UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 27)





Hola lectores y lectoras.

Hoy llega un capítulo fundamental en la historia de Liduvel. Su decisión de abandonar el cuerpo de Lea para salvar a los niños enfermos del incendio del hospital, ha precipitado la celebración de su juicio. Daniel, perdidamente enamorado de la hermosa diablesa, está dispuesto a asumir las consecuencias por haberla ayudado a lo largo de su andadura sobre el mundo. El juicio comienza, y a Liduvel no le importa demasiado el resultado. Ha vivido eones de dolor, soledad y amargura, y llegar al fin no le parece insoportable. Lo que ahora le ocurre es que siente el dolor de las personas que ha dejado atrás en el mundo, y solicita al tribunal una prórroga para bajar al mundo y ayudar a reparar todo el daño que han cometido las fuerzas infernales a través del estúpido Adrián. 

Un capítulo emocionante, con un toque inesperado. No os lo perdaís.

Besos, lectores y lectoras de España, Portugal, Francia, Irlanda, EEUU, Alemania, Mexico, Venezuela y Ucrania y hasta el próximo capítulo.



27.
    En aquel punto tan emocionante del rescate, Daniel sintió la llamada y se quedó paralizado. Si aún hubiera dispuesto de corazón, se le habría detenido en ese instante. Con desolación pensó que desde el Lado Luminoso habían observado la dantesca escena, y aún así, a pesar de que había fallado a Gabriel, a pesar de que había fracasado en su misión siendo parcial, le pedían que escoltara a Liduvel, pues había llegado la hora del Juicio. Pensó que todo se había precipitado con aquel acontecimiento terrible y deseó que la balanza se hubiera inclinado un poco a favor de Liduvel, por el sacrificio que había realizado.
    Temiendo más por el destino de su protegida que por el suyo propio, se inclinó ante el poder del Lado Luminoso y se resignó a sufrir las consecuencias de sus actos. Ya nunca sería un ángel custodio, pero aún podía ocupar un puesto donde pudiera hacer todo el bien posible. No se arrepentía de haberla apoyado, puesto que pensaba que había sido siempre para bien.
    Miró a Liduvel y alargó su mano, que ella tomó sin dudar. No tuvo que decirle nada para que ella supiera que la hora había llegado. Ella había precipitado el momento, al salir de Lea, pero había cumplido su objetivo, de hecho había conseguido muchos objetivos. Ya nada importaba ahora. La suerte estaba echada. Los buenos actos que había realizado desde la posesión de Lea deberían ser suficientes. Y si no lo eran y caía de nuevo en el Lado Oscuro, para ser desintegrada por Lucifer, tampoco le importaba mucho. Había vivido eones de soledad, dolor e incomprensión. Ya no aguantaba más.
    El chorro de luz blanca y pura les enfocaba a ellos. Ella miró hacia arriba, suspirando con resignación. Pasara lo que pasara allá arriba, el dolor terminaría.
    — Vamos, Liduvel— la invitó Daniel y ella asintió.
    — Estoy dispuesta— afirmó Liduvel, mirándole a los ojos.
    — Y bellísima, si me permites decírtelo. No he visto nunca un ángel tan bello como tú...—elogió Daniel, ya sin ningún tipo de complejo o temor. Había sellado su destino por ayudarla. Era estúpido callarse ahora— Dicen que Lucifer es el ángel más hermoso, pero no es cierto. Le he visto y puedo decir que se equivocan. Tú eres el ángel más hermoso.
    Liduvel le sonrió con ternura. Estaba claro que Daniel la amaba, pues la había ayudado mucho en su andadura, a pesar del riesgo evidente de le restaran méritos en sus aspiraciones. Le encantó aquel derroche de valor para hablarle así, pues cuando vivía sobre la tierra había sido un humano muy tímido. Lo mínimo que se merecía por su ayuda y su devoción, era un beso. Se acercó a él y le dio un beso en la boca. Entonces pasó algo especial.
    (chispas saltan chispas eso no me pasó nunca ni siquiera con Axel)
    — ¿Has notado eso?— se asombró Daniel, maravillado.
    — Eso solo puede significar una cosa...— murmuró Liduvel, tan asombrada como él.
    — ¿Amor?— sugirió Daniel, con su mano aún entre las suyas.
    — Mucho más que eso. He recorrido eones en soledad, para encontrarte al final del camino. ¡Vaya sorpresa! Tú eres mi auténtica alma gemela. Debía recorrer todo este camino tal como he hecho, para encontrarte.
    Daniel sonrió, resplandeciendo como nunca lo había hecho, pero apenas pensó dos veces en ello, su sonrisa de borró: ahora que había encontrado su alma gemela, quizá la perdería sin remedio. Ella apretó su mano, para conferirle esperanzas, aunque ella tenía pocas.
    — No nos perderemos uno al otro, Daniel, ten confianza. Todo saldrá bien...— sonrió Liduvel, tocando su mejilla delgada, pálida, casi transparente. Visto con la claridad de sus auténticos ojos, Daniel tenía muy buen aspecto. Podía considerarse incluso guapo, y también muy dulce, por eso brillaba con una bonita luz blanca.
    Mientras se dirigían hacia arriba, flotando lentamente dentro del chorro de luz, en silencio ella invocó por última vez sus poderes para conocer los antecedentes de Daniel. No hubo interferencias, luego no hacía nada malo, pues no hubiera podido hacerlo en aquel transporte luminoso.
    Daniel, desde el principio del género humano, siempre fue un alma ambigua e imperfecta, que sufrió durante numerosas vidas desastres sin fin, que pulieron poco a poco su espíritu atormentado y le fueron perfeccionando. Su última vida, transcurrida en la piel de un joven parapléjico, había sido especialmente dura, pero esta vez él se lo había tomado bien, con buen humor, con esfuerzo y esperanza. Murió tras una intensa prueba deportiva, de un fallo cardíaco. No tuvo tiempo de recibir su primera medalla de oro. En aquel instante solo sintió dolor y piedad por sus desdichados padres, que le vieron morir sin poder hacer nada, pero también se sintió aliviado al liberarles de una carga que sería muy pesada en un futuro. Al flotar libre de sus impedimentos físicos, simplemente LE dio gracias por su liberación, y todo ello le convirtió de forma automática en un candidato a ser ángel de luz. Una historia fascinante, muy distinta a la suya.
    No era un caso único en la historia. Había oído historias parecidas. Lo cruel de estos emparejamientos era precisamente que el alma imperfecta debía pasar por muchas vidas antes de encontrarse con su alma gemela, como en su caso había ocurrido. A veces, la crueldad era aún mayor: ambos se encontraban por un instante, a lo largo de distintas vidas, pero sus historias de amor nunca eran completas ni felices. Pensó que si todo salía bien, un día se lo explicaría a Daniel, pues para comprender quién era, primero debía saber quien fue y qué caminos había tomado para llegar hasta allí. Si todo salía mal, ya nada importaría.
    Gabriel les recibió en persona. No parecía enojado, ni mostraba una expresión grave o preocupante. Parecía complacido de verles.
    —Bienvenida, Liduvel, me alegro de volver a verte bajo tu auténtico aspecto— la saludó Gabriel. Saludó con una inclinación de cabeza a Daniel y les señaló el pasillo, indicándoles que le siguieran.
    — Gracias por todo, Gabriel, sea cual sea el resultado— le dijo Liduvel. Gabriel sonrió con disimulo. No le extrañaba que Liduvel encantara a los humanos con aquella voz tan seductora.
    — Señor, perdone mi curiosidad. ¿Cómo ve el tema?— se atrevió a preguntar Daniel, que había ganado confianza con su mentor.
    — Veremos, muchacho. Veremos— respondió Gabriel, sin darle ninguna pista, favorable o desfavorable.
    — No te preocupes, Daniel. Todo irá bien. No sufras por mí.— le consoló Liduvel, aún cogida de su mano, mientras caminaban tras Gabriel. Le sonrió y le besó de nuevo de forma fugaz, soltando su mano, para no comprometerle antes de entrar en la sala. Él asintió, pero aún así temía lo peor. Temía que sus informes tan parciales fueran los causantes de su desaparición.
    Simón buscó a Lea entre los últimos evacuados, todos ellos en estado grave, a los que trasladarían en ambulancias a otros hospitales. Casi chocó con Teresa, que con el suero en la mano, buscaba también entre los evacuados, pese a que las enfermeras intentaban retenerla para trasladarla a otro centro. Ella se aferró a Simón, con manos crispadas.
    — Padre Simón, ¿ha visto a mi hija? Volvió a entrar en el edificio. Dijo que tenía que entrar por usted y por los niños.— gimió Teresa.
    — Sí, es cierto, consiguió sacarnos de allí y volvió a entrar, Teresa. Le dije que no lo hiciera. Había mucho humo, pero dijo que los niños enfermos de cáncer estaban en la sala de juegos escondidos y que nadie los vería. Se empeñó en que tenía que sacarlos como fuera.—le explicó, sosteniendo a Teresa con los ojos empañados.
    — ¡Los niños enfermos! ¡Los he visto! ¡Están allí! ¡Los han sacado los bomberos...! ¿Y ella donde está?— sollozó Teresa, que había pasado junto a aquellos pequeños que afirmaban entre toses, hipos y sollozos que un ángel los había sacado en volandas. Les atendían junto a uno de los bomberos que los sacó, quien afirmaba también que había visto aquel ángel. Los compañeros pensaban que todos ellos se habían intoxicado con el humo.
    — No lo sé, Teresa. Sigamos buscando. Deben haberla sacado...— la animó Simón, aunque temía lo peor.
    Pensó que Lea había tragado mucho humo. Liduvel era su fuerza para seguir adelante, pero el cuerpo de Lea podía haber fallado en su intento de salvar a más gente. Y por lo visto había conseguido su objetivo. Al menos había logrado poner a los niños en el camino de los bomberos para que los salvaran, después de que medio hospital volara por los aires.
    Juntos buscaron durante un buen rato, y al fin la hallaron, tendida en el suelo sobre una simple manta, con una mascarilla de oxígeno. Había muchos heridos a su alrededor, y ella estaba sola en medio de la devastación. Se arrodillaron junto a ella, la llamaron, palmearon su rostro frío y no reaccionó. Le tomaron el pulso en el cuello y en la muñeca. Aún vivía, pero apenas tenía pulso.
    — ¡Por favor! ¡Que alguien atienda a mi hija!—pidió Teresa, levantando su mano libre, constreñida por el dolor de verla allí muriendo sin ayuda.
    — ¡Señora, hacemos lo que podemos! Ya nos envían refuerzos.—le dijo la única enfermera que pudo escucharla, girándose hacia ella con todo el uniforme tiznado y expresión desolada.
    — ¡Dios mío! ¡Ahora que todo iba tan bien! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es por mi culpa! ¡Le he pedido demasiado! ¡Y ahora me lo quita todo! Si muere ¿qué voy a hacer yo?— gimió Teresa, arrodillada y derramando lágrimas amargas sobre su hija.
    Simón también lloraba. Pensó que si Lea estaba inerte, significaba que Liduvel ya no estaba allí. Por algún motivo la había abandonado. Y Lea, por lo que le dijo Liduvel, podía estar aún en coma por su sobredosis. Era previsible que faltando la fuerza vital de Liduvel que la impulsara, Lea muriera. Quería pensar que los cuidados que Liduvel había dispensado a aquel cuerpo inerte, habrían mejorado mucho su estado general, pero ahora perdía toda esperanza. Abrazó a Teresa y lloraron juntos por Lea, mientras algunos curiosos se arremolinaban a su alrededor, murmurando.
    — Esa es la chica que decíamos. Salvó a su madre, a ese hombre, a los chicos del equipo de fútbol del barrio, a varios ingresados y luego entró a por un montón de chiquillos enfermos de cáncer... pero ya no pudo sacarles— señalaban entre susurros, admirados.
    Las cámaras de televisión comenzaron a llegar y grabar las primeras imágenes del desastre. Les llegó la noticia de la heroína del Hospital Santa Elena y la hallaron aún sin evacuar, entre su madre y un sacerdote, moribunda. Algunos testigos del barrio la reconocieron y declararon que aquella chica había salido de la droga y había llevado una vida ejemplar desde entonces. Al sentir que era un filón de noticia, contaron su historia en los medios de difusión nacionales, conmoviendo a mucha gente, que comprendió que los drogadictos rehabilitados volvían a ser humanos, e incluso más que humanos.
La sala de juicios era un compartimiento casi totalmente estanco, situado entre el Cielo y la Tierra, lejos del Infierno, para no sufrir interferencias nefastas que afectaran a la decisión del Tribunal.
Liduvel parecía triste y ausente, porque no consideraba que hubiera finalizado la misión que se marcó como ángel de la guarda de Teresa, de Simón, e incluso de su anfitriona, la humana Lea Pineda, que la había limitado mucho por su debilidad física. No sabía realmente en que estado la había dejado. La había odiado, despreciado y vapuleado, pero después de aquel tiempo en íntima unión, temía que hubiese muerto por el humo que la obligó a inhalar.
Miró hacia atrás y vio sentado a Daniel al fondo de la sala, quien le hizo el signo de la victoria con los dedos. Ella le sonrió, pero no se sentía tan optimista como le había hecho creer. Pensaba que sus múltiples errores anteriores y las meteduras de pata de su etapa vivida como fugitiva, acabarían con su espíritu hundido en la nada, pero eso no la asustaba. Lo peor sería no volver a ver a Daniel, a Teresa, a Simón y a Alicia. Añoraría a los chicos del equipo de fútbol, incluso a su sufrida profesora de matemática. Hubiera ayudado a Simón a llevar el equipo de fútbol femenino que pretendía crear, para que ninguna niña volviera a ver frustrados sus sueños como Lea; hubiera hecho lo posible e imposible para recuperar los ahorros de Teresa, que dilapidó Lea con su adicción; se hubiera ocupado de que le dieran el ansiado aumento de sueldo a Gustavo, para que no tuviera que renunciar a comprarse un coche nuevo por llevar a Teresa de vacaciones a la playa en cuanto se recuperara. Hubiera velado por el doctor Álvarez, guiándole para salvar su alma. Hubiera podido hacer muchas buenas obras, disponiendo de más tiempo en contabilidad humana…
Por fin comprendía cómo se sentían las almas en la Z.T.D. (zona de tránsito y destinación). No solo sentían miedo al resultado del juicio. Sufrían la frustración de todos aquellos temas pendientes que habían quedado por terminar y la añoranza por quienes dejaban atrás. Incluso los ancianos, con una larga vida para desarrollar sus proyectos, se sentían como si hubieran dejado su vida a medias.
Liduvel observó la sala, en la cual no se había fijado cuando entró, obnubilada por la tensión que sentía al afrontar por fin la decisión final. Era de un blanco resplandeciente y estaba decorada con sobriedad. El único adorno que podía verse eran las pinturas murales ejecutadas en colores suaves, que representaban a ángeles de uno y otro lado pugnando por las almas, ya que la sala se utilizaba siempre para juzgar a las almas humanas. De hecho, era la primera vez en la historia que se utilizaba para juzgar los actos de un ángel, pues Lucifer y sus seguidores no habían disfrutado de un juicio justo cuando sucedió la Gran Rebelión. ÉL estaba muy enojado y les envió directo al abismo, aunque después se arrepintió de su ataque de ira, como solía pasarLE.
En el centro de la sala había dos mesas idénticas, blancas e impolutas, una frente a otra, con forma de media luna. Sentaron a Liduvel en el centro, en un sillón giratorio para escuchar y responder a unos y a otros con un simple movimiento.
Gabriel actuaba en representación de los miembros del Lado Luminoso, que en esta ocasión era de auténtico lujo, pues se había convocado también a los arcángeles Rafael y Miguel. Derafiel representaba al Lado Oscuro (en ausencia de Lucifer, que había renunciado a su papel debido al enojo que le produjo la moción de censura a la que se vio sometido por sus inferiores), acompañado de Luzdel y un mohíno Databiel, designados por Lucifer, aunque no tenían la categoría que requería la ocasión.
Los representantes de ambos lados hablaban poniéndose en pie, por estricto turno de intervención. El público comenzó siendo escaso, pero ante lo importante del caso, acabó llenando la sala. Los aspirantes a ángel tomaban apuntes sobre las exposiciones. Todos se apelotonaban en el fondo de la sala, junto a la gran puerta de bronce por la que las almas ya no volvían a pasar de regreso, ya que tras el juicio, se encaminaban a su destino en sentido ascendente o descendente, dependiendo del resultado.
Pensar en ello provocaba una viva inquietud en Liduvel. Para ella sería o la luz o la nada. No volvería al infierno. Lucifer no lo permitiría jamás. Y más le valía que fuera así.
El público no podía intervenir. Debían permanecer en silencio y no manifestarse de ninguna forma, sin suspiros, resoplidos o exclamaciones que pudieran alterar la calma exigida por el Tribunal. Antes de iniciarse el proceso fueron informados de que a la menor interrupción, se les expulsaría de la sala sin excepción.
La convocatoria y la identidad de los miembros que participaban en el juicio se había llevado con la máxima discreción, pero el cotilleo que habían llevado a cabo la eficaz Fedra con la inestimable colaboración de su amigo Delmor, había hecho llegar la noticia hasta el último rincón del pozo más hondo del Infierno, incluso al Estanque del Olvido Eterno, donde las almas confundidas que Damon se había empeñado en recuperar, vibraron iluminadas con el primer rayo de esperanza en muchos eones de desolación.
El juicio levantó una expectación tan grande como la clamorosa solicitud de dimisión de Lucifer. Todos esperaban ansiosos el resultado. Algunos de los miembros del Lado Oscuro se habían planteado alguna vez regresar al Lado Luminoso, pero no lo creyeron posible hasta ese momento. Hubo un aluvión de solicitudes para asistir como público, pero al final no se permitió asistir a los ángeles oscuros ni a los meritorios, pues donde se congregaban algunos de ellos, siempre terminaba habiendo gritos y pelea.
    Pavel, ayudante oficial de Gabriel, había recopilado, ordenado y pulido los informes emitidos por Daniel. Fueron expuestos junto al resto de testimonios. Daniel tembló de emoción cuando se citó su nombre, pues era un honor y una responsabilidad figurar en la historia del primer juicio a una fugitiva del Lado Oscuro.
    Luzdel, como ayudante de Derafiel, representante de la acusación, se apresuró a rebatir cada uno de los argumentos esgrimidos a favor. Su rapidez, sin embargo, no ocultaba que estaban improvisando en la mayoría de las ocasiones. No habían tenido tiempo material para prepararse. En su complejo orden administrativo no cabía aquella pésima organización, pero en los últimos tiempos, todos los esfuerzos se habían concentrado en destituir a Lucifer.
    Los miembros del Lado Luminoso se extrañaron de que fuera Derafiel el encargado de la acusación en aquel caso fundamental para la historia de ambos lados, pero no dijeron nada en voz alta. Les había llegado el desconcertante rumor de que se había pedido la dimisión de Lucifer, según el protocolo establecido, y el Infierno andaba revuelto por aquella causa. Era comprensible que Lucifer estuviera muy ocupado para acudir al juicio.
    Liduvel estaba absorta, sin prestar atención a lo que se determinaba en torno a su propio destino. Sabía que algo iba mal en el mundo. Teresa estaba sufriendo. Lo sentía, y no sabía por qué podía sentirlo. En teoría, había roto su vínculo con ella al salir de Lea y del mundo. En mitad de un sentido parlamento de Derafiel, cuando la acusaba de haber utilizado métodos ilegales y hacer caso omiso del protocolo para obtener su objetivo, ella se levantó, sorprendiéndoles a todos.
    — Con el debido respeto al Tribunal, con toda humildad solicito su permiso para bajar de nuevo al mundo. No es por mí. He percibido que Teresa Estaban está sufriendo mucho. No sé qué le ocurre ahora mismo, pero sé que todo el orden concertado se ha alterado, debido a la acción terrorista promovida por el Lado Oscuro en el hospital. Ya que esta acción destructora del orden natural de los acontecimientos se ha debido a que intentaban acabar conmigo y a los seres humanos que protegía, solicito con humildad reparar cuanto esté en mi mano el daño causado, al menos respecto a Simón, Teresa y Lea— solicitó Liduvel con voz alta y firme.
    Todos quedaron perplejos, pero ningún miembro del Lado Luminoso del Tribunal dijo nada en un principio. Sin embargo, los representantes del Infierno saltaron y abuchearon las palabras de Liduvel, sobre todo porque –aunque todo el mundo lo sabía- no reconocían que el incendio del hospital hubiera sido promovido por ellos.
    — ¿Cómo te atreves a solicitar nada? Se está juzgado tu proceder inadecuado, tus métodos inadmisibles, tu falta de cumplimiento en todos los protocolos de actuación. No creemos que esta mezquina merezca un premio para aliviar su oscura conciencia, miembros del Tribunal. Además, no se ha demostrado que el fuego fuera consecuencia de una actuación del Lado Oscuro. Fue ese chico humano, Adrián, el que lo provocó para vengarse de Lea Pineda, en realidad para vengarse de Liduvel, que fue la causante de sus desdichas— protestó Derafiel, completamente fuera de sí, con los ojos encendidos de ira.
    — ¿Y quién metió en esa cabeza hueca que quemara el hospital? Honorable Tribunal, todo el mundo sabe que esas órdenes de destrucción vinieron de abajo, de muy abajo, precisamente por mi causa. Yo solo intento reparar en parte el mal producido, como cuando saqué de las llamas a varios inocentes y salvé sus preciosas vidas— señaló Liduvel, defendiéndose como un gato panza arriba.
    Derafiel iba a hablar cuando Gabriel intervino, levantando su mano blanca como el mármol.
    — Tenemos un auténtico problema entre manos. Nuestra diablesa encausada está actuando como un auténtico y genuino ángel de la guarda. Percibe el sufrimiento de sus protegidos, incluso en esta sala, que es un compartimiento estanco donde no debería recibir ninguna señal del mundo exterior, y eso es algo extraordinario que solo puede explicarse por los profundos vínculos creados con los humanos— señaló Gabriel, haciendo notar al Tribunal que era un hecho muy extraño. Se levantaron comentarios, tanto entre los miembros del Lado Luminoso como en el Lado Oscuro. Los ángeles del público evitaron levantar ningún rumor para no ser desalojados, pero se miraron unos a otros con expresiones de estupefacción.
    — Es posible que Liduvel creyera tanto en lo que estaba haciendo, que se ha convertido en lo que pretendía ser...— aportó el arcángel Rafael con voz suave, desde su lugar del Tribunal.
    — Ya sabemos lo que esto parece— replicó Derafiel, con acritud— Pero eso es imposible. Lo está fingiendo. No pasa nada ahí abajo. No es un ángel de la guarda autorizado y por lo tanto no puede recibir esas señales. Todo está establecido en el protocolo. ¡Está clarísimo que finge! No ha hecho más que infringir las normas en toda su larga vida. No guarda las formas ni el protocolo ¿De dónde puede haberle venido semejante poder?
    Gabriel miró hacia arriba, indicando el origen del poder. El resto del Tribunal, incluidos Derafiel, Luzdel y Databiel, miraron hacia arriba, de donde surgía toda la LUZ que iluminaba aquella sala.
    — ¿Procede de ÉL?— farfulló Derafiel, sin poder creer que ÉL en persona estuviera interviniendo en aquel caso insignificante.
    — ¿De quién si no?— señaló Gabriel, encogiéndose de hombros. Él parecía saber algo más que el resto de miembros de aquel Tribunal. Tenía la expresión traviesa de quien mantiene un secreto y disfruta jugando con aquellos que lo desconocen.
    — Pero entonces... si Liduvel actúa como un ángel de Luz y recibe influencias y percepciones como tal... ¿es que ya se ha decidido su suerte? De no ser así, no lo entiendo. ¿Entonces qué estamos haciendo nosotros aquí? Debíamos decidir su destino en este Tribunal legalmente constituido. ¿Para qué clase de pantomima hemos sido convocados? Creo que, aún tratándose de ÉL, esto es un claro abuso de poder...— farfulló Derafiel, tan airado como asustado, pues temía que Lucifer le desintegraría por incompetente si no hacía constar toda su indignación e impedía aquella locura. En aquel instante, también pensaba que debía haber sido el Gran Jefe quien se personara como acusación, y no delegar en él. En un instante, su mente prodigiosa terminó urdiendo que esta podía ser también causa suficiente para pedir su dimisión: desinterés y dejadez en sus funciones, renunciando a tomar parte del juicio más importante de la historia de los ángeles.
    — Nada está decidido. Solo es un pequeño destello de poder que se le ha otorgado en atención al amor que siente por esas personas. Se denomina premonición por afecto, y lo sienten los humanos que se aman y los ángeles de la guarda por sus protegidos— explicó Miguel al Tribunal, con voz calmada y dulce.
    Ludivel se quedó con la boca abierta, por el argumento de Gabriel y la explicación de Miguel.
    (por el amor que siento por esas personas es cierto que las quiero si fuera un demonio no podría hacerlo ahora mismo ya no soy un demonio entonces es cierto soy una tránsfuga en tierra de nadie)
    — ¡Eso no ha ocurrido nunca...!— señaló Derafiel, tras consultar con rapidez sus archivos históricos.
    — Pero eso no quiere decir que sea imposible— sonrió Gabriel con aire divertido, completando la máxima por todos conocida— Disculpadme un instante, amigos. Estoy recibiendo órdenes directas—les pidió, cerrando los ojos. Parecía que fuera iluminado por una luz aún más intensa, mientras hablaba con ÉL. Todos esperaban ansiosos que les comunicará las órdenes o instrucciones— Está decidido. Liduvel podrá bajar por un tiempo determinado a comprobar si sus protegidos están bien y ayudarles en lo que pueda. Actuará dentro del estricto protocolo de ángel de la guarda, demostrando con esta última prueba que está capacitada para regresar al Lado Luminoso.
    — ¿Qué? Pero si los testimonios no han concluido. Esto es muy irregular. La acusada no debería poder salir de aquí hasta que no se resuelva su caso—protestó Derafiel, enrojeciendo. De haberse dejado llevar por sus instintos, hubiera reducido aquel Tribunal a cenizas, pero sabía que sus poderes no servían de nada en aquel lugar y además las consecuencias hubieran sido nefastas para él.
    — No creo que Liduvel se de a la fuga. Arde en deseos de que se decida su suerte, pero el amor por sus protegidos le importa mucho más que su propio destino, lo cual le honra. En cuanto a que los testimonios no han concluido… creo que bastaría con lo que hemos escuchado hasta ahora. Si me lo permiten, lo resumo para el Tribunal: Liduvel obró mal, con procedimientos equivocados e inadecuados, pero consiguió buenos resultados. Como dicen los humanos: «ÉL escribe recto con renglones torcidos»—dictaminó Rafael, sin darle mucha importancia a los informes que habían escuchado con atención.
    — Aunque lo más importante se haya dicho ya, mientras Liduvel vuelve temporalmente al mundo, podemos estudiar cuanto sea necesario y esté expresado en los informes, pero juzgamos necesaria esta última prueba para emitir nuestra sentencia.— indicó Miguel, apoyando a sus compañeros.
    — Si la petición de ayuda ha trascendido estos muros, debe atenderse. Nada es dejado al azar, todo sigue un gran plan— señaló Rafael.
    — ¡No estoy de acuerdo!— negó Luzdel, que había permanecido silencioso y con expresión mohína al igual que Databiel.
    Sin embargo, Derafiel, de mente abierta y clara, supo de algún modo que aquel caso debía ser perdido por decreto - ley, aunque no de una forma muy llamativa (para protegerse de forma provisional de la ira de Lucifer). La pérdida del «Caso Liduvel» haría caer a aquel ángel engreído y henchido de soberbia. Al comprender el sentido de todo lo que estaba ocurriendo en aquella sala, Derafiel hizo callar a su ayudante, pues también a él le convenía.
    — Amigos del Lado Oscuro, la decisión está tomada... nada podemos hacer—le cortó en seco con una mirada fulminante, que reveló a su colega su intención. Luzdel comprendió entonces lo que ocurría, se mordió los labios y asintió. Databiel tardó un instante más en entenderlo todo, pero al fin cayó en la cuenta.
    Liduvel agradeció efusivamente el favor a Gabriel y a los miembros del Lado Luminoso del Tribunal. Miró a Daniel, que esperaba ansioso el resultado, sin poder replicar ni añadir nada a sus informes. Le guiñó un ojo, despidiéndose de él hasta pronto. Cuando salió de la sala, Gabriel le hizo un discreto gesto a Daniel, para que la siguiera, pero sabía perfectamente que en esta ocasión no podía dejarse ver, ni intervenir para nada. Era una prohibición absoluta, e infringirla le podía costar su titulación de ángel de la guarda e incluso podría perjudicar a Liduvel. Así lo comprendió Daniel con aquella mirada, y esperó con angustia que no fuera necesaria su intervención, porque si fuera asi, significaría su perdición, ya que no se cruzaría de brazos.
Cuando Liduvel llegó al inmenso chorro de luz en el cual descendería al mundo, halló en él un ángel que la acompañaría en su descenso. No la reconoció al punto, aunque le sonaba mucho su rostro, sobre todo su mirada. Era tan hermosa que su propia belleza palidecía ante su esplendor. No pudo evitar quedarse mirándola e intentar recordar su nombre. Como en toda conversación de ascensor, había que hablar de algo para demostrar un poco de educación, pero era estúpido hablar del tiempo en aquellos niveles. Liduvel la miró y sonrió, colocándose a su lado sin saber cómo comenzar.
    — Un juicio movidito, ¿verdad? Hay muchos que te admiran, Liduvel. Este proceso significa un hito en la historia del mundo— inició la conversación aquel ángel, que la había reconocido.
    — No creí que organizaría todo este follón, en serio. Yo solo quería regresar— respondió Liduvel con sinceridad.
    — Todo aquel que inicia una revolución, es recordado. Tu iniciativa tiene mucho mérito y abrirá caminos de regreso. Estoy segura de ello—sonrió su acompañante.
    — Espero que sea para bien— asintió Liduvel.
    — Lo será. Cuentas con mucho apoyo. Ahora, ve, Liduvel, y no nos decepciones. Espero verte muy pronto— se despidió aquel ángel, cuando llegaron al mundo. Ella no se movió para salir del chorro. Liduvel bajó y la miró, sonriéndole.
    — Gracias, lo mismo digo. Perdona, pero no recuerdo tu nombre...— se despidió Liduvel, avergonzada de su falta de memoria.
    — Tengo muchos nombres, y muchas apariencias.—sonrió la desconocida— No me ves desde el principio del mundo, pero si regresas, tendrás ocasión de verme en todas mis formas.
    Liduvel sintió que todo su ser se revolucionaba al comprender quién era.
    — ¡Eres TÚ!— exclamó emocionada, antes de que el hermoso ser desapareciera, fusionándose con la luz.
    Siempre le gustó jugar al despiste. Como todo el mundo le conocía como «ÉL», aparecía muchas veces como «ELLA» y de esa forma contactaba sin ser reconocida. Y ahora la había acompañado en su descenso, deseándole suerte. No podía creerlo. Aquel evento la llenó de buenos presentimientos.
    Pletórica de energía positiva, se dispuso a completar su extraño y maravilloso viaje.

    (continuará)

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 26)








Hola de nuevo, lectores y lectoras.

Se avecina un capítulo intenso y dramático. Lucifer, haciendo caso omiso a las instrucciones de no intervenir, acuciado por el intento del Infierno en pleno de destituirle por sus errores, utiliza a Adrian para provocar una tragedia en el hospital donde están ingresados Teresa y Simón. Sabe que son la debilidad de Liduvel, y que ella incurrirá en un grave error al intentar salvarles. 

La decisión que toma Liduvel sorprenderá a todos los que la observan desde el Lado Luminoso y el Lado Oscuro. Yo de vosotros, no me lo perdería. 

Hasta la próxima entrega, saludos a mis lectores y lectoras de España, Francia, Irlanda, Portugal, Ucrania, EEUU y Nicaragua.


    26.

    Para ejecutar una tarea que no podía considerarse oficial y que de ninguna manera debía conocerse por los altos estamentos del Lado Luminoso, decidió utilizar a un ser humano, siempre tan útil, tan dispuesto a hacer el mal de forma gratuita y sin motivo alguno.
     
    Tenía muchos candidatos para elegir entre los que ya habían inscrito su nombre en el libro negro de los futuros residentes en el Infierno, pero tras un ligero repaso a las posibilidades, fue al mismo Adrián a quien eligió. No le costó ningún esfuerzo convencerle para vengarse a la vez de Lea y de Simón.
     
    A Adrián le bastaba un pequeño empujón o una ligera iluminación para moverse: los suyos le habían abandonado y había dejado de ser el líder del grupo. Recibir en pocos días dos palizas de una chica que había sido su novia, les había parecido suficiente motivo para apartarle del mando y de la pandilla. Incluso su flamante novia Regina, deteriorada ya por el consumo de varias sustancias, le había abandonado aquella misma noche, despreciándole por su debilidad, y se había enrollado con el nuevo jefe de la pandilla, que le garantizaba poder y dosis gratis.
     
    Adrián era un experto en robos y en desastres varios desde tercero de primaria, por eso no le costó nada conseguir el material necesario para su venganza y acceder al sótano del hospital sin que nadie le viera. Reía como un idiota cuando sacó de su mochila los «cócteles molotov» que había preparado con cuidado. Sabía que iba a morir mucha gente además de Lea y Simón, pero eso no tenía ninguna importancia en aquel momento. Ardía en deseos de venganza y el número de muertos solo podía devolverle su prestigio perdido. ¡Lo que iba a presumir delante de aquellos imbéciles de lo que había montado en el hospital! Nunca más le cuestionarían como jefe.
     
    Desde la oscuridad, Lucifer en persona, le indicó con señales más que evidentes el lugar donde podía arrojar los «cócteles molotov» para hacer más daño en la estructura del edificio y provocar más daños personales y materiales, pero no le indicó por donde escapar cuando todo estallara en llamas. Era solo un idiota fácil y prescindible.
     
    Cuando todo estalló en llamas y espantado se dio cuenta de que estaba atrapado, lo último que pensó Adrián fue en lo estúpido que había sido, y en Lea, que le había avisado de que su fin estaba próximo y que debía arrepentirse si no quería conocer el terror infernal que había visto en sus ojos. En su último segundo de vida supo que el fuego que le consumía empezaba en aquel sótano, pero nunca terminaría.
    — ¡LEEEEAAAAAAA! ¡ZORRAAAA! ¡MALDITA SEAAAAAAS!— gritó con rabia cuando sintió todo el peso de su error.
    Un instante antes de que se escucharan las explosiones, Liduvel lo sintió desde la segunda planta. Era un calor insoportable que le quemaba las entrañas, seguido por un frío glacial que la dejó sin fuerzas. La propia Lea se quedó sin respiración, absorbiendo lo que ella sentía. Ahogó un grito, pues supo que había empezado un ataque directo de las fuerzas infernales.
     
    Iban a por ella sin permitir que asistiera al juicio, bajo la protección de un Tribunal legalmente constituido. En el fondo lo había previsto, porque había valorado todas las posibilidades. Ella podía defenderse, pero temía que el fuego cruzado afectara a Teresa o a Simón, ya que ambos estaban bajo el mismo techo, en aquel hospital, aparte del resto de pacientes, personal sanitario y visitantes.
     
    (por favor Daniel necesito ayuda esto es el fin vienen a por mi y morirá mucha gente inocente)
     
    (no sé qué hacer Gabriel está reunido y yo no sé qué hacer)
     
    (hay que activar alguna alarma y sacarlos a todos del edificio antes de que el fuego se expanda los ángeles de la guarda de todo aquel que esté bajo este techo deben movilizarse ya te lo ruego avísales es urgente mucha gente inocente va a morir no debían morir hoy se han saltado el protocolo sus almas vagarán sin rumbo porque no les tocaba morir)
     
    (lo intentaré lo intentaré haré todo lo posible no me importa tener las manos atadas esto es más importante que el protocolo)
     
    Buscó algo para tapar a Teresa. Aunque fuera ya no hacía frío, ella estaba débil y no debía resfriarse. Sacó su bata del armario, y empezó a ponérsela sin decir palabra, ante el asombro de la adormilada Teresa, que no le había pedido ayuda para levantarse. Cuando ya salían al pasillo, se escuchó una fuerte alarma y Liduvel esperó haberse anticipado lo suficiente como para salvar todas las personas posibles, aunque quien más le importaban eran Teresa y Simón.
     
    El personal sanitario al completo sintió cómo la sangre se les helaba en las venas. El hospital estaba completamente lleno a aquellas horas, tanto de gente ingresada en las plantas, como en visitas externas en los bajos. Los quirófanos trabajaban a pleno rendimiento. Si la alarma resultaba cierta, sería un desastre mayúsculo. Tomaron la alarma con precaución, mientras pensaban por dónde evacuar a los enfermos.
 
La gente salió a las puertas de las habitaciones, y hubo quien empezó a salir del hospital, a pesar de que no se veía fuego ni humo que lo delatara.
    — ¡Repasemos el plan de evacuación mientras nos confirman que no es una falsa alarma!— ordenó la enfermera jefe a las demás, manteniendo la calma.
     
    Entonces se escucharon varias explosiones, que removieron los cimientos del hospital. El plan de evacuación se dio por repasado y todo el personal comenzó a moverse rápidamente como eficaces hormigas.
     
    — ¡Los que puedan andar sin ayuda, salgan con calma por las salidas de emergencia! ¡Sigan las indicaciones en el pasillo!— comenzaron a avisar de puerta en puerta, arrastrando a los sobresaltados pacientes y a sus acompañantes.
     
    — Cojan los sueros y bajen por las escaleras. No usen los ascensores. Ni siquiera sabemos donde está el fuego— alertaron enfermeras y auxiliares, asomándose a cada habitación. Si los enfermos no tenían acompañantes, intentaban evacuarlos.
     
    —¡Necesitamos todas las sillas de ruedas! ¡Incluso las de las oficinas!—urgieron los celadores, intentando poner a salvo los enfermos con menor movilidad.
    Liduvel no podía perder tiempo en esperar una silla de ruedas. Le dio el suero a Teresa para que lo sostuviera y la cogió en brazos, ante la sorpresa de la mujer, que no creía que tuviera tanta fuerza. Una vez se planteó cómo había movido los muebles para pintar, pero dejó de pensar en ello al contemplar lo bien que había quedado la casa.
    — No te preocupes. Te sacaré de aquí—le prometió, sudando copiosamente, no por el esfuerzo, ya que Teresa era muy ligera, sino por el miedo que le transmitía a Lea por la cercanía de Lucifer.
    Atravesó el pasillo, a pesar de la multitud de personas que huían hacia las salidas de emergencia. Vio que el humo comenzaba a llegar al otro extremo. La falsa alarma activada por Daniel se había anticipado unos pocos minutos al verdadero fuego, salvando algunas vidas con ello. Teresa se aferraba a su cuello con un brazo, mientras sostenía el suero con la otra.
    — Lea ¿qué pasa? ¿Por qué me habías puesto la bata y hemos salido antes de que sonara la alarma?—preguntó Teresa, asustada, sin saber qué pensar.

    — Todo esto es por mí culpa, Teresa. Van a por mí. Pero no permitiré que te hagan daño— confesó Liduvel, empujando a los de delante para que se apresuraran. Muchos de ellos arrastraban los pies. Estaban débiles. Sus cráneos sin cabello se veían brillantes de sudor, pero ella no debía dejarse llevar por la compasión en ese momento. Debía salvar a Teresa. Después ayudaría a los demás. Ella era Liduvel, una diablesa primigenia, y contaba aún con muchos poderes. Imprimiría toda la fuerza posible a Lea.

    — Hija... ¿quién va a por tí? ¿Qué has hecho tú?— indagó Teresa, asustada.

    — Fugarme del infierno, Teresa. Y eso no se perdona— reveló Liduvel, pero Teresa pensó que estaba hablando metafóricamente.
    En ese instante, Liduvel tuvo la desgraciada (o afortunada) idea de girar la cabeza hacia la unidad pediátrica de oncología. La mayoría de niños estaban solos a aquellas horas, pues sus padres estaban trabajando. Algunos de ellos se habían lanzado a salir de allí, pero otros se mantenían al fondo de la estancia que les servía de aula, como petrificados. Liduvel les miró mientras pasaba, desolada, y se apresuró a sacar de allí a Teresa, porque debía volver a por ellos. No podía confiar en que los humanos se acordaran de rescatar a aquellos desdichados.
     
    (ayuda por favor ayuda esos niños yo haré lo que pueda pero necesito toda la ayuda posible no hay respuesta no hay respuesta ¿es que ahora no pueden intervenir? Por favor por favor no es para mí lo que pido es por ellos)
     
    Liduvel no podía saber que tanto las miradas del Lado Luminoso como del Lado Oscuro estaban fijas en aquel hospital. Los ángeles guardianes intentaban poner a salvo a sus protegidos. Los ángeles oscuros se reían en sus caras, aterrizaban y confundían a los pobres mortales para que corrieran hacia las llamas, arrollaran a sus semejantes o se quedaran paralizados por el miedo sin poder ponerse a salvo. Cualquier acción de Daniel en ese momento se habría hecho demasiado evidente, por eso sufría.
     
    Bajaron tropezando por la escalera de emergencias. El tobillo de Lea se lastimó y Liduvel tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no cayera rodando y arrastrara a otros desgraciados en su caída. Bajo, en la explanada que servía como aparcamiento cuando el aparcamiento vallado estaba lleno, ya se organizaban grupos de médicos y enfermeras que ayudaban a los enfermos y exigían la ayuda de los acompañantes y viandantes sorprendidos para colocarles y tranquilizarles. Liduvel dejó a Teresa junto a un médico.
    — Voy a volver ahí dentro, Teresa. Tú quédate aquí, cuidarán de ti. No te pasará nada.—le dijo Liduvel, tocando con afecto su rostro helado.
     
    — ¡No, por favor! ¡Quédate conmigo! ¡NO puedes hacer nada, y yo te necesito!— le pidió Teresa sujetándola con sus escasas fuerzas, pues temía no volver a verla.
     
    — Hay otros que me necesitan, Teresa, ojalá pudiera quedarme contigo, pero tengo que sacar a los niños, y también a Simón.— le dijo Liduvel, soltando sus manos crispadas— Si ÉL quiere que vuelva a tu lado, lo haré.— Y cuando lo dijo, miró hacia arriba para hacerse entender. Teresa la soltó, asintiendo, con la terrible certeza de que ÉL no la dejaría regresar a su lado. Siempre tuvo muy mala suerte, aquella buena racha solo había sido un espejismo.
    Liduvel le dio un impulsivo beso en la mejilla y corrió a entrar de nuevo. Teresa arrancó a llorar en cuanto supo que ella no podía verla.
     
    Simón, enyesado y medio inmovilizado como estaba, ayudó a su compañero de habitación, que estaba en peor estado que él, con ambas piernas rotas y escayoladas. Los chicos del equipo que estaban visitándole cuando sonaron las alarmas, no querían o no podían separarse de él. Estaban muy asustados. Pidió a los chicos más mayores que ayudasen a salir a los compañeros más pequeños. Comenzaron a moverse hacia las salidas de emergencia, recogiendo en su camino a una mujer que había caído y no podía moverse debido al pánico. Los pasillos estaban llenándose de humo y tosieron con fuerza. Simón hizo un gran esfuerzo por seguir, incluso por respirar. No podía ayudarse con su brazo roto, pero con el otro brazo y un gran dolor en el pecho por su costilla rota, arrastraba a su aterrorizado compañero, que se asía a él como única tabla de esperanza.
    —¡Vamos, chicos! ¡Vamos! Somos fuertes. Somos el mejor equipo de fútbol del mundo. Ayudemos a los que nos necesitan. Saldremos en los periódicos, chicos, y nos lloverán ayudas. Podremos comprar equipajes y balones nuevos.— les animó Simón haciéndose el fuerte, pero lo cierto es que se sentía miserable por no poder hacer más.
    Los chicos asintieron, pero en ese momento se conformaban simplemente con salir vivos de allí, porque se ahogaban de tos y apenas distinguían el cartel luminoso de la salida de emergencia.
     
    Chocaron contra alguien que entraba precipitadamente, y la reconocieron por sus ojos encendidos y rojos, los mismos que habían visto centellear cuando espantó a los camellos que les vendían droga. Ahora no tuvieron miedo de sus terribles ojos, porque venía en su rescate.
     
    — ¿Lea?— preguntaron—Lea ¿donde está la salida?—exclamaron los primeros chicos, que sostenían a sus compañeros más pequeños.
     
    — ¡Por aquí, por aquí! ¡Venid todos! ¡Seguidme!—les gritó Liduvel, cogiendo a la mujer que arrastraba un chico, descargándole de tal responsabilidad.
     
    Simón le sonrió débilmente. Verla le llenó de esperanza, porque ella tenía la fuerza suficiente para sacarles de allí. Liduvel sintió pena por él, ya que le vio dolorido y notó que se arrastraba con dificultad y le faltaba el aire, pero aún así no tenía intención de soltar al hombre al que había rescatado. Por ello, Liduvel imprimió toda la fuerza posible a los brazos de Lea, para sostener también a aquel hombre con su brazo libre. Era un gran esfuerzo de concentración, porque los delgados brazos de Lea no eran capaces de arrastrar a dos personas de bastante peso como aquellas. Pero debía esforzarse para que Simón consiguiera salir. Y aprisa, porque los niños enfermos no resistirían mucho tiempo más.
    — ¡Venga, Simón! ¡Sé fuerte! ¡Te necesitan! ¡Tienes que vivir! — le urgió ella, mientras el cuerpo de Lea estaba a punto de desfallecer.
    Los dos enfermos que ella sostenía, se miraban con sorpresa. ¿Cómo podía arrastrarlos una chica de apariencia tan frágil?
     
    Liduvel les guió a través de pasillos que no podían ni ver. Los primeros chicos se cogían firmemente a ella, y guiaban a los demás con las manos entrelazadas entre ellos, para no perderse en el espeso humo. Así pudo sacarlos hasta la escalera de incendios y al ansiado aire libre. Vio los reflejos de las sirenas de los bomberos, que se acercaban a toda velocidad, abriéndose paso entre los coches que se habían quedado detenidos para observar el incendio y entorpecer cuanto pudieran. Respiró aliviada, aquellos humanos preparados serían de gran ayuda.
    — Ya estáis fuera, campeones. Respirad. Respirad hondo. El humo no os habrá hecho mucho daño, pero si hay botellas de oxígeno libre, pegad una esnifadita ¿de acuerdo?— bromeó ella, dejándoles sentados en el suelo, donde otras personas que no se animaban a entrar en el hospital, les ayudaron a alejarse del edificio.
    Simón la miró con admiración, mientras ella se giraba de nuevo hacia la entrada. La suya era una acción muy heroica, pero estaba arriesgando la vida de Lea, no la suya, que era eterna. La cogió de una mano y la retuvo.
    —¡No vayas, Liduvel! Quizá tú no mueras, pero Lea morirá si entras de nuevo. Te lo ruego. Ya has hecho mucho por los humanos. Seguro que eso contará mucho para regresar a la Luz—le pidió él en un susurro para que los chicos no le oyeran— Por favor, debes conservar su vida.
    Ella negó con la cabeza. Aunque había empezado a respetar un poco a Lea, recordaba a los niños enfermos y no podía quedarse allí por nada en el mundo, ni siquiera por la salvación o perdición de su espíritu inmortal.
    — Solo un viaje más. Los bomberos ya están ahí, pero hay niños enfermos de cáncer escondidos en su aula. No les verán con este humo, Simón. No es por sumar méritos. Eso ya no me importa. Pero no hay nada que me entristezca más en todo el universo que un niño enfermo y desamparado— le respondió Liduvel, con los ojos llenos de lágrimas que no provocaba el humo.
    Simón no distinguió ni rastro de la diablesa ante él, sino a un ser compasivo y valiente que quería arriesgar su vida por unos niños que quizá murieran de todos modos, pero que jamás permitiría que murieran de una forma tan cruel.
    — Estás hablando como un ser humano, amiga Liduvel, o aún mejor, como un ángel custodio— elogió Simón entonces, con lágrimas en los ojos— Ve con Dios, Liduvel— musitó Simón, de todo corazón, porque presentía que era la última vez que la vería.
     
    — ¡Gracias, amigo! ¡En eso estoy!— sonrió ella a través de sus lágrimas. Por primera vez no pegó un respingo cuando escuchó aquel nombre. Incluso ella notó este cambio. Quizá era una señal. Pero por si era la última vez que veía a Simón, se dejó llevar por un impulso y le dio un beso en la boca, para despedirse como debía.
    Liduvel entró de nuevo, a pesar del calor y del humo, y también a pesar de que algunas personas intentaron con todas sus fuerzas hacerla desistir de su empeño suicida. Viendo que no podían con ella, esperaron en la puerta, inquietos por su suerte, mientras empezaban a comentar entre ellos que habían visto como aquella chica sacaba en brazos a una mujer, y después a un grupo de chicos y a varias personas ingresadas. Decían que era una auténtica heroína, y que tenía la fuerza de dos hombres.
    — ¡No puedes hacer nada por los que quedan dentro! ¡Hay demasiado humo!— gimió una auxiliar de enfermería con quien se cruzó. Había salido a duras penas del edificio arrastrando fuera a una mujer y a su bebé en una silla de ruedas.
    Los chicos del equipo de fútbol comenzaron a gemir y llorar, y como todos lo hicieron al mismo tiempo, nadie se burló de los demás por hacerlo. Simón les consoló como pudo, y les aseguró que Lea saldría, porque debía verles jugar en el campeonato local, y porque era bastante cabezota para lograrlo.
     
    Daniel había estado todo el tiempo flotando junto a ella y viendo la dimensión del peligro, se materializó. A aquellas alturas ya no le importaba que notaran su intervención, porque muchos demonios estaban por allí enredando cuanto podían. Como espíritu, él no sentía el humo que ahogaba a Lea, la portadora de Liduvel. Por eso la guió como pudo a través de los pasillos. Conocía el objetivo de Liduvel, pero como Simón, pensaba que aquel humo acabaría matando a Lea, que era mortal y ya estaba muy afectada.
    — Debes dejarlo, Liduvel. Lea morirá. Y tú serás culpable. Eres responsable de ella... recuérdalo— le pidió Daniel, intentando impedirle el paso cuando el humo se espesó de tal forma que ella se ahogaba de tos.
    Ella negó con la cabeza. Cubrió la boca de Lea con un pañuelo y se esforzó por hacerla seguir. No podía hablar, pero Daniel sabía lo que pasaba por la mente de la diablesa.
     
    (lo sé lo sé me rindo ya no puede más sácala de aquí Daniel voy a salir de ella solo así podré salvarles a todos)
    — ¡Pero no podrás volverte a meter en Lea! Y todavía no es tiempo de tu juicio. No nos han avisado. ¿Qué será de tí?— negó Daniel, asustado por la suerte de Liduvel.
    (no hay tiempo para pensarlo dos veces esos niños merecen una oportunidad no morirán entre las llamas no lo consentiré pobres almas tristes)
     
    Liduvel se esforzó por salir de Lea, como se había esforzando por entrar.
    — ¡No, por favor!—intentó aún Daniel, antes de ver caer a Lea al suelo, inerte, mientras Liduvel emergía de ella, tan brillante y hermosa como un ángel de luz. Se quedó fascinado, con la boca abierta, mientras se agachaba para coger a Lea en brazos.
     
    — ¡Sálvala, Daniel, por favor! ¡Sácala de aquí!— le pidió Liduvel, con su preciosa voz aterciopelada, que parecía música en sus oídos.
    Cuando pudo reaccionar ante tal visión, Daniel sujetó bien a Lea y la llevó flotando a través de los pasillos, hasta que vio llegar a unos bomberos y la dejó en su recorrido, para que la encontraran enseguida. Miró hacia atrás un par de veces mientras regresaba sobre sus pasos para seguir a Liduvel. Los bomberos la habían encontrado, y uno de ellos la sacaba de allí sin dificultad. Él suspiró, aliviado. Lea se salvaría y su muerte no caería sobre la conciencia de Liduvel.
     
    La diablesa buscó con sus ojos perfectos a través del humo. Se cruzó con un viejo conocido, al que había engañado una vez en un callejón, no hacía mucho tiempo. Era un ángel neutro, uno de los que trabajaban para ambos Lados: un Ángel de la Muerte. La miró de soslayo mientras pasaba a su lado, tocando a gente que había caído por los pasillos y se había asfixiado. Supuso que estaría resentido contra ella, por engañarle y no permitir que se llevara a Lea, pero el ángel no le dijo nada. Era un trabajador incansable, discreto y sombrío, que tenía demasiado trabajo para prestarle atención. Continuó flotando por el pasillo, terco e implacable.
     
    También se cruzó en su camino con las almas confusas de humanos, que deambulaban sin saber a dónde ir. Al verla, algunas almas intentaron retenerla, preguntarle hacia donde iban o seguirla, pero ella negó con la cabeza.
    — ¡No, conmigo no! ¡Id hacia la Luz, siempre hacia la Luz!— les indicó Liduvel, señalando un inmenso chorro de luz que caía desde lo alto e inundaba el pasillo.
    Se giró varias veces para ver si aquellas almas perdidas se aclaraban y percibió satisfecha que la mayoría alcanzaban el gran chorro de luz, el ascensor hacia la sala intermedia, donde serían juzgados por sus actos y destinados a su lugar definitivo. Pensó con creciente piedad que muchos no lograrían llegar a la Luz definitiva, pues la gran mayoría de sus actos habían sido malvados y egoístas.
     
    Entre los desdichados destinados al Infierno, si eran inteligentes, tenían mucha suerte y jugaban bien sus cartas, saldrían los nuevos numerarios del Lado Oscuro. Los demás se sumergirían en las diversas cámaras de tortura (clasificados según la gravedad de sus errores) y los peores de entre ellos irían a parar al pozo más hondo, el peor lugar del infierno, donde se recibían descargas extras de fuego y sufrimiento con cada rabieta de Lucifer (es decir, muy a menudo). No quiso pensar en ello, pero ahora que pretendía abandonar el Infierno y su identidad de diablesa, le pesaba que fueran tantos los allí destinados.
     
    Las llamas ya se acercaban cuando llegó a los niños de la unidad pediátrica de oncología. Estaban acurrucados en un rincón, abrazados unos a otros. Eran cinco pequeños, y ninguno tenía más de diez años. Algunos habían perdido el conocimiento, otros la miraron con admiración y temor.
    — ¡Es un ángel!— señaló un chico, abriendo los ojos tanto como le permitía el humo.
     
    — ¡Qué bonito es!— exclamó una niña de grandes ojos verdes, mirándola con éxtasis.
     
    — ¡Es el ángel de la guarda!— musitó otra niña, al borde del desmayo.
     
    — Os sacaré de aquí. No tengáis miedo— les animó Liduvel, con aquella voz tan hermosa, que les hizo levantarse sin temor ninguno. Ella les cogió a todos, a los conscientes y a los desmayados, y los llevó sin dificultad por los pasillos, flotando por el aire.
    Daniel sonrió al ver que su plan había tenía éxito. Les siguió flotando. Sintió el peligro que se cernía sobre ellos antes de que se produjera, y se abalanzó hacia Liduvel, cubriendo totalmente a los niños que ella portaba. Hubo una explosión y parte del techo del pasillo cayó sobre ellos. Liduvel le miró agradecida, pues en su empeño de rescatar a los niños, no había previsto la explosión. Continuaron su camino de aquella forma, abrazados y con los niños protegidos por sus dos espíritus poderosos, hasta que distinguieron a los bomberos, que se habían retirado ante la deflagración y volvían al ataque en cuanto vieron que las explosiones habían terminado. Entonces Daniel se separó de Liduvel, para permitirle concluir sola su heroica misión y no restarle méritos.
    — Señorita, todo el mérito es suyo— bromeó él, intentando no parecer avergonzado, inclinándose ante ella y cediéndole el paso.
     
    — Muchas gracias. Eres todo un caballero, humanamente hablando— le sonrió ella, con aquella voz que le hacía derretirse sobre los escombros.
    Uno de los bomberos más avanzados aún pudo distinguirla, brillante entre el humo, bellisima y flotando con los niños en brazos. Pensó que el humo le estaba afectando, y se sobresaltó aún más cuando ella le habló.
    — No se detenga por mí. Sáquelos rápido de aquí. Que respiren aire limpio— le urgió Liduvel, con su preciosa voz, llenándolo de una sensación extraña, mezcla de bienestar e inquietud.
    El bombero cogió en brazos a dos niños y llamó a sus compañeros para que le ayudara con los demás. Los niños que aún estaban conscientes miraron hacia atrás cuando les sacaban, para despedirse de su ángel salvador.
    — Sed buenos. Ser bueno siempre tiene su recompensa...— se despidió ella, lanzándoles un beso sincero, lleno de amor y piedad por ellos.
    Ellos asintieron fascinados, prometiéndolo de corazón. Tiempo después, ya recuperados, todos los niños reflejaron en sus dibujos infantiles, de forma casi idéntica, un ángel de alas oscuras, cabello rojo y hermosos ojos rasgados de un brillante color rojo. Sus padres y todos aquellos que vivieron el incendio, no dudaron jamás de que se había producido un milagro para que los niños salieran con vida de aquel incendio, pero a todos les extrañaba el peculiar e inquietante aspecto de aquel ángel.
     (continuará)