baza en todos aquellos deportes donde pudiera provocar exaltación incontrolada, insultos y golpes. Aquel había sido el hobbie favorito de muchos de sus colegas y ella misma les había acompañado alguna vez, para disimular su falta de motivación.

Pero aquel cuerpo se agotaba con facilidad y debía de usar de todo su poder para moverlo y soportar los entrenamientos y los partidos. A pesar de ello, su entrenadora estaba satisfecha por el esfuerzo, y sus compañeras, obligadas de mala gana a aceptarla, empezaron a apreciarla, pues no jugaba mal y era muy competitiva. Nunca daba una pelota por perdida.

Liduvel creía que algo vivo emergía de Lea cuando jugaba. Debió haber sido una buena deportista, cuando aún no había caído en la droga.

Pero aún así, totalmente integrada en la vida de Lea, Liduvel seguía sintiéndose sola e incompleta.

Quizá por eso rondó por el barrio hasta que encontró de nuevo a Simón. Al fin y al cabo, como hombre de Iglesia, Simón era una autoridad en ángeles y demonios, justo lo que necesitaba en aquel instante para sincerarse e incluso buscar consejo.

Lo halló charlando con unos chicos, intentando convencerles para formar un equipo de fútbol y no campar a sus anchas por las calles (incluso en horario de colegio) donde sólo podían encontrar droga, robar bolsos, accesorios de coches, y buscarse problemas en general. Ella sonrió ante la iniciativa. Estaba bien recoger los corderitos en el redil, a salvo de los lobos. Cuando Simón les dejó, ella se acercó. Simón tenía un aspecto gracioso con aquellas gafas de montura redonda y el pelo alborotado por el viento. Seguía pareciéndole muy atractivo para ser un humano. Tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir lo que pensaba sobre Simón y el repaso que le daría, porque perdería muchos puntos…
    ¡Hola, Simón!—le saludó, con un gesto alegre.

    ¡Hola! ¿Nos conocemos?—la saludó él, mirándola con curiosidad.

    Soy uno de tus múltiples fracasos. Me salvaste la vida...—asintió ella. Al principio Simón no reconoció en ella aquel despojo que recogió en la calle y depositó en un hospital. Ni siquiera la había visitado, porque creyó que iba a morir y le daba mucha lástima. Había visto tantos de aquellos casos...

    ¡Aaaaah! Me alegro de verte tan bien. Eres una chica con suerte. ¿Y qué es de tu vida?—se alegró él sinceramente al reconocerla.

    Bien… es una vida realmente simple: estudio, ayudo a Teresa... busco un empleo para ayudarla, quiero que se deje algún trabajo. Está muriéndose de cáncer ¿sabes?. No puede seguir esta marcha o perderá más tiempo de vida. Y eso es triste. Este mundo es tan hermoso...—le contó ella, con el mismo tono de voz tan tranquilo como si hablara del buen tiempo que hacía.
Él pensó que hablaba con demasiada naturalidad sobre la muerte de su madre. Podía ser fruto de su propia experiencia cercana a la muerte, pero sonaba muy fría.
    ¿Quieres... hablar sobre eso...? Disculpa, no sé tu nombre...—ofreció él.

    Me conocen como Lea Pineda, pero no soy quien piensa todo el mundo. A ti no pienso mentirte, porque debes ser uno de los pocos humanos en el mundo que podrá creer mi verdadera historia, debido a tu fe. Lea casi murió en aquel callejón asqueroso. Le permití quedarse con un hilo de vida para manejarla, como quien maneja una marioneta. Yo la utilizo como funda, como escondite... sirve a mi propósito perfectamente, de momento...—le contó ella, con la naturalidad con que hablaba de la inminente muerte de su madre.
Simón reprimió un escalofrío. La chica debía haberse trastornado. Parecía un caso bastante claro. Le seguiría la corriente, por si acaso.
    ¡Ah, ya!—musitó Simón, con cara de poker, alertado por sus palabras.

    Te parecerá extraño, Simón, pero estoy cansada de disfrazar la verdad para que no me encierren en un psiquiátrico, porque no debo mentir. Eso restaría méritos a mi hazaña. Y ahora necesitaría que alguien conociera la verdad absoluta, la que nadie conoce. Un sacerdote lo guarda bajo secreto de confesión ¿no es así?. ¿Puedes escucharme un momento?... Bueno, en realidad es bastante más que un momento. Es una historia muy larga, que se desarrolla a lo largo de eones, pero puedo resumirla para ti lo más posible....—pidió ella, revelando el motivo de haber ido precisamente en busca de Simón.
Simón se sintió mareado. Todo a su alrededor se volvió irreal con aquellas palabras. Ahora debía utilizar de su faceta de psicólogo para ayudar a aquella pobre chica. Asintió, resignado.
    Por supuesto, para eso estoy. Habla. Te escucho—le ofreció él, dispuesto a escuchar todo tipo de locuras sin alterarse, aunque el corazón se le desbocase. Temía la locura más que cualquier enfermedad. Mucho más.
Antes de que Liduvel pudiera decir ni una palabra, se escuchó una gran explosión y vieron brillar un fogonazo con una intensa luz rojiza, a poca distancia de allí. La tierra tembló bajo sus pies y ambos cayeron de rodillas. Reventaron los cristales de ventanas y escaparates, cayendo sobre la acera con gran estrépito. La gente empezó a gritar, corriendo hacia todas partes. Cuando se levantaron pudieron ver una brillante humareda de color rojo que se alzaba a pocas manzanas de donde estaban.
    ¿Qué ha sido eso? Parece un atentado o una explosión de gas. Quédate aquí. Voy a ver si hay heridos—farfulló Simón, consternado, mirando a su acompañante, que no parecía extrañada en absoluto.

    Voy contigo—le dijo ella con voz temblorosa, aunque sus piernas humanas se negaran a obedecerla, quizá debido a su propio miedo.

    A los ojos inexpertos de los humanos podía parecer un atentado o una explosión de gas, pero ella temía la verdad y no se atrevía ni a pensarlo. Una violenta explosión que removía la tierra y provocaba un característico humo rojo… solía coronar la aparición espectacular de alguien muy conocido. Sinceramente, no pensaba que fuera él en persona quien se diese cuenta de su fuga, pero a pesar de su terrible intuición, corrió junto a Simón para enfrentarse a la verdad.
     
    La gente comenzaba a agolparse en torno a un callejón. Justo en el punto concreto donde Liduvel se había introducido en Lea, aparecía un gran boquete que dejaba al descubierto alcantarillado y canalizaciones varias que habían reventado. Había en el ambiente un fuerte olor que ella conocía muy bien.
     
    La policía de barrio llegó casi de inmediato al lugar y lo acordonó, sin explicarse qué había ocurrido, ni por qué se sentía aquel fuerte olor a azufre. Hablaban entre ellos de una reacción química, quizá de un laboratorio ilegal de drogas, ya que no olía a gas, que podía ser otra explicación para la explosión. Avisaron a los bomberos.
     
    Un mendigo de cabellos largos y sucios, con ojos muy espantados, intentaba explicar a los policías lo que había visto, pero ellos le dieron largas, porque no entendían nada y pensaban que sus titubeos se debían a que estaba borracho. El hombre tenía una brecha en la cabeza debido a que algo le había impactado por la explosión. Avisaron a la ambulancia, pero fue lo único que hicieron por él.
     
    Liduvel se acercó al mendigo, que permanecía temblando sentado en el suelo de la calle, y se agazapó junto a él. Simón se apartó de ella por si podía ayudar a alguien más. Mejor así, ya que podía hablar libremente con aquel hombre.
    ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha visto en el callejón?—le preguntó directamente al mendigo, secando la sangre de su frente con un pañuelo de papel.
    Al verse atendido por alguien dispuesto a escucharle, el hombre dejó de mirar al vacío y balbucear para centrarse en lo que había visto y oído.
    Todo explotó y yo caí al suelo, me cayeron cascotes y cristales encima y desde el suelo… le vi salir del fuego. Juro que caminaba entre el fuego y no se quemaba... Creí que me iba a fulminar, pero no me hizo nada...—farfulló aterrado el hombre, temblando violentamente, pensando que aquel ser extraño podía haberlo pulverizado con mover un dedo. De un ser que anda entre las llamas sin quemarse, podía esperarse cualquier cosa.
     
    ¿Era un hombre muy guapo, con una mirada penetrante, alto, bien peinado y muy elegante, con uno de esos trajes que cuesta un pastón?—describió ella, y él la miró asombrado de que ella le reconociera. Entonces debía ser más real de lo que esperaba que fuera.
     
    ¡Sí! ¡Sí, así era! Me miró y sus ojos eran de hielo. Yo sabía que él pensaba: «Este despojo no es peligroso. No hay nada que temer de él» y pasó de mí. No sé como pude saber yo lo que él pensaba, pero lo supe...—explicó el hombre, entusiasmado al ver que ella le creía y sabía de qué hablaba, no como los estúpidos policías, que pensaban que estaba borracho. Justo en uno de los escasos momentos en que estaba sobrio, había sufrido aquella aparición fantasmal ¿Quién era? Tú sabes algo, le conoces. Dime quién era—indagó el mendigo, exigiendo una explicación.
     
    Amigo, has sobrevivido a una brillante aparición del mismísimo Lucifer. Podrás contárselo a tus nietos, si es que dejas de beber y llegas a vivir tanto como para ser abuelo. Vuelve a tu casa, pide perdón a tu hermano por lo que le hiciste y acepta el trabajo que te ofrecerá. Tu mujer aún te espera. No te esperará mucho más. Hazlo o morirás solo y abandonado, y no tardarás mucho en hacerlo. Cambia tu camino, serás feliz y llegarás a viejo. Ese es mi valioso consejo, en pago por tu ayuda—le reveló Liduvel, palmeando su hombro. Le dio otro pañuelo limpio para sustituir el empapado en sangre y le obligó a presionar contra la herida.
     
    ¿Lucifer? ¡Anda, la ostia!—espetó el hombre, aterrado. Supo que era cierto, aunque aquel hombre no luciera cuernos y rabo ni su piel fuera rojiza. Lo aceptó con tanta naturalidad como supo lo que pensó de él. Solo después de que Liduvel se fuera, cayó en la cuenta de lo que le había dicho aquella chica extraña que conocía a Lucifer. Se levantó un poco mareado y tanteó en su bolsillo. Si tenía suficiente dinero para tomar un autobús, volvería aquel mismo día a su casa, si no, lo mendigaría. Todo se había removido en su interior, y de repente perdieron importancia las razones que le llevaron a ser un «sin techo». Sintió mucho miedo y supo que ya no podía estar más tiempo viviendo en la calle.
     
    Liduvel olvidó a Simón entre la gente. Estaba muerta de miedo, pero debía afrontar aquel encuentro cuanto antes. Había esperado que al final del proceso de fuga tendría que enfrentarse a él, pero no tan pronto. Aún no creía haber acumulado bastantes méritos para solicitar el «traslado».
    (dónde podré encontrarle debe ser un lugar especial no me esperará en cualquier sitio ya sé será en suelo sagrado a él le encantan estos jueguecitos)
     
    Pensó con la rapidez que su pánico le permitía y cayó en la cuenta de que la iglesia de Simón estaba muy cerca. Ese era el lugar elegido. El corazón de Lea se había desbocado debido a su miedo. 
    (continuará) 

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 9)



Hola, lectores y lectoras. En esta ocasión, volvemos al burocrático y organizado infierno, donde Gabriel y Daniel siguen indagando sobre la diablesa que se ha fugado y alojado en una chica drogadicta, aún no saben con qué extrañas intenciones. Por supuesto, la discreción solicitada por el arcángel, brillará por su ausencia. Los chismosos, que no faltan entre las filas infernales, no dejarán de remover los rumores hasta que lleguen a instancias superiores...

Os dejo para que disfrutéis con este capítulo infernal...

9. 

Una vez comprobado en el departamento infernal correspondiente lo que Gabriel ya intuía, los dos ilustres visitantes del Lado Luminoso esperaron pacientemente a que Fidelón, el Jefe de Departamento Especial de Posesiones, buscara en todos los archivos escritos y en los bancos de memoria habidos y por haber, un permiso o solicitud de permiso de posesión del cuerpo de Lea Pineda. No había constancia de ninguna autorización, ni siquiera de la solicitud. Fidelón frunció el ceño. Detectar un fallo así en el perfecto sistema burocrático ante sus distinguidos visitantes era doblemente grave. Su cabeza podría correr peligro.
    Esto es absolutamente irregular. No me lo explico. Desde que estoy al cargo, se han endurecido las medidas y se respeta el protocolo a rajatabla. Si no hay solicitud cursada, no hay permiso... y si no hay permiso es absolutamente inviable ocupar un ser humano. ¿Cómo puede haber ocurrido?—se extrañó, muy preocupado por aquel hecho sin precedentes.

    No sólo eso, amigo Fidelón. La huésped no solo ha infringido la normativa en cuanto a la solicitud de permiso... tampoco cumple el protocolo de posesión en lo referente al artículo 2 c), que es, como debes saber, hacer todo el daño posible a la poseída y a los que la rodean. Sobre todo el objetivo fundamental es hacer tambalear la fe. De hecho, incumple el protocolo completo—señaló Gabriel, frotándose la barbilla con fingida preocupación. Daniel asintió. Eso ya lo sabía antes de realizar la investigación, pero suponía (correctamente) que debía reunir pruebas concretas. Por otra parte sabía que el caso divertía especialmente a Gabriel, quizá porque preocupaba mucho a sus colegas infernales.

    Debería darse parte de este asunto a niveles superiores, o inferiores, dicho más propiamente—señaló Fidelón, con el rostro descompuesto por la preocupación y un acentuado temblor en las manos. Su jefe le destinaría al rincón más hondo del infierno por aquel fallo en el sistema.

    No, todavía no. Te ruego discreción, amigo Fidelón. Debo seguir investigando. No molestes a Lucifer por esto, al menos hasta que estamos seguros de lo que ocurre. Si averiguara algo, debido a su innata intuición, deberás dirigirle a mí, para salvar tu cabeza—le ordenó Gabriel, y Fidelón asintió, un poco aliviado. Gabriel era su Superior, por encima del propio Lucifer, debido a su elevada posición en el Lado Luminoso, de modo que le debía obedecer ciegamente según el protocolo. 
     
    Como ordene, señor. Me tiene a su disposición para lo que necesite...—asintió Fidelón agradecido, cuadrándose ante Gabriel.

    Lo que ahora necesito es conocer todos los datos sobre la diablesa ocupante. Para abrir un proceso es necesaria una ficha completa del inculpado—señaló Gabriel a Daniel, que tomó notaCreo haberla reconocido, empieza a traslucirse a través de los rasgos humanos de Lea. Creo recordar que se llama Liduvel…—señaló al fin, revelando algo que intuía antes de poseer pruebas concretas.

    ¿Liduvel? Liduvel... si... Se trata de una diablesa primigenia, según creo. Pero no me suena que ocupe puestos de importancia. ¿Ha averiguado en qué departamento trabaja?—se extrañó Fidelón, quien al fin conocía el nombre de la infractora, que hasta ahora había permanecido en el anonimato. Lo marcaría en su lista negra, por darle aquel mal rato.

    No, lo siento. Nos hemos dirigido para buscar información en el departamento de Personal... y según parece... un hacker numerario introdujo virus informáticos en el sistema. Ya sabes… deformación profesional. Están arreglando el estropicio y reponiendo sus bancos de datos—respondió Gabriel, informando al intrigado Fidelón lo que le habían explicado los aterrados numerarios de Personal, que de haber estado vivos hubieran sudado a chorros, por su presencia y por no poder ofrecerle información debido a aquel incidente.
Gabriel había perdido la pista de Liduvel mucho tiempo atrás, poco después de que la encontrara en un lugar y en una situación sorprendentes para una diablesa. Debió darse cuenta en aquel momento de que algo extraño le estaba ocurriendo. Debió ver entonces que estaba sufriendo una transformación... Pero en su defensa podía alegar que estaba demasiado afectado por los dramáticos acontecimientos de aquel día oscuro para pararse a pensar en ello.
    Será un poco más costoso, pero lo averiguaremos. Pónganse cómodos, por favor—les ofreció Fidelón, señalando unos cómodos sillones de color rojo furioso. Gabriel se lo señaló a Daniel, por si no se atrevía a sentarse.

    Si me lo permite, señor, yo podría subir al mundo para continuar mis indagaciones sobre Liduvel. Quizá averigüe algo interesante—se ofreció Daniel.
Gabriel sonrió ante su oferta. El joven numerario estaba bastante impresionado con aquel caso. Se reflejaba en sus informes, donde hablaba apasionadamente de aquella fugitiva tan especial como si se tratase de una heroína. Por lo que él sabía (y sabía mucho más de lo que confesaba) era absolutamente natural que Liduvel le hubiera dejado sin aliento, aún sin conocerla personalmente. Era una diablesa impactante, lo recordaba bien.
    Me parece bien. Ve, Daniel. Continúa la investigación sobre Liduvel. Refleja cada hora de su vida en el mundo, cada pensamiento, cada intención...—asintió Gabriel, complacido por su entusiasmo.

    Sí, señor—asintió Daniel.
Un poco apartada del grupo, en el pasillo junto a los archivos, había una numeraria, Fedra, que había escuchado atentamente la extraña conversación. Cogió de la mesa unos papeles para disimular, mientras se apresuraba a regresar a su puesto. Pulsó el intercomunicador para contarle todo a su amigo Delmor, quien la había puesto en antecedentes de aquel caso. 
 
Delmor se apresuró a comentarlo con su compañera Sireva, y ésta lo comentó con Martín, secretario del Subdirector de Área, Martudel, quién a la hora del almuerzo lo comentó con sus inseparables amigos Calixto y Demetrio. Poco después, el rumor llegó a la antesala del despacho de Lucifer. 
 
El Príncipe de las Tinieblas tenía un buen oído. De hecho, le era absolutamente innecesario el uso de intercomunicadores. Al escuchar todos aquellos rumores que habían alborotado a varios departamentos, empezó a preocuparse. Lo primero que pensó es que era realmente excepcional la presencia del viejo Gabriel en el infierno, indagando sobre su personal. No recordaba el aspecto de la infractora Liduvel, una diablesa primigenia que no ocupaba ningún cargo de importancia, ni siquiera una miserable Jefatura de Departamento, como de hecho debería ser. 
 
Ejerció sus potentes poderes telepáticos para averiguar quién era. Aquella diablesa arrastraba una serie de incidencias a lo largo de eones que la habían apartado de los puestos superiores. Sin embargo había logrado perpetrar una posesión sin permiso, algo que en teoría, no podía hacerse. Le intrigaba tanto aquella grave infracción, que se planteó ascender al mundo por pura y simple curiosidad. Hacía mucho tiempo que no se ocupaba personalmente de ningún asunto de relevancia, ya que para el trabajo duro, tenía a millones de subordinados.
(continuará)

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 8º)









Hola, lectores y lectoras. Sin más dilación, vamos a por el octavo capítulo de "Una fugitiva un tanto especial". En esta ocasión, Liduvel comienza a comprender el funcionamiento del corazón humano (a nivel metafórico) cuando Alicia intenta recuperar su amistad perdida.




8. 
Alicia pulsó el timbre, respirando hondo. Le había costado mucho reunir valor para aquella visita, pero no se iba a echar atrás. Años de amistad con Lea se lo exigían a gritos. Le abrió la puerta su madre, mirándola con curiosidad, pues no la conocía. Lea nunca le había presentado a sus amigos, ni le enseñaba fotos. Incluso cuando se encontraba bien (cuando aún no había caído en el abismo de las drogas) no le contaba gran cosa sobre su vida. Eso también había cambiado ahora. Hablaban mucho y había invitado a una amiga a su casa.

Hola, soy Alicia... amiga de Lea... ¿Está ella?—la saludó Alicia.

Si, pasa, por favor. Está ahí, en su habitación. Al final del pasillo, no tiene pérdida—la saludó Teresa con gran alegría.

Gracias—respondió Alicia, entrando.

Miró a su alrededor con discreción. En todos los años que fueron amigas, nunca fue a su casa, ni siquiera sabía dónde vivía, pero para eso se tenía por una detective impresionante. Había invadido todos los archivos informáticos conocidos y por conocer, hasta dar con su domicilio. Imaginó que Lea sentía vergüenza de vivir allí, porque su casa era sencilla y ella vivía en un bonito piso, con más de 150 metros cuadrados, una impresionante terraza donde se podía uno perder entre plantas y flores, y cinco dormitorios con sus respectivos vestidores y cuartos de baño. 

Pero Lea no tenía por qué avergonzarse de su casa. Ella no juzgaba a nadie por su posición social y debería haberlo sabido. No siempre fue rica. Un golpe de suerte de su padre en un buen negocio, y ¡zas! De no llegar a fin de mes a poder veranear en las Bahamas. Aún así, no había olvidado los malos tiempos, ni quería olvidarlos tampoco. Por eso se negó a cambiarse de instituto y asistir a uno privado y escandalosamente caro, a pesar de la insistencia de sus padres.

Llamó a la puerta de la habitación y la huésped de Lea se quitó los cascos y se incorporó en la cama, extrañada al verla.

(esto si que es una sorpresa ya veo Alicia viene a ganar el perdón quiere reconciliarse no lo esperaba al menos no tan pronto estos humanos aún pueden sorprenderme)

Hola, Lea. Espero que no te moleste que haya venido. Quería... contarte lo que ha pasado en el instituto...—la saludó Alicia, sin pasar de la puerta.

Pasa y siéntate—le ofreció ella, amablemente pero sin sonreírle. Indagó en su alma, y no vio ninguna mala intención en ella. Su única intención era intentar reparar el daño infringido. 

Alicia se sentó en el borde de la cama. Le encantó aquel techo pintado con nubes de un blanco azulado y de blanco rosado, tan reales que en cualquier momento podían asomarse entre ellas una legión de angelotes gorditos. Respiró hondo y le contó cuanto había pasado respecto a su caso, su sentida defensa y la intervención de su madre. Le contó que habían sido todos convocados a una reunión urgente en el salón de actos, y se les dieron órdenes concretas de colaboración para integrarla de nuevo, y demostrar así que aquel instituto era solidario con las personas que pretendían abandonar las drogas y volver a la normalidad.

Pero no estoy aquí porque me lo dijeran ellos. Yo ya estaba decidida a ayudarte... porque has cambiado, y eso tiene mucho mérito. En fin... solo quería que lo supieras. No sé si volveremos a ser tan amigas como antes, pero yo estoy dispuesta a intentarlo...—le dijo Alicia, de carrerilla. Se notaba que había estado preparando el discurso, lo cual no lo desmerecía. Al contrario, pensó que si alguien prepara un discurso y no lo deja a la improvisación, es porque se preocupa de quedar bien.

Estupendo—respondió ella solamente. Alicia era sincera y eso merecía que le diera una oportunidad, pero si recibía con demasiada alegría su ayuda, resultaría sospechoso. El juego consistía en no ponerselo demasiado fácil y parecer desconfiada.

Bien. Me voy... tengo que... estudiar, ya sabes, el examen de historia...—le dijo Alicia, levantándose Y un consejo... en el examen... contesta solo lo que dice el libro. No se trata de saber lo que pasó de verdad, eso les importa un carajo. Se trata de poner lo que quieren que creas que pasó... y eso es justo lo que pone en el libro ¿Vale?—aconsejó Alicia, tímidamente.

Vale, tomaré nota—asintió ella con una sonrisa traviesa.

Cuando Alicia se disponía a salir, viendo que no se atrevía a abordar el verdadero tema que la había llevado a ayudarla en el instituto y a verla de nuevo en su terreno, creyó conveniente darle pie a decir lo que venía a decir.

Ahora dime la verdad, Alicia... ¿qué te ha traído realmente hasta aquí?. Deberías decir lo que tengas que decir—la invitó a hablar entonces, fijándose bien en su reacción.

Alicia tembló. Temía aquella conversación. La había preparado con cuidado, pero seguía temiendo enfrentarse a la verdad: ella podía haber corrido la misma suerte que Lea. Coqueteaban con las drogas, todos lo hacían. Y como todos, estaba segura de que lo podía dejar en cuanto quisiera. Era cuestión de tiempo que se enganchara a cosas más fuertes, como cocaína o heroína. Pero entonces vio a Lea derrumbarse con espantosa rapidez cuando empezó a probarlo todo, debido a las malas influencias de su nuevo amigo Adrián. Sintió miedo y se echó atrás. Para su sorpresa le costó mucho dejarlo. Tuvo que reconocer que aquella química le hacía falta y se sentía muy mal al dejarla. También tuvo que cambiar de hábitos y dejar a sus viejos amigos, porque todos tomaban algo y la empujaban a seguir. El difícil proceso de regreso a la normalidad pasó para todo el mundo como una ligera gripe, nervios ante los exámenes, ruptura con viejos amigos... verdades y mentiras encadenadas para que su familia no se enterara de la verdad.

En aquel complicado regreso a la normalidad recibió el valioso apoyo de Alex, que también se sentía culpable por haber permitido que Lea cayera de esa forma. En alguna ocasión lloraron juntos por ella, pero aunque hubieran intentado advertirle del pozo donde estaba cayendo, Lea tampoco les hubiera escuchado. Estaba ciega y sorda a todo lo que era razonable.

Alex también lo dejó todo excepto el tabaco, y sobrellevaron juntos aquellos momentos difíciles. Por eso un día se enrollaron y aún seguían juntos, debido al mutuo apoyo que se habían brindado.

Lo siento mucho, Lea. Te vi cambiar... te vi caer. Me supo muy mal, te lo juro, pero yo no quería... convertirme en... alguien como tú. Ya no tomo tripis ni fumo porros. Ya no me gusta ir a la discoteca donde íbamos ¿recuerdas? Está llena de gente rara... bueno, ya sabes, como tus amigos de la cuadrilla de Adrián. Tomamos algo por ahí, vamos al cine, a la playa en verano... llevamos una vida mucho más tranquila. Alex incluso quiere dejar de fumar, pero en cuanto llega un examen, fuma como un carretero...—soltó finalmente Alicia con gran esfuerzo y considerable alivio La verdad es que nos apoyamos mutuamente para no caer otra vez... por eso nos… liamos. De todas formas, tú ya no estabas. Te liaste con ese cerdo de Adrián y yo... yo no... me hubiera liado con Alex si tú aún... hubieras estado por él. Y... si tú quisieras... volver con Alex... me dolería mucho, pero me apartaría, en serio. Ahora que has vuelto de ese infierno donde estabas... me siento fatal, como una traidora...—musitó Alicia, con una voz cada vez más baja, confesando todo lo que la quemaba por dentro.

(ahora me ofrece a su novio como prenda de reconciliación qué encanto y lo bueno es que es sincera)

Bien... Está bien que os unierais para vencer. Y no voy a separaros. Él ya no me gusta...—sonrió ella con aire burlón. Alex nunca hubiera sido su tipo, con aquel cuerpo delgado y desgarbado y sus pequeños ojos oscuros y pequeños como los de un ratón. Ella tenía mejor gusto para los elementos masculinos Y ahora confiesa, Alicia... reconoce que Lea Pineda os salvó la vida. Dí que al verla caer, lo pensasteis dos veces y os salvasteis de una buena...—pidió ella, entornando los ojos con cierta maldad.

Es verdad. Es verdad...—reconoció Alicia, más tranquila al ver que Lea no tenía intenciones vengativasNos salvaste. Te lo debemos...

Y de forma instintiva, Alicia se acercó y abrazó a quien ella pensaba que era Lea, en nombre de su antigua amistad y porque se lo debía. Liduvel se quedó un instante en suspenso, porque no sabía cómo debía reaccionar. Al instante pensó que debía abrazarla también y entonces notó de nuevo aquella corriente de bienestar que la llenaba cuando hacía algo bueno.

(aaaaaah de forma que esto es la amistad bien también podría acostumbrarme a esto)

En cuanto lloró un poco abrazada a ella, Alicia se calmó y se levantó, mucho más aliviada. Intentaba sonreír cuando se despidió.

— Me gusta que lo hayamos dejado todo claro. Ahora si que me voy. Nos vemos mañana, hay que estudiar...—musitó Alicia, enjugándose las lágrimas con un kleneex.

Claro, estudia cuanto quieras. Yo ya me lo sé todo...—sonrió ella, con gesto travieso.

Alicia resopló. A pesar de sus consejos, seguro que otra vez pretendería ser creativa en el control de historia y la suspenderían. Era raro que hiciera eso, pero tampoco era normal que sacara tan buenas notas en todo lo demás. Lea nunca había sido especialmente brillante, solo una más del montón.

Gracias por venir, Alicia. Me ha gustado hablar contigo—se despidió ella, antes de que saliera por la puerta. Alicia asintió. Era un inmenso alivio haberse enfrentado de una vez a la verdad.

Ella se quedó tumbada escuchando música, mientras pensaba en que Axel nunca se había puesto en contacto con ella para disculparse, o para intentar enmendar el daño que le había hecho. Era lógico que no lo hubiera intentado en los primeros tiempos tras la Gran Rebelión, cuando estaban separados por una distancia inmensa y ella estaba severamente confinada entre oscuridad y fuego. Tal vez tampoco era conveniente que lo intentara en el tiempo que continuó al de la distancia eterna, cuando los ángeles caídos estaban en libertad vigilada y Axel podría haberse visto comprometido por hablar con ella... pero después... ¿por qué no había reunido valor como aquella chica traidora que intentaba reconciliarse y pedir perdón a su forma? ¿Y el luminoso ángel Axel pretendía ser un ser superior a aquel animalito insignificante, poco más evolucionado que los monos?

La rabia llenó aquellos ojos humanos de lágrimas, y se sintió sorprendida. Se tocó aquellas lágrimas que no provenían del dolor de Lea, sino del suyo. Ellas dos estaban totalmente conectadas y se parecían más de lo que hubiera deseado. Defintivamente ya no sentía aquel profundo desprecio por Lea,  por su debilidad y su simpleza. Estaba decidida a convertirla en una persona de provecho, como decían los humanos, y estaba yendo por buen camino, a su modo de ver.
(continuará)