UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 21)







Hola de nuevo, lectores y lectoras. Saludos a mis nuevos/as lectores/as de Argentina. Y por supuesto, besos a quienes me siguen desde España, Portugal, Irlanda, EEUU, Panamá y Ucrania.

Parece que no, pero esta historia se está dirigiendo hacia su desenlace, aunque la diablesa Liduvel aún tiene mucho que decir, y sigue revolviendo el Infierno y a su señor, Lucifer. Como recordaréis, existe un lugar en el Infierno que pocos conocen, y es el Estanque del Olvido Eterno. Nadie sabe quién lo ha creado y por qué Lucifer no sabe de su existencia, pero todos sospechan de ÉL. Allí aparecen las almas desintegradas por la cólera de Lucifer, que se desata bastante a menudo. Según el sabio Derafiel, en ese lugar pueden hallar al terapeuta Damon, que dirigió la terapia de Liduvel hace algún tiempo, cuando esta empezó a sentir piedad de los humanos y a dejar de ser una eficiente gestora de suicidios. Creen que él les puede ayudar a comprenderla e incluso a destruirla, puesto que las terapias de este demonio eran muy poco ortodoxas e incluso contraproducenes. 

Pues bien, Derafiel, que ya estuvo allí cuando preparaba su tesis doctoral sobre las distintas zonas del infierno, y que omitió ese extraño lugar para no despertar la ira de Lucifer,  y Databiel, que necesita recuperar la confianza de su señor, parten en su busca. Atención al personaje de Damon, que no había aparecido hasta ahora y será fundamentel en la historia.

Os dejo con el periplo infernal de Derafiel y Databiel, por un lugar tan especial como es nuestra querida fugitiva, Liduvel.


    21.
    El viaje hasta el Estanque del Olvido Eterno había sido agotador, incluso para ellos, que podían deslizarse flotando en aquel laberinto de pasillos sin fin, repleto de almas atormentadas por sus múltiples errores, que gemían, rogaban y se agarraban con fuerza a ellos para salir de allí a cualquier precio.
    Databiel estaba harto de ellos, y ya comenzaba a desesperarse, cuando vio una tenue luz verdosa brillando al final del túnel. Aún tardaron mucho tiempo en llegar hasta allí, pero cuando al fin penetraron en aquel lugar insano, a través de una especie de telaraña gigante en la que se vieron enredados durante un buen rato, la tristeza le inundó y brotaron lágrimas de sus secos ojos crueles. Derafiel, que ya había estado allí y sufrido aquella sensación, se dio cuenta y le obligó a ponerse el escudo protector.
    — Te dije que no te apresuraras y que debías de venir preparado, maldito temerario. La tristeza te puede atrapar y arrastrar hasta lo más hondo...— le regañó Derafiel, porque había tenido que cargar él con todo el equipo, mientras el incrédulo Databiel se burlaba de él entre dientes, al creerse invulnerable— Venga, inútil. Haz algo útil. Llama a Damon, y utiliza toda tu pericia para atraerle con tus mentiras— le ordenó, activando el escudo.
    Databiel recuperó un poco la compostura con la ayuda de su colega, pero lo cierto es que aquel paraje era desolador, incluso más que el pozo más hondo del Infierno, que habían atravesado con serias dificultades. El silencio lo invadía todo. Ningún susurro, ningún sonido, ni siquiera sus propios pasos podían escucharse. Sobre el oscuro estanque se reflejaba un sucedáneo extraño del cielo exterior, de color verdoso podrido. Alrededor flotaban almas en pena, sin rumbo, sin que en sus miradas vacías pudiera verse objetivo alguno. Flotaban abatidas y se diría que ni siquiera se veían unas a otras. Cada una pensaba que estaba sola en un mundo extraño y silencioso, al que había llegado después de desintegrarse en mil pedazos, por incurrir justa o injustamente en la ira de Lucifer.
    — ¡Damon! ¡Buscamos a Damon! El magnánimo Lucifer ofrece una magnífica oportunidad al terapeuta Damon para volver a su confortable seno y salir de este lugar tétrico. Damon. Acude a nosotros. Somos tus amigos, más aún, tus hermanos. No estás solo en ese lugar terrible. Ven a nosotros y contempla la generosa oferta de tu señor...— le llamó Databiel, con el acento más convincente que pudo usar.
    Esperaron un instante que les pareció eterno en aquel lugar siniestro, y no hubo respuesta.
    — No me gustaría tener que hacer esto, pero tendremos que internarnos un poco más. Activa la mayor protección de tu escudo, o no sé qué lo que nos podrá pasar...— advirtió Derafiel, moviendo la cabeza con preocupación, tras esperar un instante más de lo prudente.

    — Es inútil. Esa gente parece ida. No se enteran de nada. No pueden oírnos— negó Databiel, con el ceño fruncido, mirándoles pasar y haciéndoles exagerados gestos con los brazos, sin apreciar que pudieran ver o escuchar nada.

    — ¿Y serás tú quien le diga a nuestro señor Lucifer que hemos fracasado en nuestra misión?— preguntó Derafiel. Databiel negó con la cabeza— Eso suponía. Paciencia, Databiel. Vamos a buscarle. Recuerdo que aspecto tiene. Costará un poco más, pero tú ve haciendo propaganda de la oferta de Lucifer— propuso Derafiel, un punto más optimista. No podía haber tantas almas desintegradas como para no poder hallarle, aunque no podía saber la extensión de aquel lugar mágico, pues nada era lo que parecía.
    Se adentraron con cuidado en aquel mundo extraño, y a pesar del escudo protector, cada vez se sentían más solos y perdidos, hasta que dejaron de hablarse entre ellos y perdieron la orientación, vagando por el paraje como dos vulgares almas en pena. Se dejaron caer sobre aquel lecho blando y maloliente, puesto que nada les importaba.
    Fue extraño para ellos despertarse, puesto que jamás dormían. Los sacó de su sopor una voz alegre y cantarina. Tuvieron que hacer un importante esfuerzo para enfocar la vista y poder verle.
    — ¡Venga, venga, amigos! ¡Qué pusilánimes! ¡Pero qué flojos sois! ¡Armados con un escudo protector y aún así os dejáis vencer por la tristeza!— les decía alguien, palmeando sus heladas mejillas.
    Derafiel le miró dos veces antes de reconocerle. Había cambiado un poco, estaba sin asear, sucio y descuidado, pero sin duda era Damon, el terapeuta que buscaban. ¿Y por qué demonios aquel tipo no estaba triste y perdido? Debía ser extraordinariamente fuerte o quizá estuvo aplicándose sus propias terapias durante todo aquel tiempo.
    — ¡Qué suerte la nuestra! Tú eres Damon— le dijo Derafiel con la boca pastosa y una voz gutural y retardada, como de pesadilla. No reconoció su propia voz cuando la escuchó.
    — El mismo. He escuchado a este mentiroso compulsivo pregonar algo sobre una oferta de Lucifer, sobre la cual no creo ni una sola palabra, pero me dije: ¡Qué diablos! Si Lucifer me vuelve a desintegrar, volveré aquí de todas formas, a continuar mis terapias. He conseguido muchos avances con algunos hermanos y hermanas. Estoy bastante satisfecho— afirmó Damon, palmeando su espalda con alegría. Su amplia sonrisa y la claridad mental que lucía, le reveló su gran fuerza interior.
    Databiel estaba muy confuso. ¿Cómo sabía aquel tipo que mentía? Pocos seres podían distinguir sus verdades, medias verdades y mentiras. Se incorporaron con gran esfuerzo, pues la tristeza todavía les afectaba, a pesar de que habían logrado el objetivo de hallar a Damon.
    — Amigo, no tiene por qué ser así. Lucifer necesita tu ayuda, y convendrás conmigo en que esto no es muy habitual. Tenemos un grave caso entre manos. Te pondré en antecedentes mientras salimos de este lugar terrible— le urgió Derafiel, tomándole del brazo y llevándole con dificultad hacia lo que él pensaba que era la salida. Al ver que Damon se resistía a ser arrastrado, pensó que debía darle más pistas— Se trata de una paciente tuya, Liduvel. Está armando un gran revuelo en todas las esferas. El asunto se nos va de las manos...— reveló Derafiel con acento urgente.

    — Liduvel... Liduvel...— musitó Damon, fingiendo que no la recordaba. Por supuesto que la recordaba: una vieja conocida, a quien encontró confusa y muy preocupada, pues comenzaba a sentir piedad por los humanos— Si, creo que la recuerdo, pero este lugar afecta a la memoria ¿sabéis?. Incluso a mí, que me he mantenido bastante entero por mis dotes terapéuticas— explicó. Le dio un ataque de risa y los dos demonios que habían acudido a buscarle, se miraron— Pero en cuanto salga y vea mis archivos lo recordaré todo, si es que no se han destruido... por supuesto— continuó él, cuando pudo contenerse.

    — ¿Tus archivos?— farfulló Derafiel. Si hubiera sabido que existían unos archivos, no hubiera realizado aquel peligroso viaje, que había estado a punto de acabar con él. Pero no habían encontrado nada en su antigua consulta, que ahora ocupaba un terapeuta de la vieja escuela, un demonio seco y malhumorado a quien nadie quería visitar.

    — Ya veo. No los habéis encontrado, y por eso recurrís a mí. No importa. Yo tampoco recuerdo dónde los dejé, pero conozco a alguien que recordará todos los detalles de la paciente y de su tratamiento. No en vano es la persona más cotilla de todo el infierno: mi antigua secretaria— concluyó Damon al instante, cuando se dio cuenta de la cara de poker que se les había puesto a sus rescatadores.

    — ¿Quién era tu secretaria?— indagó Derafiel muy interesado, con tono zalamero.
          Damon arqueó una ceja y le miró con expresión sarcástica.
    — ¡Ja! ¡De eso nada! Si te lo digo, no me sacarás de aquí. Vamos, dad media vuelta, que vais hacia el centro justo de este lugar infame— se rió Damon de buen humor, dando la vuelta a los dos demonios desorientados.

    Hubiera jugueteado un poco más con ellos antes de ayudarles a salir de allí, en justa venganza por haber intentado engañarle, pero corría algo de prisa regresar a la vida activa. 

    Liduvel parecía estar en peligro y necesitaba de su ayuda.

    (continuará)

SECRETOS EN ALCANFOR





Hola, lectores y lectoras. Permitidme que hoy no comparta con vosotros el capítulo correspondiente de "Una fugitiva un tanto especial", pero quisiera hablaros de otra de mis criaturas, que ha nacido a tiempo para presentarse en la Feria del Libro de Castellón de la Plana. Se trata de "Secretos en alcanfor", mi primera novela.

Nació allá por el año 2006, y como todas mis obras, ha ido evolucionando a medida que la revisaba una y otra vez, pues aunque la trama sea la misma, siempre se puede mejorar el estilo y el ritmo o perfilar los personajes. Por fin, a finales del mes de abril ha visto la luz. Es una experiencia maravillosa tener en tus manos tus obras en papel y tinta. Esas mismas historias que han estado alojadas en tu cerebro, construyéndose con cariño y paciencia y después plasmadas en el ordenador.

"Secretos en alcanfor" cuenta como Caridad llega en los años ochenta a un pueblo que se quedó anclado en los tiempos de la posguerra. Al principio todo le parece maravilloso, porque ha conseguido un empleo, tiene su propia casa y ha perdido de vista a su padre y su madrastra. Pero un día, limpiando el desván de la casa, encuentra una antigua mecedora que decide llevar a restaurar, y así contactar con el atractivo carpintero del pueblo, un hombre muy tímido y que no se relaciona facilmente con los demás. Sacar la mecedora de la casa provocará que su legítima propietaria, Josefina, se enoje y aparezca, puesto que se trata de la maestra que murió allí en los años cuarenta, y cuya muerte es un misterio que Caridad se esforzará en resolver, como buena aficionada a las novelas de misterio, contrastando los testimonios de aquellos que la conocieron.

Se trata de una novela donde se combinan misterio, algunos momentos inquietantes, otros cómicos, y ¿por qué no? algunos románticos, puesto que hay una (o más) muertes violentas, una investigación muy poco ortodoxa llevada a cabo no por un policía o un detective, sino por una maestra muy activa, curiosa y a quien le agrada ayudar a los demás. Hay varias historias de amor, mujeres y niños maltratados, políticos prepotentes y secretos... varios secretos guardados con bolitas de alcanfor, como la vieja ropa de nuestras abuelas.

Esta novela es un homenaje a las personas que no saben acostarse por la noche sin haber ayudado o apoyado a alguien, a la gente que sabe ver más allá de sus narices y a las maestras, esas mujeres maravillosas que para mi fueron, además de mi madre, un ejemplo a seguir, puesto que eran mujeres trabajadoras que además tenían su casa y su familia, y que me enseñaron que no había por qué elegir, que se podía tener todo.

Si he despertado vuestro interés, podéis adquirirla a través de la página web de Unaria ediciones: www.unariaediciones.com

Ahora os dejo con el precioso booktrailer que, al igual que los anteriores, hemos elaborado el magnífico equipo formado por mi hija Judit y yo. Si tenéis problemas de visionado, lo hallareís en Youtube, buscando secretos en alcanfor m carmen castillo.

La próxima semana continuaré con las aventuras de Liduvel y su fuga tan especial. Besos, lectores y lectoras.



UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPÍTULO 20)









Hola, amigos y amigas lectores. Estos días son muy especiales y agotadores para mi, puesto que estoy presentando mi obra "Secretos en alcanfor", mi primera novela,  publicada por Unaria Ediciones. Os hablaré de ella en una próxima entrada.

A pesar de ello, hago un esfuerzo para publicar esta nueva entrada, para que no perdáis el seguimiento de esta historia.

En esta ocasión, Liduvel ve recompensados sus esfuerzos y sus trampas, al ver operada a Teresa y con posibilidades de recuperación. También seguirá ayudando a Simón, esta vez sin pensar en su propio beneficio, sino solamente por el placer de ayudar, ya que está empezando a pensar como un ángel de luz. Daniel no perderá ni un minuto para consignar en su informe todos sus progresos.

Y con este pequeño resumen de lo que vais a leer a continuación, os dejo, porque debo prepararme para la próxima presentación de mi novela en la Feria del Libro de Castellón de la Plana. 

Besos, lectores y lectoras. Hasta la próxima entrada.



    20.
    Cuando el doctor Álvarez salió del quirófano para informar a la familia de Teresa, Liduvel alcanzó a ver cuatro figuras luminosas que flotaban en la sala, brillantes y sonrientes. Si se mostraban visibles era de forma voluntaria, porque deseaban que les viera. Distinguió a sus viejos amigos de tiempos ancestrales, antes de la Gran Rebelión: Murel, Arel, Porel y Cazarel. Sin querer, se sintió dolida al pensar que Axel no estaba entre aquellos viejos amigos que la ayudaban, pero suspiró, se rehizo y se giró hacia los humanos y, prestando atención a lo que decía el médico, porque Gustavo parecía emocionado.
    — Ha salido mucho mejor de lo que pensábamos en un principio. Como ya comprobé en mi reconocimiento tras comprobar su historial, el cáncer había remitido sin motivo aparente. En ocasiones se ven estos «milagros», aunque no son muy frecuentes. Hemos limpiado a fondo y aunque es un poco precipitado hablar de recuperación, soy optimista al respecto—les explicó el doctor Álvarez, emocionado por el inesperado éxito, que le hablaba de que aún estaba en estado de gracia.

    —Vivirá... entonces... ¿vivirá?...— preguntó Gustavo con los ojos empañados, sin creerlo. Durante meses había pensado que iba a perderla. De repente veía ante sí una vida entera junto a Teresa. Tendría tiempo de sobra para intentar hacerla feliz.

    — Si no hay complicaciones derivadas de la operación, creo que sí—afirmó el médico, quien debía estar muy seguro de sus palabras, porque nunca se pillaban los dedos con ningún diagnóstico— Recibirá tratamiento y espero que lo resistirá bien, porque los últimos análisis que le hicimos, han revelado que la fuerte anemia y la debilidad en general que sufría Teresa también ha remitido, y se encuentra muy bien de ánimo. Es fuerte. Creo que podrá seguir adelante...—añadió Álvarez, que había comparado asombrado los resultados de los análisis realizados durante su enfermedad y los que realizó él en su consulta. Parecían pertenecer a dos mujeres distintas. La anemia había remitido, las defensas estaban altas, fuertes, dispuestas a luchar contra el cáncer y los tratamientos agresivos que le prescribirían.

    —¡Fantástico...!—se alegró Liduvel, sabiendo de sobra que había recibido ayuda extra para guiar las manos del cirujano y protegido de todo mal a Teresa, incluso mejorando su salud— Gracias. Muchas gracias. Su buena obra tendrá su recompensa—aseguró Liduvel.

    — Gracias a ti, por traerla a mi consulta y cruzarte en mi camino—murmuró él, con los ojos empañados. Gustavo no comprendió esta última frase, pero no importaba.
    (y sobre todo gracias muchas gracias a todos por vuestra ayuda no lo olvidaré)

    (apostamos por ti Liduvel es muy arriesgada tu gesta pero estamos contigo regresa amiga Liduvel habrá fiesta en el Lado Luminoso por ti el día que vuelvas a nuestro lado)

    Ella sonrió al sentir a sus aliados unidos, alborotados y felices. Sus voces eran literalmente coros celestiales en sus oídos. Al menos había cuatro ángeles y un aspirante a ángel de la guarda a su lado. Era maravilloso. El calorcillo que le proporcionaba su amistad con algunos humanos no era comparable con lo que sentía al reencontrarse con sus hermanos.

    Cuando Gustavo la relevó para acompañar a Teresa, ella salió y aspiró aire puro. Tenía que ir a duchar aquel cuerpo cansado, comer algo y cumplir su promesa a Teresa de que limpiaría sus escaleras, para que no perdiera el empleo. Pero primero dio un paseo por el barrio para estirar las piernas. Pasó por el campo de fútbol, un simple solar de tierra y piedras, cubierto de excrementos de perro, con dos palos clavados en el suelo a modo de portería. Allí entrenaba Simón desde hacía tiempo a un montón de niños perdidos, de familias humildes, rotas o ambas cosas. De no estar allí jugando, estarían aprendiendo a forzar coches, asaltando a otros escolares o fumando porros. Los padres de algunos trabajaban todo el día, dejando su educación al azar. Otros simplemente les dejaban todo el día en la calle y no se preocupaban de ellos. El resto de niños vivía con abuelos o tíos, porque sus padres habían desaparecido, estaban en la cárcel o habían muerto. Liduvel (desgraciadamente) conocía el nombre de todos ellos. Estaban todos preinscritos en la lista negra, con un protocolo de destino de futuro incierto e incluso duro y cruel, hasta que Simón intervino en sus vidas y el libre albedrío concedido a las humanos provocó aquella importante variación. Ahora tenían una pequeña posibilidad, aunque el mal aún rondaba a su alrededor, lo sentía.
    —¡Hola!—le saludó ella con la mano. Simón la distinguió.

    — ¡Hola! ¿Qué tal la operación de Teresa? ¿Salió todo bien?—le preguntó Simón, agradeciendo aquella interrupción en el entrenamiento y secándose el sudor de la frente, ya que no estaba aún demasiado acostumbrado a tanto ejercicio físico.

    — Todo bien. Ya veo que los futbolistas están aprendiendo mucho. Pero aún no son capaces de meterme un gol...—les provocó Liduvel en voz alta, llamando su atención, con ojos entornados con maldad. Sentía que Lea se revolvía en su interior. Algo que la llamaba dentro del campo. De forma borrosa supo que le había gustado jugar a fútbol cuando solo era una niña inocente, y no lo hacía mal, pero todo eso quedó atrás. Si le hubieran permitido continuar cuando tuvo la edad y ya no puedo seguir jugando con los chicos, quizá no hubiera sido una sucia drogadicta.

    —¿Qué no? ¡Pero si eres una chica!—protestaron los chicos, con desprecio.
    (ja eso es lo que tú te crees machista en miniatura)
    — Venga, invito a un helado al que me meta un gol—les provocó ella, entrando en el campo con paso decidido.
    Los chicos se rieron. Empezaron a lanzarle sin piedad, con toda su fuerza. Ella los paró todos, saltando como un gato, empleando puños, pies e incluso la cabeza. Al momento, los chicos dejaron de reírse. Estaban asombrados y murmuraban entre ellos. Simón, que conocía el secreto de su destreza, movió la cabeza, como regañándola por hacerles sentir como fracasados.
    — Oidme, chicos. Hoy os invito a helado porque lo habéis intentado con todas vuestras fuerzas. Pero no seréis los mejores hasta que seáis capaces de meterme un gol—les dijo ella, haciéndoles gritar de alegría—Vendré todas las tardes un ratito, cuando salga del hospital, para probaros. Si no conseguís meterme un gol, vosotros me invitareis a mí a un helado.
    Ellos se rieron, por el mal negocio que hacía aquella tonta. Ellos pagarían entre todos un helado, mientras que si conseguían meterle gol, ella pagaría helados para los que le marcasen gol. Liduvel le dio el dinero a Simón, quien exhibía una amplia sonrisa.
    — El día que me metan un gol, inscríbelos en un campeonato. Los equipos locales los ficharán y saldrán de la calle, donde el mal les acecha. Tu escuela de fútbol es una idea estupenda... puedes haber salvado un puñado de almas del infierno. Ya sabes, variaciones en el protocolo de destino…—le dijo a Simón. Le guiñó un ojo y se marchó, cubierta de polvo, pero feliz. 
     
    — ¿De donde has sacado esa portera, Simón?—le preguntaron los chicos, intrigados, viéndola alejarse con su orgullo algo herido.

    — Esa chica es un auténtico demonio, jovencitos. El día que le metáis un gol... estad seguros de que seréis los mejores—aseguró Simón sin mentir, con una sonrisa torcida— ¡Y ahora vamos a por esos helados!
    Daniel tomó nota: «Crea nuevos estímulos para los chicos de la escuela de fútbol de Simón. Les ha motivado con muy pocos recursos y mucho esfuerzo personal, lo cual es meritorio». Pensó dos veces la última frase y borró «lo cual es meritorio» porque se trataba de que Gabriel lo juzgase, no él. De todas formas, había disfrutado mucho con los chiquillos y las peripecias de Liduvel para parar los balones. Esta chica (si de esa forma podía denominarla) era increíble.

    (continuará)

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 19)






Hola de nuevo, lectores y lectoras. Vamos a por el capítulo 19. Hoy, Liduvel se enfrentará al miedo. No es una sensación desconocida para ella, aunque no siente temor por su propio destino, sino por la suerte que puede correr Teresa, a solas, en un quirófano, ahora que se aleja por unas horas de su protección y va a estar muy vulnerable. Los miembros del Lado Oscuro saben que es su punto débil, su favorita entre los mortales, y querrán eliminarla para que ella se enfurezca y se precipite hacia la venganza, alejándose del buen camino de retorno a la Luz.

Pero Liduvel tiene poderosos aliados, no solo Daniel, sino también otros antiguos hermanos que han apostado por ella, para que su fuga culmine con éxito. 

Saludos a mis lectores y lectoras de España, EEUU, México, Irlanda, Panamá, Portugal y Ucrania. Os dejo con este nuevo capítulo.


    19.
    Liduvel tenía miedo. Le hubiera gustado adentrarse varios años en el futuro para conocer el protocolo de destino de Teresa, que sin duda había cambiado debido a su intervención, pero no debía llamar más la atención. Debería quedarse con la duda, sin saber hacia dónde derivaría su vida y las vidas de quienes la rodeaban. Pensó en las sabias y envenenadas palabras de Lucifer durante su tenso encuentro en la iglesia de Simón. Para ser sincera, no creía que salvando las vidas de Teresa y Lea, se produjera una hecatombe a nivel universal. No eran más que dos simples mujeres pobres, apenas sin formación, y con esas características no podían cambiar el mundo, al menos de momento, así era el mundo de los humanos. Recordó una película que había visto casualmente, mientras trabajaba en el suicidio de un ingeniero deprimido porque no encontraba trabajo relacionado con su carrera. En aquella película se salvaba milagrosamente alguien en un accidente de avión. Años después, esa persona atropellaba y mataba a un científico que podía haber salvado al mundo de una plaga mortal, o algo así. En consecuencia, por salvarse una persona que debía morir, morían cientos de miles de personas en el futuro. Pudiera ser que Lea, en un futuro, también cometiera una tropelía, era de esperar que, tal como estaba, intoxicada por todas las drogas que se había metido, no tuviera el cerebro en muy buenas condiciones. 
     
    Conceder años de vida al doctor Álvarez ya era más peliagudo. Él podría salvar a más gente, a alguien que podría atentar contra una central nuclear por causarle el cáncer o meterse en una secta religiosa y envenenar el agua potable de toda una ciudad. No quiso pensar más en ello. A Lea le dolía la cabeza si pensaba demasiado, y ella lo sufría también.

    Penetrar en la planta de oncología la había llenado de oscuros presentimientos. Por el pasillo deambulaban enfermos de diversas variedades de cáncer en distintas etapas de la enfermedad. Sus acompañantes estaban desolados pero disimulaban, intentando llevarlo con dignidad y animar a sus seres queridos. Todos ellos estaban pálidos y tristes, como Teresa y Gustavo. Parecían almas aturdidas en una sala de espera intermedia, instantes antes de acudir a su juicio vital. Ella siempre se burló de aquellas pobres almas, de su temor a ser arrojados al fuego y las tinieblas. Muchos de ellos mostraban aún la incredulidad que mantuvieron en vida, pensando que solamente soñaban y despertarían en algún momento. Otros estaban perplejos. Si hubieran sabido que el otro mundo existía, hubieran actuado de otro modo, pero ya era tarde para rectificar. Creyentes y no creyentes tenían la misma expresión de terror a lo desconocido. 
     
    Liduvel animó a Teresa mientras estuvo a su lado, de una forma tan elocuente que casi la convenció de que no tuviera miedo, de que todo iba a salir bien. Pero cuando la dejó en manos de los médicos, se sintió de nuevo inquieta y la invadieron malos presentimientos. 
     
    Seguramente los miembros del lado oscuro intentarían de nuevo hacerle daño a Teresa para sacarla violentamente de su ruta firme y segura hacia el Lado de la Luz. Estaba casi segura de que lo intentarían en aquel lugar, cuando estaba totalmente indefensa. Sería muysencillo y eficaz. Ella lo hubiera hecho. 
     
    Se dio cuenta de que Gustavo estaba rezando por Teresa (los humanos siempre rezaban en los malos momentos, aunque no se confesaran creyentes). Ella no podía rezar, no debía hacerlo. Hablar con ÉL sería considerado como una blasfemia, o al menos eso pensaba ella. Pero había alguien que sí podía hacerlo.

    (Daniel amigo mío si estás ahí protégela por favor que nadie la dañe ahora que está tan vulnerable y yo no puedo cuidarla ahí dentro reza porque a ti te escucharán tú eres un alma pura y llena de luz a ti te escucharán por favor por favor)

    (ya están protegiéndola tú tranquila)

    (¿ya están protegiéndola? ¿han escuchado tus oraciones y las de Gustavo?)

    (no debería decírtelo pero la gente del Lado Luminoso está tomando partido)

    (¿quieres decir que hay gente del Lado Luminoso que está apoyándome?)

    (si, no todos, pero muchos de ellos te apoyan en tu decisión en secreto les gusta que su hermana se arrepienta de sus errores y desee regresar con ellos a la luz)

    Liduvel se sintió más viva que nunca. Era maravilloso sentirse apoyada, aunque fuera en secreto. Cuando era una simple diablesa nadie hubiera apostado por ella, ni siquiera sus colegas del Lado Oscuro, debido a las envidias y a la dura competencia.

    Pero ahora era algo más. Era una fugitiva... un tanto especial, una osada atrevida que abría un nuevo camino... y al parecer había corrido la voz.

    (da las gracias a todos por mí)

    (tú se las darás en persona pronto)

    Gustavo interrumpió aquel silencioso diálogo porque la vio abatida, y porque creía que había llegado la hora de decirle que estaba equivocado, y que la Lea que había regresado de la muerte era una buena persona en la que se podía confiar. Se sentía tan sensible con el asunto de Teresa que incluso la hubiera abrazado, para reconciliarse con ella. Pero aún le tenía un poco de miedo. En ocasiones creía haber visto un brillo diabólico en sus ojos y la escuchaba gruñir y bufar en sueños, como un animal rabioso.
    — Lo estás haciendo muy bien, Lea. La has animado de una forma que... casi ha entrado en el quirófano cantando de alegría. No esperaba que tu cambio hubiera sido... real. Creía que era una pantomima... pero parece que vas en serio. Teresa es muy feliz por verte así. Le has dado vida estos últimos meses... toda la vida que le quitaste antes...—musitó Gustavo, en tono reconciliador.

    — Gracias. Tú también lo estás haciendo bien. Ella te necesita tanto como a mí... o más. Yo no estaré con ella para siempre. Espero que tú sí—le respondió Liduvel, entornando los ojos y escrutando el alma de Gustavo, para conocer sus intenciones. Al parecer, la experiencia de la frutera le había asustado bastante, y ya no pensaba en ser infiel. Eso estaba bien. No parecía tan mal futuro para Teresa. Un hombre que la tratara bien al fin, tal como merecía.

    — Cuando se recupere tengo intención de llevarla a pasar unos días a la playa, no sé donde aún, pero a ella le gustará ver el mar...—afirmó Gustavo, improvisando un futuro que aún no parecía claro, pero que podía ser posible—¿Nos podremos fiar de dejarte sola?— sondeó.

    — Claro que sí. Puedo arreglármelas sola...—afirmó Liduvel, sonriendo de forma pérfida. Era ya mayorcita para eso. Una experiencia de millones de eones viviendo en soledad.

    — Bien. Estaba ahorrando para comprarme un coche, pero eso puede esperar. Un viaje nos vendrá mejor. Ya llegará el coche, más adelante, el mio aún funciona...—aseguró Gustavo, valorando pros y contras. Era inusual que compartiera sus proyectos con la que él creía Lea. Jugueteaba con una revista, donde aparecía el coche de sus sueños, que tendría que esperar algunos años más.

    — Bien pensado. A Teresa le vendrá mejor ver el mar que pasear en un coche nuevo. Y la generosidad siempre tiene su recompensa...—asintió Liduvel, pensando que podría mover algunos hilos de forma muy discreta para que le concedieran un aumento de sueldo o mejor aún, para que le tocase algún premio de la lotería. Así tendría a la vez coche nuevo y viaje para la pobre Teresa. Si él era feliz, haría más feliz a Teresa.

    Entraron en tromba en el túnel de descompresión, por el cual pasaban todos los demonios que regresaban furiosos al Infierno. Era una medida de seguridad añadida para proteger el mundo oscuro de los frecuentes ataques de ira de sus habitantes. De no ser así, se habrían autodestruido hacía eones, consumidos por su propio fuego aniquilador.
    — ¡Esto es intolerable! No hemos podido hacer nada. Había allí nada menos que cuatro ángeles custodiándola. Es inadmisible...—protestó Garrel, aún furioso y acalorado después de pasar el túnel. Sus ojos brillaban de color rojo vivo. Nunca se había sentido tan fracasado.
    El Departamento de DPI (Daños y Perjuicios Inducidos) estaba alborotado y frustrado por la misión fallida de los demonios. Tenían como misión que la operación quirúrgica resultara mal de diversas formas: gérmenes por limpieza incompleta de los instrumentos, temblor de la mano del cirujano, bronca entre enfermeras para perturbar la intervenci´n... Debían hacer cualquier cosa para acabar con Teresa, pues era la favorita de Liduvel y destruirla la desestabilizaría y apartaría del buen camino que había emprendido para regresar a la Luz.

    Y los demonios, al entrar en el quirófano se hallaron cara a cara nada menos que a cuatro ángeles de Luz. Casi se derritieron debido a la impresión. No habían visto tantos enemigos juntos desde la Gran Rebelión. No fue necesario un intercambio de palabras. Las miradas fueron suficientes para que regresaran de inmediato al infierno, para informar del suceso. 
     
    Neville se había desplazado al DPI en su hora de descanso para apoyar a su colega Unigel, quien dirigía aquella operación desesperada tras el sonoro fracaso de Databiel y sus falsos testimonios. De hecho, con aquella noticia, Unigel estaba tembloroso, temiendo ser desintegrado por Lucifer.
    — ¿Cuatro ángeles? Pero eso es imposible. ¿Qué hacían cuatro ángeles para una simple mortal? Su ángel de la guarda, lo tengo aquí apuntado, tiene otros nueve clientes. Andan muy escasos de personal—se extrañó Neville, consultando sus datos— ¡Exacto, tal como yo creía! ¡La cuida una décima parte de ángel de la guarda!—afirmó, señalando los datos en la pantalla. 
     
    — Lucifer no lo creerá. Nos castigará por incompetentes...—gimió Bartel, uno de los enviados en aquella misión frustrada. Hasta aquel día se había manifestado muy seguro de sí mismo, y acababa de caer en la cuenta de que nada podía hacer para enfrentarse a sus colegas luminosos. Estaba a punto de caer en una depresión.

    — ¡Estamos acabados! Era una misión fácil, por todos los demonios, era lo más sencillo que se me ha encargado en eones...—gimió Unigel, hundido—Me doy por desintegrado, amigo mío. Adiós, ha sido un orgullo trabajar codo a codo contigo...—farfulló teatralmente, despidiéndose de Neville con dos palmadas en la espalda.

    — Tranquilo, Unigel. No tiene por qué ser así. Lucifer está muy ocupado repasando archivos, estadísticas, instalaciones y personal a su cargo. Dejaremos a un lado este enojoso asunto. No informaremos de esto, a no ser que él en persona no se interese por la incursión, y no creo que lo haga. Ahora mismo le preocupa más no conocer al detalle cuanto ocurre en el Infierno...—reveló Neville en un susurro, manteniendo la calma. Su habitual eficacia le dictaba consignar todo el asunto en un detallado informe dirigido a Lucifer, pero en esta ocasión, aquellos compañeros corrían serio peligro. Estaba harto de ver desintegrados a hermanos demoníacos, sobre todo cuando él no ganaba nada con su pérdida ni ascendía de categoría, como era el caso.

    Unigel, Bartel y Garrel suspiraron, aliviados. Neville les indicó que en caso de que Lucifer se enterara (cosa que dudaba) podían citar muchos testigos en su defensa, ya que el hospital donde operaban a Teresa se estaba convirtiendo en un hervidero de ángeles y demonios posicionándose, apostando y cotilleando sobre el «asunto Liduvel».

    (continuará)

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 18)




Hola lectores y lectoras. Esta entrada la realizo el día 23 de abril, de modo que ¡feliz Día del Libro! No dejéis de comprar libros, de regalarlos a vuestros seres queridos, de leer historas a vuestros hijos, sobrinos, nietos o alumnos. Nunca dejéis jamás de leer, porque la lectura tiene mil ventajas que no tienen ni la televisión, ni los videojuegos, ni otras diversiones menos dignas. Leer previene del alzheimer, abre la mente, elimina las faltas de ortografía y sobre todo, te lleva a unos mundos que no conocerías de otra forma, ampliando tu cultura y enseñándote a soñar. Todo son ventajas, ya véis.

Pues bien, os ofrezco un nuevo capítulo de esta historia un tanto especial, donde pasaremos casi todo el tiempo en el infierno, con un Lucifer perplejo por no poder controlar una situación que está alterando el buen funcionamiento infernal, que no puede destruir a Liduvel porque se halla bajo protección de Gabriel, pero lo intentará de todas las formas posibles a través de sus subordinados. Estamos a punto de conocer a un nuevo personaje, un tal Damon, terapeuta de demonios (sí, por supuesto, ellos también los necesitan), que será fundamental en la historia, pero eso lo dejaremos para otro capítulo...

Besos a mis lectores y lectoras de España, EEUU. Irlanda, Portugal, Singapur, Rumanía y Alemania. Os dejo con la lectura de este nuevo capítulo.

    18.
    Gabriel repasó los informes de Daniel, para que no se le acumularan. Había comenzado los trámites para convocar al Tribunal que conociera este caso, y que debía constar del mismo número de ángeles de la Luz y de ángeles de la Oscuridad, para ser equitativo. ÉL en persona se había interesado por el tema. Gabriel le había restado importancia a tan trascendente juicio, para no preocuparle. Ya había suficientes motivos de honda preocupación en el mundo para que se ocupara de aquella «minucia».

    Sin embargo, se alegró de que ÉL se hubiera interesado. Siempre podía echar una mano decisiva para ayudar a completar aquel plan maestro diseñado hacía mucho tiempo. Pero no debía precipitarse ni desconcentrarse. Volvió a sus informes.

    Gabriel intuyó que faltaban datos precisos en los informes, pero estaba de acuerdo en que así quedaban perfectos para apoyar la iniciativa de Liduvel. Sonrió al comprobar que Daniel incumplía una y otra vez su tarea de informador neutral. Según lo que sabía él, y sabia mucho, no le extrañaba en absoluto que lo hiciera, pero le preocupaba un poco que los del otro lado se enteraran, aunque tampoco ellos habían estado de brazos cruzados.
    — Siempre podré alegar que fueron ellos los que empezaron a meter zancadillas—sonrió Gabriel de forma traviesa.
    Daniel hubiera respirado tranquilo de haber seguido vivo. Ahora se sentía un poco más aliviado. Gabriel no parecía haber advertido todos los recortes en sus informes, o al menos no les había dado importancia, pues le vio en un par de ocasiones arquear las cejas ante algún párrafo, o sonreír de una forma especial. 
     
    Gabriel sonrió a su ayudante y palmeó su espalda.
    —Todo va bien, según parece. Falta ya poco para concluir este trabajo, pero parece que eso te preocupa, amigo Daniel—le dijo, observando cada reacción del meritorio.

    —Confieso que me preocupa el futuro de Liduvel. Me cae muy bien. Ojalá todo se resolviera y pudiera regresar a la Luz—suspiró Daniel, y al punto pensó que había sido peligrosamente sincero.

    —Ya sé que te cae bien. Es fácil apreciar a esa extraña diablesa, pero no te preocupes más, lo que haya de ser… será...—le consoló Gabriel de una forma enigmática.

    Daniel no supo si sus palabras eran buena o mala señal, tan neutra había sido su voz, y tan extraña su sonrisa. 
     
    Lucifer tachó de incompetente a Databiel, y lo sustituyó con rapidez. No le convirtió en cenizas instantáneas por su negro historial intachable, y —aunque no lo reconociera ni en diez mil eones— por ser quien era aquel demonio menor, pero esta vez le había decepcionado y eso era muy peligroso para un demonio, incluso para uno de sus favoritos.
    .
    Contrariamente a su costumbre, Lucifer consultó privadamente con los demonios más importantes, incluido Luzdel, que como Jefe de Departamento y superior directo de Liduvel, la conocía mejor que nadie.
    —No sé, señor, ¿qué puedo decirle sobre ella? No la trataba mucho... una relación estrictamente profesional, ya sabe. Liduvel es básicamente una diablesa solitaria, muy independiente, obstinada e inteligente... cuando se le mete una idea en la cabeza...—señaló Luzdel, intranquilo ante la soberbia presencia del Gran Jefe, que le observaba con aquellos ojos iracundos y penetrantes.

    —No me digas algo que ya sé, Luzdel. Necesito datos. Quiero saber qué factor la cambió. Y necesito ideas para terminar con esta locura de su fuga hacia la Luz... Yo lo haría de una forma inmediata y fulminante, pero tengo las manos atadas. Gabriel está protegiendo a esa maldita fugitiva—le interrumpió Lucifer, y con su enojo el fuego infernal aumentó su volumen y su temperatura, provocando numerosos gritos de dolor en el pozo más hondo, que siempre era el más afectado por sus ataques de furia.
    Transcurrió un incómodo silencio que llenó el elegante salón de malos presagios y de energía negativa. Todos sentían peligrar sus cabezas y daban vueltas a sus mentes privilegiadas para ofrecer respuestas al gran Jefe, pero fue Luzdel el único que se atrevió a hablar.
    —Con el debido respeto, señor. En este momento sería adecuado recurrir a los servicios del desaparecido Damon, que fue terapeuta de Liduvel cuando sufrió una crisis. Creo sinceramente, con todos mis respetos, que él es.... fue... responsable en gran medida de provocar el cambio de Liduvel. Era un inconsciente que utilizaba técnicas innovadoras y descabelladas para sus terapias...—apuntó Luzdel, tímidamente.
    Los demás contuvieron la respiración, esperando una violenta reacción de Lucifer. No se podía nombrar a un demonio desintegrado. Estaba prohibido, sobre todo porque Lucifer tenía una memoria prodigiosa, y revivía intensamente el ataque de ira que le había llevado a castigar a sus inferiores, con lo cual el incauto que osaba nombrar al desintegrado corría grave peligro de correr su misma suerte.
    —¡AAAAHHH!—gritó Lucifer, furioso, golpeando la mesa con su poderoso puño, que hizo temblar todo el infierno, e incluso halló repercusión en la tierra, que tembló en su totalidad con una intensidad de 5,6 en la escala de Richter, provocando numerosos daños materiales y heridos.
    Su maldito temperamento le había hecho perder la oportunidad de detener aquella locura. Luzdel tenía razón. Aquel maldito terapeuta había inculcado ideas raras en Liduvel, que combinadas con su rebelión interna, habían derivado en la criatura extraña que era actualmente.

    Los gritos en el pozo más hondo atronaron en todo el infierno, debido a las llamaradas que había provocado de nuevo el acceso de ira de Lucifer.

    —¡Malditos sean mis ojos! ¿No hay forma de restituirle?—farfulló, enojado consigo mismo y con el universo. Todos temblaron a su alrededor. Eso era imposible. Derafiel carraspeó, captando de inmediato su atención.
    —Con todos mis respetos, señor. Nunca se ha hecho, pero eso no quiere decir que sea imposible—murmuró Derafiel, intentando hacerse oír.

    —¡Habla!—exigió Lucifer, señalándole.
    Todos se apartaron de él, pues podía alcanzarles los poderosos influjos de Lucifer, al destruirle. Tanto Luzdel como él se estaban arriesgando mucho en aquella ocasión. Los demás no sabían bien si envidiarles o compadecerles, dependería del resultado de aquella reunión.
    —En una ocasión... ya sé que está mal y que no debí hacerlo, pero entonces preparaba mi tesis doctoral para ascender en la escala y deseaba desesperadamente lucirme. Entonces me arriesgué mucho, pero visité el pozo más hondo, con el propósito de estudiar los sufrimientos de nuestros huéspedes más ilustres, a fin de incrementarlos en todo lo posible. Nadie que no hubiera sido condenado había llegado al final del túnel maldito hasta entonces. Pues bien, yo llegué, tras mucho esfuerzo y penalidades, mientras tomaba mis notas, y mi sorpresa fue mayúscula al encontrar un lugar llamado «el estanque del olvido eterno», pues tiene en su puerta incluso un rótulo luminoso de neón que así lo nombra. Y mi sorpresa fue mayúscula al adentrarme en aquel lugar extraño, porque vi a muchos viejos conocidos deambular por allí... ya que se trataba de almas que, en teoría, se desintegraron debido a su justa ira, señor—reveló Derafiel, temiendo un castigo por su atrevimiento, que no llegó porque Lucifer se había quedado perplejo.
    Lucifer debía haber tenido conocimiento sobre aquel lugar, una parte de su reino de tinieblas.
    —¿Estanque del olvido eterno? ¿Tenemos de eso aquí? ¿Y qué quieres decir con que «en teoría se desintegran»—interrogó Lucifer, inquieto.
    Su rapidez mental le hizo calibrar en un instante lo peligroso de aquella situación: su poder se debilitaría si se sabía que ni siquiera conocía a fondo todos los detalles de su Reino. Había pasado mucho tiempo endiosado, lejos de la realidad de su mundo oscuro, enfundado en sus trajes hechos a medida y fumando sus puros habanos, derivando su trabajo hacia sus subordinados.
    —Verá, señor. Como le he dicho, allí había.... muchísimas almas. Reconocí a algunas de ellas, que habían incurrido en graves errores y habían sido blanco de su justa ira, señor. Eran almas tristes, errantes, absortas, quizá perdidas para siempre en una nebulosa gris, no sé como explicarme, parecían ausentes... pero existían. Y aseguro que era peligroso permanecer mucho tiempo allí, ya que la tristeza y el vacío de aquel lugar me invadió e intentó absorberme. Había mucha fuerza en aquel lugar. Me pareció tan sumamente peligroso reflejarlo en mi tesis... que no lo hice... e intente olvidarlo…hasta ahora—reveló Derafiel, quizá un tanto menos tembloroso al advertir que la ira de Lucifer no le desintegró en el primer instante. Estaba muy intrigado.

    —¿Cómo se atreven a no desaparecer cuando yo lo dispongo? ¿Quién les envía allí? No soy yo. No sabía ni de la existencia de ese maldito lugar... Pero ya tomaremos alguna medida al respecto. ¡Centrémonos! ¿A cuento de qué has nombrado todo eso? ¡Habla!—farfulló Lucifer, que había perdido el hilo del razonamiento lógico de Derafiel.

    —Pues, humildemente señor, porque he pensado, quizá de una forma algo ingenua, proponerle ir en busca de Damon en ese lugar. Quizá nos costara un poco hallarle, pero si... anunciamos que puede ser restituido en su puesto, quizá se presente voluntariamente... si es que recuerda quién era, por supuesto...—propuso Derafiel.
    Ahora el atrevido demonio se quedó solo en el centro de la sala. Todos retrocedieron varios pasos hasta separarse lo suficiente de él. Definitivamente había llegado su último momento.

    Pero en lugar de lanzar un ataque de furia contra el imprudente Derafiel, Lucifer asintió. ¡Por supuesto! ¿Cómo no había caído en ello? Podrían buscar a aquel peligro público de Damon y restituirle el tiempo suficiente para averiguar algún dato que permitiera destruir a Liduvel, de la forma más natural y correcta dentro del protocolo, claro está. No quería que Gabriel sospechara nada, si esto era posible. Aunque jamás lo reconociera, en el fondo temía a Gabriel, por su puesto privilegiado.
    —¡Bien! ¡Brillante! Tú, Derafiel, descubridor del dichoso estanque, ya que conoces el camino, encárgate de ello. Y tú, Databiel, ya que mientes mejor que nadie en esta sala, gánate mi perdón con tu esfuerzo y acompáñale para atraer al maldito Damon—ordenó Lucifer, viendo un rayo de esperanza en su investigación contra la fugitiva.

    —Señor, no le decepcionaré—aceptó al instante Databiel, cuadrándose y saliendo de la sala con rapidez, para penetrar cuanto antes en el túnel.
    Derafiel se inclinó con respeto ante su señor y corrió tras su inesperado e imprudente colega de viaje, del cual no se fiaba ni un pelo. Ninguno de los demonios menores era de fiar, por muy hijos del Gran Jefe que fueran.
    —¡No tan rápido, amigo Databiel!. El viaje debe ser preparado debidamente. O el Estanque del olvido eterno nos arrastrará sin remedio. Es peligroso—le detuvo Derafiel, temiendo que su precipitación arrastrara a los dos dentro de aquel mundo terrible, a sus ojos aún que la desintegración en miles de partículas de átomo por el Cosmos.

    —No tengo miedo—afirmó el soberbio Databiel y Derafiel sonrió.

    —Ya lo tendrás. Y mejor será que atiendas mis instrucciones, o acabarás como residente permanente de ese lugar—amenazó el prudente demonio.

    —¿Me estás amenazando, alfeñique?—le retó Databiel, enfrentándose a él.

    —Te lo advierto. Estás vivo de milagro, muchacho. No juegues con tu suerte—le dijo Derafiel, esquivándole y dirigiéndose hacia el pozo más hondo del infierno.
    Lucifer estaba indignado y lleno de preguntas. Miró al resto de sus demonios de confianza, que habían vuelto a remolinarse a su alrededor, ahora que Derafiel ya no les planteaba peligro inmediato.
    —¿Por qué no desaparecen? ¿Y quién creó ese maldito estanque?—farfulló Lucifer como una pregunta retórica, sin esperar respuesta.
    Luzdel se arriesgó mucho, pero había visto salir airosamente de la situación a su colega Derafiel, y debía hacer un esfuerzo o aquel insensato pisotearía sus posibilidades de ascenso, que eran muchas. Derafiel era el único que había ofrecido su colaboración para resolver aquel enojoso asunto. No debía permitirlo.

    —Con permiso, señor—indicó Luzdel y disimuladamente señaló hacia arriba. Lucifer le miró, miró hacia arriba y le volvió a mirar con gesto perplejo.
    —¿ÉL?—exclamó, indignado por su intromisión en su mundo.

    —¿Quién, si no?—respondió Luzdel, encogiéndose de hombros.

    —¿Cómo se atreve a interferir en mi mundo? Fue ÉL quien me puso al cargo del Infierno. Fue ÉL quién me dio el poder y no me lo retiró totalmente cuando me lanzó al abismo. ¿Qué clase de burla es ésta?—farfulló Lucifer, completamente confundido.

    —En todo caso, señor, el caso deberá llevarse con la máxima discreción, pues como todos sabemos, a pesar de SU paz interior y de SU afable trato, es peligroso contrariarLE. Algún motivo oculto LE habrá llevado a crear ese lugar terrible dentro del Infierno. ¿Quién sabe qué puede ocultar tan retorcida y prodigiosa mente? Otras veces LE hemos visto jugar sin conocer las reglas del juego. La humanidad fue una de sus bromas. Actuar sobre aquellos simios descerebrados… ¿quién lo hubiera previsto? ¿Quién sabe lo que le movió a crear esa criatura infame?—razonó Luzdel, haciéndole ver a Lucifer que no debía fiarse de nada ni en su propio Reino.
    La inteligencia de Lucifer lo captó al instante, pero se calló lo que opinaba.

    Cerca de ellos, en la antesala, siempre atenta a cualquier chisme intercambiable en el mercado de las habladurías, Fedra pulsó el intercomunicador y llamó a su amigo Delmor.

    — ¿Delmor? No te creerás ni en un millón de eones lo que he escuchado. ¿Sabes que las almas desintegradas por sus errores... no desaparecen del todo? Parece ser que ÉL también tiene sus influencias en nuestro mundo, querido...—musitó Fedra emocionada, con un hilo de voz.

(continuará)