UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 7)






Liduvel ha sido descubierta. Su fuga ya no es un secreto. Ha sido un joven numerario, aspirante a ángel de la guarda, quien primero ha intuído la presencia de un ente que ha poseído a Lea, una joven drogadicta. Lo que no le cuadra es que ese ente, en lugar de actuar de forma cruel y destructiva con la anfitriona y su entorno, está haciendo el bien y mejorando la triste vida de la pobre Teresa. 

Daniel será fundamental en el futuro de este proyecto de fuga. Pero también Gabriel, quien desde el primer momento apoya la investigación sobre la huesped de Lea. Sus indagaciones les llevará hasta el mismo infierno... un tanto diferente al concepto que tenemos de él, como ya comprobaréis...

 ¿Querés saber más? Vamos con la séptima entrega de "Una fugitiva un tanto especial".

7. 
Cuando Gabriel tuvo delante todo el material preparado cuidadosamente por Daniel, no le fue necesario visionarlo todo. Apenas vio a Lea, distinguió claramente el aura que la rodeaba. Un demonio primigenio habitaba en su interior, como había intuido Daniel. Entornó sus ojos expertos y comprobó que Lea estaba cambiando físicamente, según los testimonios gráficos de su aspecto anterior a la sobredosis. Se estaba embelleciendo, su cabello se tornaba de un color rojo vivo, y su mirada era sagaz, profundamente observadora, tan llena de conocimiento y sabiduría que no podía pertenecer nunca a un ser humano, al menos a uno de tan escasa edad. No, aquella presencia había vivido mucho tiempo en el mundo, y aunque parecía un poco perdida y desorientada en la piel de Lea Pineda, era muy sabia. Había realizado una jugada maestra, al parecer, con una intención que para él parecía clara, aunque absurda: ganar méritos para fugarse del infierno.
Su sonrisita torcida intrigó a Daniel, que aguardaba alguna reacción.



¡Vaya, vaya, amigo Daniel! En verdad has descubierto una conspiración un tanto extraña—reveló Gabriel, con aquella sonrisa enigmática.

Gracias, señor—respondió él, complacido.

Me ocuparé personalmente de este caso, ya que me parece importante. Si no tienes objeción, puedes acompañarme como ayudante—le ofreció Gabriel. Daniel, de haber estado vivo, se habría desmayado debido a la impresión.

¡Muchas gracias, señor! ¡Es un inmenso honor para mí...!—exclamó el aspirante, cortando en ese punto todo lo que hubiera querido decir, pues intuía que podía estropear con su verborrea nerviosa lo que había conseguido.


Según Gabriel, para comprender lo que estaba ocurriendo y reconocer a la culpable de todo aquel enredo, debían volver al principio y caminar sobre los pasos de la diablesa fugitiva. Para ello debían indagar en el mismo infierno. Daniel se inquietó un poco por tener que descender a tan terrible lugar, pero gozaba de inmunidad gracias a la protección del arcángel.

Gabriel, mientras se dirigía con su ayudante hacia el infierno, en un largo descenso que no parecía tener fin, le explicó con aire divertido que –como todo el mundo sabe- la burocracia la inventó Lucifer, para dejar constancia por escrito de sus pactos con las almas conquistadas (los legendarios contratos que antiguamente se firmaban con sangre y ahora se firmaban con elegantes y caras plumas), a fin de garantizar que nadie se echaría atrás en los compromisos contraídos con él. Gabriel señaló con orgullo que en el Lado Luminoso no se exigía la firma de nada, pues les bastaba con un compromiso firme de palabra.

Sin embargo, la compleja división administrativa de áreas, secciones, negociados y departamentos era otro cantar. Hablaba de pura y simple eficacia. Los diablos primigenios (los que protagonizaron la Gran Rebelión) ocupaban los cargos de mayor responsabilidad como Jefes Superiores, dirigiendo a una cantidad ingente de diablos menores (los cuales fueron llegando paulatinamente al Infierno, y sobre quienes se rumoreaba que eran casi todos hijos de Lucifer, fruto de sus andanzas humanas y diabólicas), así como a los numerarios meritorios (que habían sido humanos extremadamente malvados y condenados por ello). La división jerarquizada de mandatarios garantizaba una óptima organización, una especialización en el trabajo y una eficacia difícil de superar. El Lado Luminoso empezó a tomar nota, aprendiendo de lo eficaz de su sistema, pero aún eran bastante anticuados en su organización, y desde luego (desgraciadamente) tenían muchísimo menos personal que en el Lado Oscuro, ya que eran muy exigentes en la selección del mismo, y esto les retrasaba mucho en su trabajo. 

Cuando llegaron al fin al Infierno, se detuvieron ante la Puerta. La misma puerta sobre la cual Dante colocó poéticamente aquel famoso y desolador cartel que decía algo así como «Quién entre aquí que abandone toda esperanza» Sin embargo, sobre ella no colgaba ningún desalentador cartel, sino que la rodeaba por ambos lados y por la parte superior un complejo directorio. 

¡Cielo Santo! Ahora sé que estoy en el Infierno—musitó Gabriel horrorizado, al ver aquel organigrama que no tenía ni principio ni fin, ramificándose desde el suelo hasta el techo y cubriendo todo el muro de entrada. 

Daniel no dudó un solo instante. Buscó con pericia entre las ramas del organigrama y señaló con orgullo cuando lo halló.

No se desaliente, señor. ¡Aquí está! Área de gestión y recursos diabólicos. Departamento de personal fijo no numerario. Creo que eso es la... diablesa que buscamos—localizó su ojo humano experto, acostumbrado por su ex-condición de parapléjico a visitar las distintas Administraciones en busca de subvenciones, solicitudes de eliminación de barreras arquitectónicas, etc... Sígame, señor. Esto no será peor que un Ayuntamiento, un Servicio Territorial o un Ministerio...—sonrió Daniel.

El funcionario numerario que vio entrar a Gabriel en persona, seguido de un numerario aspirante a ángel de la guarda, de haber estado vivo, se habría quedado sin respiración. La luz blanca que despedían ambos visitantes le deslumbraba y no sabía si levantarse con respeto o quedarse mirándolos con aire el despectivo propio de su antigua rivalidad. No había estudiado aquella parte del protocolo que dictaba lo que debía hacer en aquel caso tan improbable. Desde que él estaba condenado, nadie importante del Lado Luminoso había bajado hasta allí.

Buenos días, quiero tratar sobre un tema de personal que requiere gran discreción, al menos en un principio...—saludó Gabriel, sin darle importancia al aspecto indeciso del numerario.

Pésimos días, señor. En ese caso, acude usted al lugar correcto. Intuyo que este es un asunto de máxima gravedad, dado que nos visita personalmente alguien de su rango, por ello avisaré a mi superior para que le atienda debidamente...—indicó el numerario educadamente, librándose de la carga de tener que tratar con él.
 
Gabriel asintió, agradecido. Daniel se mantenía tras él, orgulloso de ser su ayudante y sobre todo feliz por gozar de su protección en aquel lugar terrible. El meritorio miró a su alrededor con curiosidad humana y observó los muebles, lámparas y cuadros de aspecto muy caro. Comparado con la sobria decoración del Lado Luminoso, le pareció un poco abigarrado, como las casas de los famosos humanos, aquellos que tenían mucho dinero, pero ningún gusto.

El superior del numerario salió de su despacho de inmediato, muy extrañado por la visita de Gabriel. Iba arreglándose la corbata y alisándose la chaqueta, vistiendo tan elegantemente como solían hacer los jefes de departamento.

Pésimos días, señor. Mi nombre es Neville. Mi ayudante me ha dicho que su inesperada visita se debe a una cuestión de personal ¿Cómo puedo colaborar en su investigación?—le saludó Neville cortésmente, tras cuadrarse como le habían enseñado para mostrarse respetuoso con los superiores del Lado Luminoso.

El numerario, al observar a su superior, chasqueó la lengua, disgustado. Debería haber hecho lo mismo, pero no había repasado debidamente el manual. Ahora ya lo sabía para otra vez, si es que se presentaba la ocasión.

Neville, a pesar de que no era un demonio primigenio, sino un numerario como él, tenía muchos conocimientos sobre protocolo y poseía una elegancia natural. Había trabajado mucho tiempo en una isla lluviosa y gris del mundo humano y ganó su ascenso convirtiendo a personas educadas y comedidas en terribles Hooligans capaces de cualquier cosa en un estadio de fútbol.

Mucho gusto, Neville. Es cierto. Mi investigación comenzará en el Departamento de Personal, pero también deberemos indagar en el Departamento de Autorización de Posesiones. Te ruego, Neville, que me prestes tu valiosa colaboración, y sobre todo, como ya le he indicado a tu ayudante, el asunto requiere por ahora la máxima discreción. Todo se sabrá a su debido tiempo—respondió Gabriel, con voz firme pero amable.

Neville no mostró exteriormente ni la más leve inquietud por sus palabras, sin embargo en su interior sintió que aquella visita y la investigación traería cola. No obstante, el protocolo obligaba a prestar la colaboración necesaria a sus Superiores, entre los cuales se contaban los miembros del Lado Luminoso, sobre todo un Arcángel… que después de ÉL era el que poseía más rango.

Veamos, el Departamento de Personal está aquí mismo, decimonoveno sótano, quinto pasillo a la izquierda, decimotercera puerta a la derecha, despachos del A al G. ¿Posesiones? Veamos. Delmor, consulta el departamento de posesiones. Creo que ha cambiado tanto de Jefatura como de ubicación hace poco. Sinceramente, señor, tuvimos problemas con esa dichosa película... «El exorcista», que puso de moda la posesión entre los numerarios más jóvenes e impresionables, lo cual produjo una auténtica avalancha de solicitudes, con el consiguiente papeleo para revisar, a consecuencia del cual,  el responsable del departamento sufrió una aparatosa crisis nerviosa—explicó el funcionario Neville educadamenteCreo que terminó girando la cabeza en redondo y vomitando puré de guisantes a reacción... Sinceramente, no comprendo cómo una simple película causó tanta expectación. Debo decir que era claramente inferior a la novela...—añadió con cierto desprecio por los numerarios y por su colega caído en desgracia, recordando tan lamentable episodio.

Daniel ahogó un resoplido. Era divertido que los demonios se dejaran influir por una película humana, pero así eran las cosas. Al fin y al cabo, la mayoría de ellos habían sido humanos hacía más o menos tiempo.

Por supuesto, tratándose de usted, no exigiremos que realice las oportunas solicitudes por escrito, ya que debería cumplimentar los modelos A-1, C-27, F-567 y Z-34, así como un exhaustivo informe de motivos, y por supuesto, esto retrasaría su investigación, pero debo señalar que se trata de una excepción, por ser usted quien es, bajo mi exclusiva responsabilidad. Que no cunda el ejemplo entre sus colegas, se lo ruego, ya que la base de nuestra eficaz burocracia es la solicitud por escrito, y también, por supuesto, la garantía de un expediente correctamente tramitado—le indicó Neville, dejando claro que no volvería a saltarse las reglas por nadie.

Y yo te lo agradezco inmensamente, amigo Neville—afirmó Gabriel, sabiendo que quizá su colaboración (aunque claramente determinada en el protocolo) le podría costar cara ante el irascible y poco colaborador Lucifer.

No hay de qué, señor. Veamos, sí. Eso es. Actualmente el responsable del Departamento de Posesiones es Fidelón, y la ubicación de su despacho... trigésimo tercer sótano, décimo octavo pasillo a la izquierda, puertas de la F a la H. Acompáñenme, por favor. En primer lugar, tal como ha solicitado, comenzaremos su investigación en el Departamento de Recursos Demoníacos—anunció Neville, mirando la pantalla. Se cuadró de nuevo y les indicó una puerta que se abrió automáticamente ante ellos.

Cuando le siguieron y la puerta se cerró tras ellos, Delmor respiró aliviado. No todos los días se recibía una visita como aquella. Cogió con ansiedad el comunicador interior.

Fedra, querida ¿a qué no sabes quién ha estado aquí? NO lo adivinarías ni en un eón espetó Delmor atropelladamente, cuando obtuvo respuesta.

(continuará)


UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 6)






Hola, lectores y lectoras. ¿Estáis preparados para la nueva entrega de esta aventura que trasciende mundos y dimensiones? Preparaos, porque hoy tendréis la oportunidad de conocer a otros personajes que son importantísimos para la historia de Liduvel, tal como os prometí en la anterior entrega.

Para aquellos y aquellas que vean con extrañeza el cambio de color de las letras, les explicaré que todas aquellas escenas que se desarrollen en el Lado Luminoso o Cielo, aparecerá en tono azul. Lo que transcurra en el mundo físico o Tierra, será en color negro, y las escenas desarrolladas en el Lado Oscuro o Infierno, lo leereis en color rojo. La elección de colores nada tiene que ver con temas políticos, ja ja ja. Por un lado, responden a la iconografía clásica del color del cielo y del fuego del infierno, y por otra parte es mi pequeño homenaje a otra gran historia escrita en dos tintas, "La Historia Interminable" de Michael Ende, la cual, por cierto, recomiendo. La compré para mis hijos y terminé enamorada de este canto al maravilloso mundo de la fantasía.

Por otra parte, este capítulo será un punto de inflexión en la historia, pues Liduvel sufrirá las consecuencias del odio despertado por la actitud de Lea en sus días de drogadicta, y recibirá el apoyo incondicional de Teresa; recuperará la amistad de Alicia, que siente la injusticia sufrida por su antigua amiga; provocará la admiración de Daniel, un personaje muy especial y despertará la curiosidad de Gabriel. Todos ellos serán fundamentales para los planes de fuga de esta diablesa tan especial...

Disfrutadlo y hasta la próxima entrega, mis queridos/as lectores/as.


6.
    Por increíble que pareciera, no fue la compleja y eficiente red administrativa infernal quien primero advirtió la extraña fuga. Fue un alma humana a prueba, un humilde numerario del Lado Luminoso que esperaba llegar a ser un día un ángel custodio, quien se dio cuenta de que ocurría algo extraño en la zona donde trabajaba.
    Se esmeró en redactar un completo informe, que al principio pasó inadvertido para todos, menos para los ojos atentos de Gabriel, que lo detectaron olvidado sobre la mesa de un coordinador de prácticas que quizá no mereciera su puesto privilegiado. Lo leyó atentamente ante el estupor de sus inferiores, quienes no solían ver a superiores rondando por allí, y mucho menos interesándose por informes de humildes numerarios meritorios. Se asombraron aún más cuando solicitó hablar con el numerario que redactó el informe.
    Éste se presentó muerto de miedo. De haber estado vivo, estaría sudando copiosamente, pero Gabriel le trató con amabilidad, como si no fuera un cargo infinitamente superior, haciéndole sentar y tranquilizar.
    Daniel ¿verdad? Aspirante a ángel de la guarda… una aspiración muy elevada... y un difícil cargo. La gente ya no escucha a sus ángeles...—inició Gabriel con voz tranquilizadora, mirándole con curiosidad. Conocía toda su historia (incluidas sus anteriores vidas, de las que Daniel no guardaba recuerdos) solo con mirarle.

    Sí, señor. Pero no me importan las dificultades. Cuando caminaba sobre el mundo... bueno, «caminaba» es un decir. Yo era parapléjico, como bien sabrá... y no me rindo fácilmente, señor—asintió él, sintiendo enseguida que hablaba de más. Por supuesto que Gabriel conocería ya su pasado.
    Gabriel no le miraba como quien mira a un pesado ni a un lenguaraz. Penetraba en él con su profunda y cálida mirada, pero esta invasión a lo más profundo de su ser, no le causaba ningún temor.
    Por supuesto, pero por favor, háblame de tu informe, Daniel. ¿Qué crees que ha ocurrido con Teresa Esteban...?—preguntó Gabriel, interesado.

    Verá, señor. Resumiendo mucho para no hacerle perder su valioso tiempo: la pobre alma de Teresa Esteban estaba atormentada por multitud de razones: su pasado penoso, su hija drogadicta, su cercana muerte... y... de repente, la encuentro cantando a todas horas himnos de alegría, prende velas en la iglesia agradeciendo todos los favores recibidos, ríe y llora a la vez cuando reza. Todos los días LE agradece el milagro. «El milagro», señor ¿se da cuenta? Todo ha cambiado en su vida. Es... completamente feliz... y en teoría, analizando el protocolo de su destino, no debería ser así. No debería existir ningún «milagro». Es terriblemente cruel y lo siento muchísimo por ella, pero Teresa debía haber muerto atormentada por abandonar este mundo dejando en tal estado a su hija...—explicó Daniel, intentando hablar con claridad, sin tropiezos—Lo cierto es que incluso su salud ha mejorado... verá, señor, es todo muy extraño, lo que expresé en mi informe es que de ningún modo cumple el protocolo de destino marcado para ella...
    Gabriel asintió, pero quería escuchar más. Estaba muy intrigado.
    Sí que es extraño, pero todo eso se reflejaba ya en tu informe. ¿Hay algo más que sepas o... intuyas sobre este caso y que no hayas querido reflejar por escrito, por miedo o inseguridad? Puedes hablar en confianza. En caso de que te equivocaras, no contaría como fallo... Sin embargo, Daniel, si aciertas en tus pronósticos... te supondría un aumento de nivel significativo. Para ser ángel de la guarda necesitas de toda la ayuda posible—le animó Gabriel, intuyendo que se había quedado algo en el tintero, por la excesiva timidez o humildad del numerario, algo que no era negativo en absoluto.

    ¿Ah, no? Estupendo, señor, porque tengo una teoría, pero humildemente no me atrevía a exponerla... es algo… atrevida...—farfulló Daniel, pero al ver que Gabriel parecía impaciente por conocerla, se obligó a calmarse y continuóCreo que su hija... no es realmente su hija. Hubo un... intento de suicidio de la joven Lea Pineda... que por cierto tampoco estaba previsto… Lea debía morir un poco más adelante, a causa de la droga, y por añadidura he comprobado que el día de su suicidio no programado… un ángel de la Muerte regresó sin su alma. Consta en el informe de sus servicios de aquella noche que un ángel oscuro le dijo que había habido un cambio de planes. Lea Pineda no regresó de aquel callejón oscuro. Pero... pero si fuera alguien maligno quien ocupó su lugar... lo cual sería lo más lógico según los indicios... por ejecución de posesión infernal, ya sabe, el objeto de la posesión es... simplemente atormentar... tanto a la poseída como a su entorno, en este caso la madre, nuestra infeliz Teresa Esteban... y poner a prueba la fe… Sin embargo, esa... llamémosla «falsa Lea» para entendernos, está actuando impecablemente, haciendo inmensamente feliz a Teresa, tan feliz que incluso mejora su salud... y ésta cada día LE agradece que su hija haya cambiado así...—explicó Daniel moviendo las manos con nerviosismo, por si acaso Gabriel pensaba que su teoría era una tontería Por supuesto, queda absolutamente descartado que la posesión se haya llevado a cabo por algún miembro del Lado Luminoso. Simplemente es impensable, pero la «falsa Lea» actúa exactamente como si lo fuera...
    Gabriel asintió. En verdad la teoría de Daniel parecía descabellada. Nunca antes había ocurrido algo así, pero eso no quería decir que fuera imposible. Palmeó el hombro de Daniel, con familiaridad.
    Estudiaré tu teoría, Daniel. Ciertamente es un caso muy extraño, que requiere una completa investigación. ¿Quieres sumar méritos adicionales?—le ofreció Gabriel, meditando un instante sus palabras.

    Sí, señor, por supuesto. Me encantaría colaborar en esa investigación—saltó Daniel, y al punto se calló, pensando que se había precipitado.

    ¡Bien! ¡Buena intuición, Daniel! Sí, en efecto, eso había pensado. Desciende al mundo y comienza un seguimiento, con imágenes incluidas. Mi ayudante Barel te revelará el protocolo para este servicio especial. Necesito un estudio de varios días, semanas o incluso meses, en contabilidad humana, para hacerme una idea de lo que está sucediendo realmente. En todo caso, Daniel, ya has sumado buenos méritos por tu observación y aplicación de tu preclara intuición. La mayoría de los aspirantes se limitan a hacer bien su trabajo, sin arriesgarse a elaborar teorías...—elogió Gabriel, calmando un poco a Daniel, vivamente impresionado por su interlocutor.

    ¡Sí, señor! ¡Gracias, señor! Lo haré lo mejor posible—asintió Daniel, encantando y a la vez presionado por trabajar codo a codo con el gran Gabriel, gran arcángel y mensajero SUYO en persona. 
     
    Ella sintió que su fuga había sido descubierta al fin, pero no hubo fuego infernal que chamuscara sus alas, rayos y truenos agitándose a su alrededor, demonios guardianes que vinieran a detenerla y encadenarla... ni siquiera una simple bronca. Sólo percibió una presencia extraña revoloteando a su alrededor. La notaba en el instituto, en su barrio, e incluso a veces dentro de su casa. No podía verle pese a sus poderes y empezó a inquietarse, pues aquel espía podía ser del Lado Luminoso o del Lado Oscuro, lo cual variaba mucho. A falta de información sobre este punto, continuó portándose ejemplarmente, tanto que en el instituto comenzaron a pegarle por los pasillos y en los servicios, como solía suceder en estos casos. 
     
    Un día, la cosa llegó a mayores y una multitud se reunió contra ella, la rodeó y la golpeó sin piedad, mientras ella se cubría como podía, protegiendo el cuerpo de Lea, y luchaba consigo misma para no reducir a todos aquellos idiotas a cenizas. Requerida por el Director, ya que había testigos que afirmaban que ella había empezado, ella se sentó ante él, dolorida, frotándose las partes lastimadas que ya presentaban rojeces y moretones.

    A los chicos les repatea que no responda a sus provocaciones. He decidido portarme bien y no responder a su violencia, por eso se han envalentonado, y están haciéndome pagar lo que Lea hizo en el pasado. En fin, que es como una penitencia... lo cual no por lógico es menos doloroso, créameexplicó ella con aire resignado, secándose la sangre de aquella nariz maltrecha con un pañuelo de papel.
    El Director no sabía como responder. Tenía cierto sentido lo que decía, pero él solo tenía ganas de perderla de vista.
    No creo que eso sea cierto. Conociéndote, algo les habrás hecho para que se ensañen de esa forma. De todos modos, tanto si tienes razón como si no, a modo de medida preventiva... y a falta de que el Consejo Escolar decida qué hacer contigo, quedas expulsada durante tres días. Y reflexiona sobre tu situación, si quieres continuar tus estudios. Esto no puede seguir así... eres como un volcán latente, que puede estallar en cualquier momento. No puedo permitirme una alumna como tú... con la buena fama que este centro se ha ganado a pulso durante décadas...respondió el Director, esperando una reacción, cualquiera que fuera.
    (perderá la buena fama si saben que aquí permiten y aplauden el bulling la compasión no es lo tuyo ¿verdad? Arderás en el infierno pese a la buena fama de tu puto instituto)
    Sí, señor—asintió ella, sin alterarse¿Algo más?

    Nada más, puedes irtese extrañó él de su absoluta tranquilidad.
    Ella salió del despacho, dolorida y cojeando, pero sin decir palabra. Se sentía un poco decepcionada, aunque ya sabía que la justicia humana no existía. Fue a su clase y chocó con las risitas de sus compañeros. Algunos de ellos habían participado en la tangana de palos. El profesor de Historia, quien pensaba que Lea se burlaba de él porque discutía con ardor sobre los acontecimientos históricos que ella había vivido en persona, se alegró de verla recoger sus cosas con aquel aire derrotado.
    Veo que te han expulsado. ¿Cuánto tiempo?—le preguntó, provocando comentarios siseantes entre alumnos y alumnas.

    Tres días. Pero me voy para siempre. Volveré a empezar en otro sitio, señor. Aquí no se olvida lo que hizo la Lea Pineda del pasado y los chicos han hecho bien su trabajo, colaborando activamente con ustedes para expulsarme. La ganada buena fama de este instituto no debe sufrir por la presencia de una ex drogadicta—respondió ella con voz tenue, sin levantar la voz ni un poco, mostrándose tan patéticamente resignada porque se sabía vigilada por alguien y no debía mostrar ira.
    Recogió todo y se marchó sin decir más. Los comentarios fueron seguidos por un silencio atronador, incluso del profesor. Alicia fue la primera en hablar. Le dolía mucho aquella derrota. Ella no quería ningún mal para Lea, porque la había visto tan cambiada que creía que merecía otra oportunidad. No todos podían salir del abismo como ella parecía haberlo conseguido.
    ¡No es justo! NO se le ha dado ni una oportunidad. Había cambiado... ¡y de qué forma! Lo que se ha hecho es enviarla otra vez de vuelta al infierno...—defendió Alicia en voz alta para que toda la clase le escuchara. Los chicos duros le abuchearon, aunque en el fondo todos pensaban igual. 
     
    Nadie ha cambiado, Alicia. Los drogadictos no quieren ni pueden salir de ese mundillo. Sólo llevaba una máscara para engañarnos a todos. Que se vaya, todos respiraremos más tranquilos—respondió friamente el profesor, sin piedad.
    Los chicos se callaron de golpe. Algunos pensaron que si cometían el error de caer en las redes de la droga (al menos tanto como Lea, porque ellos también jugueteaban en mayor o menor medida con ese mundillo) no se les daría la menor oportunidad para salir y volver a la normalidad. Ese era el mensaje que los mayores pretendían transmitir, y ellos habían contribuido como idiotas a que los profesores impartieran una lección magistral, utilizando como ejemplo y chivo expiatorio a Lea Pineda. Por primera vez se sintieron utilizados.
    ¡No es justo! Yo soy la primera que me he equivocado con ella. Hablaré con el Director—exclamó Alicia, levantándose. No esperaba que nadie se levantara en rebelión, como sucedió en realidad, pero eso le daba igual.
    Salió de la clase ante el asombro de todos, ya que la había criticado y abandonado a su suerte tanto como los demás, pero al menos tenía a su favor que no había participado activamente en el último linchamiento. 
     
    Daniel tomó nota de todo lo que había visto y oído. Era asombroso. Una mártir auténtica, que sufría en silencio las humillaciones y los golpes, y que abandonaba el instituto, rendida a la evidencia que acabarían matándola en mitad del patio y aquellos chicos se condenarían sin remisión por ello. Así lo consignó en su informe, realmente impresionado por su actitud. Sobre todo si la criatura que habitaba dentro de Lea... era lo que él pensaba.

    Aunque no quería preocupar a Teresa, su aspecto lamentable y hundido hablaban por ella. Después de curar sus heridas y aplicar pomada en sus moretones, Teresa se apresuró a visitar al Director, indicando que – aunque conocedora del mal comportamiento de su hija en el pasado – ésta había cambiado y se merecía una oportunidad. Advirtió que no descartaba dar parte a Servicios Sociales, al Servicio Territorial de Educación o incluso a los medios de difusión, para que todo el mundo supiese que en aquel centro no se le daba una oportunidad a una persona que, con gran esfuerzo, estaba dejando las drogas por sí sola, meritoriamente, sin precisar de la ayuda de tratamientos, e intentaba desesperadamente volver a la normalidad. Todo esto lo dijo de carrerilla, intentando no elevar la voz, aunque estuviera realmente indignada. Teresa hubiera sido una gran oradora de haber recibido mayor formación, porque su apasionada defensa de la que ella creía su hija, dio de lleno en el blanco.

    El Director ya había recibido con muchas reservas el testimonio de Alicia, que juraba que Lea no había provocado a nadie, pero que los chicos la torturaban porque no la querían allí y ella no se defendía, por lo cual se había convertido en una víctima ideal, incluso para los que no tenían nada contra ella. No reveló los nombres de los que habían participado, pero dijo que la mayoría de ellos – casualmente – tomaban habitualmente drogas, por lo cual eran los que menos podían juzgarla.

    El Director, mordiéndose los labios, tuvo que renunciar a su ansiada paz interior, y quizá incluso a la buena fama de su instituto, y se rindió a la evidencia. Decidió que Lea podía regresar al día siguiente a clase. 

    (continuará)
     

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 5)


Continuamos con las andanzas de Liduvel, una diablesa muy especial, fugada de las filas infernales y con vivos deseos de demostrar que puede volver a ser un ángel de luz.

Dispuesta a conocer mejor a  Lea y el mundo que la rodeaba, empieza por contactar con su ex-novio y su ex mejor amiga, quienes actualmente son pareja, y comienza a sufrir en el instituto las consecuencias de la mala fama que ganó en sus últimos días en el centro. 

Disfrutad de este quinto capítulo y esperad a ver el sexto, pues aparecerá varios personajes fundamentales para la historia. 

¡Hasta entonces, lectores y lectoras!

5.
    La chica rubia que no quería verla a su lado, siempre la observaba de lejos. Ella ya sabía de qué la conocía Lea. También supo quién era el chico que venía a buscarla a veces. Él ya había terminado bachiller y estaba en la Universidad. Él (se llamaba Alex) había sido novio de Lea, antes de que ella se perdiera en el abismo y él la dejara caer, abandonándola a su suerte (qué curioso, una vieja historia muy conocida). La chica que no quería que se le acercara se llamaba Alicia. Desde los primeros cursos del colegio había sido la mejor amiga de Lea (pero olvidó pronto su antigua amistad para abandonar a Lea y liarse con su novio, por lo visto). Curiosamente, sentía lo mismo por ella que hubiera sentido Lea si aún caminase sobre el mundo: un profundo rencor por su traición. Pero sobre todo odiaba a Alex, porque las almas gemelas no deben abandonar a su parte complementaria nunca, ni en lo bueno ni en lo malo.
    Entonces cayó en la cuenta del motivo que había provocado su súbito acceso de ira, y pensó que no debía juzgar a dos chicos asustados que nada tenían que ver con su propia historia, con el rencor que sentía hacia el maldito Axel, que la abandonó hacía eones. Por eso desistió de su acuciante deseo de torturarles con sus poderes. Por eso y porque hubiera significado puntos en contra.

    Ambos la miraban de lejos, temiendo que se acercara. Susurraban entre ellos, mientras se alejaban cuanto antes del Instituto en su coche de segunda mano. Un día ella decidió que ya estaba cansada de jugar al gato y al ratón, y deseó, de forma traviesa, jugar a ser Lea por un momento.
    ¡Hola, chicos...!—les saludó, sobresaltándoles, pues había llegado silenciosa, como una fiera al acecho.

    Hola, Lea...—respondió Alex, irguiéndose con todo su valor, pero mirándola a los ojos con cierta culpabilidad. Un gesto casi imperceptible le movió a situarse entre las dos chicas, como protegiendo a su actual novia. Ella sonrió por su gesto caballeroso.
    (protege a tu chica de la loca furiosa que puede sacarle los ojos con una cuchara por ser una zorra traidora no no no digas eso ni lo pienses porque puede puntuar negativamente )
    Hola, Lea—la saludó Alicia, soltando de la cintura a Alex. Otro gesto disimulado que no pasó por alto para su vista experta.
    (como si no os hubiera visto ya comiéndoos la boca será tontita esta chica)
    No os preocupéis por mí, seguid con vuestro encantador romance. No me importa, en serio. Ya no soy la misma persona. He cambiado bastante... por si no lo habíais notado—dijo ella arrastrando las palabras con una gran sonrisa, para romper el hielo. Para demostrarlo, abrió los brazos y dio una vuelta alrededor de sí misma. Llevaba ropa de vivos colores, su peinado había cambiado (en un estado pésimo pero normal para haber estado enganchada a diversas drogas y haber caído en coma por una sobredosis) y no iba maquillada con aquellos horribles tonos negros en ojos, labios y uñas. Se parecía a la antigua Lea (la buena chica de la que se enamoró Alex) pero con un cierto toque de maldad en sus ojos y un tono zalamero que sonaba extraño en la voz de Lea.
    Su despliegue de encanto no funcionó con ellos. Estaban a la defensiva y podía oler su miedo. Temían su justo deseo de venganza.
    Me importa un carajo lo que pienses de nosotros, Lea. Tú fuiste la que nos dejó. Te molaba la marcha de esos cabrones y te convertiste en uno de ellos. No me vengas ahora con «morritos» y «penitas» de niña abandonada—masculló Alex, haciéndose el valiente, pero con aquella culpabilidad bailando en sus ojos. Ella valoró mucho aquella muestra de valor.

    Claro que te importa, y mucho, pero si quieres mentir, allá tú. Los dos pertenecéis al pasado de una Lea que ha muerto de sobredosis. Pero aún queda algo de ella aquí dentro—señaló su corazón, para hacerse entender He ido recuperando recuerdos, y sé que vosotros la acompañábais en el mismo rollo que la llevó a caer. Algún coqueteo con los porros, alguna pastilla en la discoteca, alguna «ayudita» para pasar la noche estudiando sin cansarse... pero cuando todos decidisteis ir un poco más allá y probar algo duro de verdad, vosotros dos os echasteis atrás, y no la avisasteis, ni siquiera intentasteis sacarla a tiempo. Os quedasteis en el lado bueno ¿verdad? Visteis como ella caía sola, asistiendo al espectáculo cómodamente sentados en el patio de butacas...—musitó ella con un hondo rencor que no pertenecía a Lea, sino a ella misma, clavándoles aquella mirada helada que les petrificó. Tenían miedo, pero Alex no permitió que le intimidara ante Alicia.

    ¿Por qué hablas como si no fueras Lea? ¿Qué coño te pasa? ¿Te has quedado idiota?—aún tuvo valor para replicarle él.
    (los chicos siempre tan valientes a pesar de que se muere de miedo tiene que quedar bien delante de su enamorada)
    ¡Yo no soy Lea! ¡A ver si te enteras! ¡Lea está muerta o casi muerta! Sé que te dará igual, porque tú no la querías lo suficiente. Por eso la abandonaste. Pero eso me importa una mierda, Alex. Viví esto hace mucho tiempo y atravesé un infierno tras otro por culpa de un traidor igual que vosotros. En realidad, vuestra pequeña traición es una tontería de críos... comparada con lo que he vivido yo durante eones—les confesó ella con ira mezclada con una profunda tristeza que tampoco pertenecía a Lea, sino a ella.

    Dicho esto dio media vuelta y se marchó antes de fulminarlos con una mirada, como podía haber hecho, porque no era justo que dos inocentes pagaran por el pecado que otro cometió.
    (nunca me gustó que pagarán justos por pecadores qué clase de justicia es esa seguro que eso no lo inventó ÉL sino algún capullo que decía hablar en su nombre eso no era digno de ÉL)

    Entonces se apartó de ellos y decidió que no volvería a hablarles, en nombre de Lea, hasta que movieran pieza en el tablero y le pidieran perdón. Si ellos cumplían con su parte y hacían propósito de enmienda, también le daría puntos para su proyecto. Ambos se miraron, sin saber que decir mientras ella se alejaba. 
     
    Nunca había dejado de pensar en Axel en todo aquel tiempo. Después de maldecirle mil veces y descargar contra su recuerdo todo su odio y frustración, había llegado a la conclusión de que él no la amaba, pues de lo contrario la habría avisado con tiempo para que no secundara la Gran Rebelión, o habría caído junto a ella para no abandonarla.

    (si me hubiese amado como yo a él no me hubiera abandonado como Alex no hubiera abandonado a Lea es así de fácil si tu caes yo caigo contigo es la ley de las almas gemelas)

    Este pensamiento la sumió en una tristeza antigua que nunca llegó a desaparecer, ni siquiera se había difuminado después de tanto tiempo. Se marchó a casa arrastrando los pies, pensando que ya nunca hallaría su alma gemela.


    El profesorado continuaba observándola, y cada uno pasaba informes semanales sobre ella al Director. Se reunían en la Sala de Profesores y comentaban con extrañeza todas las novedades. Lea Pineda se había puesto al día con inusitada rapidez, como demostraban los controles; hacía los deberes; se portaba bien en clase; había recuperado varias asignaturas pendientes y obtenía notas brillantes (excepto cuando le daba la vena creativa en los exámenes de historia y desmentía lo que ponía en el libro). No se relacionaba con ningún alumno, aunque la habían visto hablar en una ocasión con Alicia Catalán y con su novio, un antiguo novio suyo y ex-alumno del instituto. No hubo brotes de ira ni violencia. Parecía otra persona.
    Continuad observándola. Algo hará para que la expulsemos de una vez por todas. Esa chica me pone los pelos de punta...—señaló el director.
    Los demás ahogaron una risita con toses o apartando la cara, pues el director no disponía de mucho pelo para ponerse de punta.


    Ella conocía la conspiración y sentía que la acechaban. No pensaba dar ni un motivo para la expulsión. No cedió a las numerosas provocaciones que comenzó a sufrir por parte de los alumnos, cuando empezaron a atreverse con ella. Sabía que en cualquier momento podría soplar sobre ellos y convertirlos en cenizas, por eso se reía en su cara cuando la insultaban. Sentirse aún poderosa, pese a su funda humana, era una garantía de seguridad. En cualquier momento podía ejercer sus poderes para defenderse, pero no le convenía llamar la atención. Aún no había recibido noticias del infierno. En mucho tiempo (en contabilidad humana) nadie se había dado cuenta de su desaparición y seguía acumulando méritos, tanto en casa como en el instituto. Por eso soportaba humillaciones y malos tratos. Ser mártir otorgaba muchos puntos. 

    (continuará)
     

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 4)








¿Queréis saber cómo le va por el mundo a nuestra fugitiva Liduvel? Vamos a ver otro capítulo de sus andanzas sobre la Tierra. En esta ocasión, ya bastante recuperada, debe enfrentarse a la pasada vida de Lea y regresa al Instituto, tomando contacto con profesores y alumnos que guardan un pésimo recuerdo de los últimos días de Lea en el centro. En próximos capítulos veréis que las cosas no serán tan fáciles para Liduvel y sabrá que, a veces, el Instituto es un nuevo Infierno.


Por cierto, a los despistados que no hayan leído las aclaraciones expuestas en la primera entrega, les recuerdo que esta obra está registrada en el Registro de la Propiedad Intelectual con el número de asiento  09/2005/353, asi que disfrutadla, pero no la pirateéis ¿de acuerdo?

¡Hasta la próxima, lectores y lectoras!

    4.
    A los pocos días, Teresa pensó que Lea estaba muy recuperada y debía volver al instituto. No se atrevía a abordar el tema, pero al fin se decidió. Debía terminar sus estudios secundarios, incluso podía pensar en acceder a la Universidad. Antes de caer en la droga había sido buena estudiante, no especialmente brillante, pero no había perdido curso. Incluso el final del curso anterior y el principio del actual los había llevado con relativa dignidad, a pesar de suspensos y bajas notas. Era inteligente y despierta, y por eso albergaba esperanzas de tener una hija universitaria. No sabía cuánto tiempo le quedaba de vida, pero se conformaría con verla encaminada en sus estudios, con una expectativa de futuro mejor que la suya.
    Apenas inició la conversación, titubeante, ella sabía lo que quería decirle Teresa. Intentó superar la pereza que la invadía, debido sobre todo a la debilidad física de Lea.
    Sí, de acuerdo... Iré al instituto. No me hace falta, pero si eso te hace feliz, iré...—prometió ella, cuando la dejo hablar lo suficiente para que no supiera que era capaz de leerle los pensamientos. No quería asustar a Teresa.
    ¿De verdad? ¡Estupendo! Buscaré tus libros... los recogí del patio de luces cuando tú... ya sabes, cuando los tiraste...y los arreglé. Y también tengo tu... ropa antigua... La guardé por si algún día...—indicó ella, señalando tímidamente hacia su habitación. No quería acusarla de nada, ni recordarle aquellos días terribles, pero quizá Lea no lo recordara, pues estaba cegada por la droga.
    ¡Ah! ¿Tienes ropa que no sean todos estos trapos negros? ¿Es de colores alegres? ¡Enséñamela...!—se alegró ella, levantándose de la cama con cierto esfuerzo. Le dolía todo aquel maldito cuerpo, pero se esforzó.
    Teresa se rió a carcajadas. Su hija deseaba ver su ropa de colores. Debería arreglársela. Lea se había recuperado considerablemente en aquellos días de reposo, buena comida y abstinencia, pero aún así pesaría unos diez kilos menos que cuando la usaba. Sacó de su armario los libros y la ropa, guardados hacía tiempo con esperanzas de que algún día volverían a ver la luz. Ella se probó una cosa tras otra con entusiasmo real. Le gustaban los colores vivos, y también los suaves, pero estaba harta del negro.
    Mientras la madre parloteaba y ponía agujas para arreglar aquellas prendas, ella sintió que algo flotaba en el ambiente. Lo analizó y supo que aquello podía ser amor. Aquella mujer valiente quería lo mejor para su hija, y ella recibiría aquel amor incondicional en lugar de la zorra desconsiderada de Lea. Se sintió especial y amada, aunque todo fuera fruto de un engaño.
    Eres una buena madre. Te mereces lo mejor...—le dijo ella arrastrada por un impulso. Instintivamente la abrazó, haciendo llorar a Teresa, que no estaba acostumbrada a aquellas muestras de cariño. Ella disfrutó de aquel calor que no quemaba, el que sentía cuando hacía algo bien. Lo tomó como una señal de que marcaba un punto de mérito.
    Teresa sonrió entre lágrimas, mientras la huésped de Lea se sentaba a ojear sus libros, con una sonrisa torcida. Entre dientes musitaba: «esto ya lo sé» «esto es mentira» «qué fuerte» «¿en serio?» «¿aún se creen esto?» Teresa no le dio ninguna importancia a sus comentarios. Era demasiado feliz para pensar que su hija pudiera estar desequilibrada.
    La vuelta al instituto se le antojó un poco complicada. Aunque buscó en los archivos de memoria de Lea, no halló gran cosa, quizá porque no asistía mucho a clase. Miró a su alrededor y nadie la saludaba, por lo cual intuyó que no querían relacionarse con ella. Con su fino oído captó algún comentario, que le aclaró un poco las ideas.
    (cómo se atreve a volver después de todo lo que hizo está fatal nada más hay que mirarla volverá a caer todos caen ojalá se hubiera muerto)
    Sonrió de forma retorcida. Los chicos y chicas no mostraban ni un gramo de piedad o compasión por Lea. Debía haber sido terrible su estancia en el instituto y todos la odiaban. De forma que, para averiguar dónde debía ir en aquel momento, se decidió a hablar con el Jefe de Estudios. Ese camino si que lo conocía Lea, ya que lo debía haber recorrido castigada más de una vez. Llamó educadamente y se asomó. El Jefe de Estudios cambió radicalmente su expresión al verla.
    ¡Señorita Pineda! ¿Usted por aquí? ¿Por qué se ha molestado en volver?—intentó bromear, mientras se acomodaba en su sillón, aguardando cualquier tipo de reacción sentado en su trono.
    Buenos días, señor. Sí, ya estoy mejor, gracias. Pero resulta que... no sé a qué clase debo entrar. Ya sabe, «problemillas» de memoria derivados de las adicciones. Supongo que no tiene buen recuerdo de la antigua Lea Pineda, pero eso va a cambiar. Yo estoy ahora en su lugar, yo llevo las riendas y me portaré bien... se lo prometo—le saludó ella, sonriente, sentándose con soltura ante él.
    Para no incurrir en la mentira, ella no se hacía pasar por Lea, ni llamaba mamá a Teresa. Ésta ya estaba acostumbrada a que hablara en tercera persona, pero al Jefe de Estudios le chocó bastante. La miró con los ojos entornados. ¿Estaba burlándose de él? Seguramente. Nadie cambia de aquella forma de la noche a la mañana. Ni siquiera la Lea-Pineda-buena-chica había cambiado de forma tan repentina al caer en la droga. Fue un cambio progresivo que se veía venir, a lo largo de un duro año de decadencia.
    ¿Se portará bien? Bueno, dejando aparte el triste episodio del destrozo de la cafetería y del salón de actos, y dado que el seguro cubrió todo... olvidando que agredió usted a varios profesores y alumnos, pero a nadie de una forma grave… una vez cumplido el tiempo reglamentario de expulsión, que se ha prolongado un poco más de la cuenta – lo cual no nos ha molestado en absoluto- y aunque no se la encerró en el reformatorio como merecía, en gran medida por respeto a su pobre madre, que no tiene culpa de nada... actualmente no me hace un buen efecto que hable de Lea Pineda como si hubiera muerto y usted ocupara su lugar. ¿Tiene algún problema? ¿La ve algún psicólogo? Entiéndame, señorita. Puedo parecer cruel, pero no quiero por nada del mundo perjudicar al resto del alumnado de este centro...—le dijo él sin pelos en la lengua, cruzándose de brazos e intentando distinguir en ella burla o lo que era peor, locura.
    Ella captó el ambiente cortante. Por ello debería mentir o ser más sutil con aquel hombre implacable. Un paso atrás quizá, pero no había más remedio.
    ¡Ya! Verá señor... le explico. Desde que sufrí una sobredosis... metafóricamente acostumbro a hablar así: una chica mala ha muerto y en su lugar ha nacido una buena chica. Ya sabe... lo he tomado como una especie de renacimiento, es parte de la terapia, ¿sabe?—le explicó ella, esbozando una gran sonrisa, acompañada de gestos grandilocuentes que no tranquilizaron en absoluto al Jefe de Estudios.
    (te contaría muchas cosas sobre terapias raras pero así me tomarías por una auténtica loca de forma que te conformas con esta mentirijilla que espero que no cuente como falta grave para mi curriculum)
    Veremos. La estaré observando, señorita Pineda—miró un instante en su ordenador Ahora sus compañeros están en clase de matemáticas. Segundo piso. Pasillo izquierdo. Quinta clase a la derecha, por si no lo recuerda—la informó él mecánicamente, sin dejar de observarla.
    Muchas gracias. Que pase un buen día...—se despidió ella, dejándole en suspenso.
    Pero él no tenía nada claro. Apenas cerró la puerta, telefoneó al Director del centro y corrió a ver a los profesores que estaban en la sala, sin dar clase a esa hora, para avisarles del regreso del monstruo.
     
    (Destrozos en cafetería y en salón de actos agresión a profesores y alumnos bien bien diablillo te portaste como una auténtica poseída antes de que yo llegara ya te lo dije hubieras sido una genial numeraria aún puedes serlo si fracaso y te dejo aquí tirada morirás y te irás derechita al infierno por mucho menos de eso se ha condenado a gente deberías pensártelo dos veces la estancia allí no es precisamente un hotel de cinco estrellas ja ja ja ja ja)
    Mientras buscaba su clase, buscó en los archivos de memoria de la inerte Lea aquellos recuerdos, y al hallarlos supo que el mismo infierno se abrió bajo el instituto aquel día, poco antes de Navidad (qué apropiada la fecha de paz y amor). Le faltaba su dosis y esperaba a un colega en una plaza cercana. Su colega no llegó. No hubiera pisado el instituto, por el que no solía ir últimamente, pero le dijeron que el tipo estaba por allí, pasando mercancía. No la dejaron entrar porque intentó acceder cuando las clases ya habían empezado. Golpeó la puerta a empujones y patadas hasta que los celadores la amenazaron con llamar a la policía. Después, cuando pudo entrar en un descuido, buscó por todo el instituto sin encontrar a su colega. No sé dio cuenta del feroz aspecto que tenía, como un lobo en busca de su presa. Todo desdichado que se cruzó en su camino era empujado o tirado al suelo. Un profesor intentó llamarle la atención en la cafetería y ella le arrojó una silla, rozándole y rompiendo sus gafas. Allí mismo derribó a tres alumnos de los más jóvenes, lo cual provocó la indignación de otros compañeros mayores. Se produjo una terrible confusión, donde hubo intercambio de golpes, pero ella poseía la fuerza sobrehumana que le concedía su adicción, y escapó aún bastante íntegra de la cafetería para llegar al salón de actos, donde al fin halló sentado a su colega, que ya no tenía nada porque lo había vendido todo. El tipo se rió con aquel gesto idiota que fastidiaría a cualquiera cuando está irritado, y desata el mismo infierno cuando uno sufre el «mono». Antes de que llegara la policía y ella saliera huyendo por el patio y saltara la valla, Lea actuó como una fiera enloquecida, destrozando mobiliario y golpeando a quien se puso a tiro. El colega de Lea terminó con la nariz y tres costillas rotas. Los demás chicos y profesores terminaron contusionados en distintos grados. La sangre aún manchaba las enormes cortinas verdes del salón de actos, pues eran muy caras de limpiar y no había presupuesto suficiente. Si en aquella ocasión Lea no terminó con sus huesos en el Reformatorio fue porque una enferma Teresa, hecha un mar de lágrimas, humildemente rogó a todos y cada uno de los afectados que retiraran la denuncia, ofreciéndose a trabajar gratis en el Instituto hasta pagar todos los destrozos. El colega de Lea era el más afectado y el menos interesado en denunciar, porque ni siquiera estudiaba en aquel instituto, no pudiendo explicar su presencia allí. Otros lo pensaron dos veces, pero la apesadumbrada mujer les llegó al alma, y las denuncias fueron retiradas, decidiendo el Consejo Escolar castigar a Lea con una simple expulsión temporal, que alargaron cuanto la ley les permitía.
    (guauuuu Lea estabas hecha un auténtico diablillo)
    Abrió la puerta de su clase y se encontró con un resoplido general, incluido el de la profesora. Una rápida mirada le dio una ligera idea de lo mal recibida que podía llegar a ser Lea Pineda o cualquiera que hubiera hecho lo que ella había hecho. Por deformación profesional, ella sonrió al percibir el odio, la repulsión, el desprecio... todos aquellos sentimientos que le encantaba hallar en los humanos para sentirse como en casa. Después pensó que no debía consentir aquel sentimiento malicioso que no tenía cabida en su nueva y virtuosa vida.
    ¿Lea? ¿Qué haces aquí? La clase ya ha empezado. Sal hasta la próxima clase—espetó la profesora con voz chillona, evidentemente nerviosa. Se sujetó las gafas, que habían estado a punto de caerle por la impresión.
    Lo siento, es que no me acordaba dónde tenía que ir y primero le he preguntado al Jefe de Estudios. Ya sabe. He estado bastante mal...—replicó ella sin complejos, entrando tranquilamente y buscando un sitio libre.
    Sintió que Lea conocía bien a una chica sentada en la segunda fila de mesas, junto a un sitio libre, pero vio que apartaba la mirada y supo que estaba rezando para que pasara de largo y no se sentara a su lado.
    (vaya vaya una antigua buena amiga de Lea veo que no la quiere ya no quiere saber de ella)
    Se sentó en primera fila, en esos lugares que nadie quiere ocupar para no estar a vistas del profesor. La profesora la siguió con la mirada. No podía continuar la clase con normalidad teniéndola allí delante. La ponía muy nerviosa desde que la vio destrozar la cafetería y herir a chicos y profesores. Ella fue una de las que votó en el Consejo Escolar para que la expulsaran para siempre del centro. Otros fueron más compasivos, no por ella, sino por los ruegos de su pobre madre, que bastante tenía para soportar aquella nueva humillación. Ahora temía su venganza, por si aquel monstruo se había enterado de alguna forma de aquellas votaciones, realizadas con algunos de los profesores y alumnos que componían el Consejo Escolar escayolados, magullados y sobre todo atemorizados.
    (pobre profesora está temblando teme a Lea no temas nada de esta cerda yo estoy al mando y adoro a los profesores son pobres infelices que intentan meter un poco de sabiduría en esas cabezas huecas sin conseguirlo no temas nada de mí estás a salvo)
    Continúe, por favor. No se corte por mí—la animó Lea, cuando se hubo sentado y se dio cuenta de que la profesora no se atrevía a continuar.
    Estamos trabajando con ecuaciones...—musitó la profesora, pensando que aquella palabra le sonaría a chino. Señaló la pizarra con un dedo tembloroso, manchado de tiza.
    ¡Espléndido! Me encantan las ecuaciones...—asintió ella, sinceramente. Las usaba muchas veces como pasatiempo, para mantener la concentración. Eran solo un divertido juego para una mente tan poderosa.
    Se escuchó un resoplido general, claramente burlón. Ella ni se molestó en girarse. El desprecio humano era algo que le resultaba muy chocante, cuando era ella la que habitualmente despreciaba a los humanos.
    Me alegra que te gusten. ¿Te importaría salir a la pizarra y resolver esta ecuación? la provocó la profesora, para ver si se negaba y tenía un motivo para echarla de la clase.
    Aquella chica le seguía provocando escalofríos, aunque no se vistiera tan lúgubremente como antes, ni llevara labios, uñas y ojos pintados de negro, ni aunque pareciera extrañamente amistosa y educada.
    Vale—aceptó ella, encantada, levantándose sin problema.
    Se escucharon cuchicheos. Ella no tenía ninguna dificultad en comprender la ecuación. Era muy sencilla. Había resuelto cosas peores en tiempo record.
    ¿Sabe por qué los estudiantes en general odian las matemáticas? Es porque ÉLseñaló hacia arriba para ser entendida les inculca esa aversión. Verá, las matemáticas las inventó Lucifer, ya sabeseñaló hacia abajo para hacerse entender—Fue un gesto más de rebeldía. Las matemáticas son el lenguaje universal, miden el mundo y lo explican. Absolutamente todo se basa en las matemáticas. A ÉL señaló hacia arriba de nuevo no le gusta que la gente comprenda las verdades del Universo, pues le encanta rodearse con un halo de misterio. Por eso adora a los estudiantes que odian las matemáticas—explicó ella mientras deslizaba la tiza por la pizarra.
    La profesora, incrédula, apenas había escuchado sus desvaríos. Miró el desarrollo y el resultado y la miró a ella. Parecía enloquecida, con aquellas tonterías sobre las matemáticas y el demonio, pero lo había resuelto correctamente, sin esforzarse siquiera, como quien hace un crucigrama muy sencillo.
    Espléndido, Lea. Veo que has malgastado tu gran inteligencia en los últimos tiempos. Si te sabes esta lección, te ruego que te sientes en silencio y que permitas que ilustre a tus compañeros...—la instó la profesora, sintiendo un vago mareo. Pensó que era muy arriesgado hablarle así, pero debía intentarlo al menos, para ver hasta donde podía llegar ahora con aquella chica extraña.
    Claro, adelante. Estaré calladita—asintió ella, dócilmente, sentándose.
    La clase continuó con un ambiente muy extraño. Los chicos y chicas pensaron que aquella no era Lea, que alguien muy raro había ocupado su lugar. Ella sabía lo que pensaban y valoró mucho su gran intuición, pero no intentó hablar con ellos ni hacer amigos. Aún era muy pronto para eso. Visto lo que había hecho Lea, le llevaría una eternidad que confiaran en ella, pero eso la haría ganar muchísimos puntos. Merecía la pena intentarlo.

(continuará)