UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 17)






Hola, lectores y lectoras. Vamos a por un nuevo capítulo de esta historia... un tanto especial...

Liduvel ha planeado salvar la vida de Teresa a cualquier precio. Podría hacerlo de una forma espectacular, pues los milagros existen, pero eso significaría su perdición. Su inteligencia y su gran memoria la lleva hasta un eminente oncólogo, que no siempre fue un buen médico. De estudiante, fue tan estúpido como para plantear un pacto diabólico, para no tener que esforzarse con los estudios y llegar a ser rico y famoso de todas formas. Ahora, Liduvel le utilizará para sus intereses y a su vez, intentará salvarle también, pues pronto deberá rendir cuentas y pagar su deuda.

Por supuesto, su jugada maestra impresiona gratamente a Daniel. ¿Le saldrá bien su estrategia? Vamos a verlo. Hasta la próxima...




17.
    Liduvel había gestado un plan muy arriesgado, y esperaba sinceramente que Daniel no andara cerca, para que no se viera obligado a mentir en sus informes a Gabriel. Pero debía intervenir en el destino de Teresa, y hacerlo de inmediato.
    No podía confiar en la Seguridad Social y en sus largas listas de espera, ni Teresa tenía el dinero que haría falta para que la tratara un médico privado, por eso debía hacer trampa, y una de las grandes.
    Conocía bien al doctor Álvarez, marcado para su descenso al infierno casi desde su más tierna juventud. Conoció su expediente de casualidad, en las últimas etapas de su trabajo, años atrás en contabilidad humana. Era uno de los pocos que últimamente había vendido su alma a Lucifer de una forma voluntaria. Ya quedaban pocos casos como aquel, restos de un pasado romántico, donde su astuto Jefe dotaba de ciertas ventajas a los incautos que pactaban con él. Álvarez había sido un estudiante penoso, pero deseaba fervientemente ser el mejor de su profesión, ganar dinero a patadas y tener una hermosa mujer (que cambiaba con bastante frecuencia), una mansión increíble y un poder envidiable. Por todo ello, el insensato se hizo con un torpe manual de convocatoria al diablo que encontró en una vetusta librería, realizó el ritual con gran fe, y como a Lucifer le hizo mucha gracia su estupidez, se presentó personalmente ante él. Hacía mucho tiempo que no se lo pasaba tan bien. Firmó aquella cesión con gran alegría, y desde aquel momento no le faltó nada de lo que había deseado.
    Lo que él no sabía es que en breve se le exigiría rendir el alma, antes de cumplir los cuarenta y cinco años, por la vida disipada que había llevado al margen de su brillante carrera de oncólogo.
    Liduvel se juró que antes de cumplir con su parte, aquel ser humano depravado y estúpido, haría una buena obra, por todos los infiernos que la haría, y de buen grado. Sabía de sobra que podía cambiar el destino de aquel mortal, pues como había rebelado al buen Simón, el destino jamás estaba totalmente determinado. El libre albedrío humano podía modificarlo en cualquier momento, para bien o para mal. Y una simple buena obra en una mala vida podía corregir su destino final. Y de paso fastidiaría a Lucifer, que no conseguiría aquella presa fácil. Una jugada maestra que le costaría cara, si podían probar su intervención.
    Se presentó en su consulta y recibió una mirada fría de la enfermera.
    — Si no tienes cita, no te atenderá—se cerró ella en banda, al comprobar que el nombre que le facilitó no constaba en su pulcra agenda de piel.
    — Me atenderá. Y enseguida. Dígale… por favor, que me envía aquel con el que firmó hace años un pacto que le compromete a cumplir ciertas cláusulas. Él entenderá—remarcó Liduvel, con una mirada intensa, sin ceder ni un milímetro.
    — No le daré semejante recado. ¿Es que vienes de parte del Padrino?—se burló la enfermera, con un mohín de desprecio.
    — Vengo de parte de alguien mucho más importante. Y usted haría bien en vigilar más su alimentación. El colesterol va a acabar con usted, se lo aseguro—amenazó Liduvel, irritada, mirando en su interior. La enfermera frunció el ceño, ofendida. Fue a coger el teléfono para llamar a la policía, pero el auricular le dio un calambre, como si estuviera cargado de electricidad.
    —¡Ay!—se quejó la enfermera, apartándose del teléfono.
    —Sé que no va a ayudarme, pero no me detenga o no será el colesterol el que acabe lenta y dolorosamente con usted—amenazó Liduvel, pasando ante ella. Sus ojos brillaron, rojos como ascuas.
    La enfermera se quedó sentada, aterrada, sin saber qué hacer. Ella entró en el despacho y sorprendió al doctor Álvarez en una actitud bastante comprometida con su otra enfermera, que estaba arrodillada ante él. Liduvel no se escandalizó por ello. Aquel era, con mucho, el menor de sus «pecadillos».
    —¿Qué diablos? No puedes pasar—se sobresaltó el doctor, subiéndose con rapidez la cremallera del pantalón y apartando a la enfermera, que cayó sentada en el suelo.
    —Ha empleado una buena palabra: «diablos». Una palabra justa. Hablemos, buen doctor. Hablemos de cierto pacto que firmó hace años, cuando solo era un jovencito estúpido y un nefasto estudiante. Y será mejor que esta entrevista sea a solas—se presentó ella con aplomo, pasando con elegancia y sentándose ante él.
    El doctor palideció. A primera vista sólo podía ver una adolescente delgada, provista de un gran desparpajo, pero por el hecho de ser un fiel aliado del Lado Oscuro, pudo ver más allá, Distinguió dentro de aquella chica a una diablesa llena de poder. Al mirar sus ojos rojizos, supo que la enviaban desde el infierno. No tuvo duda alguna. Despidió fríamente a la enfermera, mientras se secaba el sudor de su frente estrecha.
    —¿Qué quieres de mí?—preguntó, atemorizado. Nunca había recibido una visita desde aquel día glorioso en que firmó el pacto.
    — Hacerte un favor, aunque no lo creas. Cuando firmaste no miraste la letra pequeña, como casi todo el mundo. De haberlo hecho, sabrías que tu brillante pacto con Lucifer no te daría más de veinte años de buena vida, fama, gloria y éxito en tu profesión y en tu vida particular. Es muy poco tiempo a cambio de un alma, créeme. Y el tiempo está a punto de cumplirse. No te has cuidado mucho, buen doctor, y los excesos se pagan, tal como tenía previsto Lucifer…—explicó Liduvel despacio, arrastrando cada palabra, para que él la comprendiera.
    — Entonces… voy a morir…—temió, derrumbado en su cómodo sillón. De repente, sus veinte años de éxito se convirtieron en polvo.
    —Y no solo eso. Por el hecho de haberte aliado al mal, sufrirás terriblemente antes de morir… son las reglas establecidas desde el principio de los tiempos… y después te consumirás lentamente en el infierno por toda la eternidad. Es una lástima. No hay remedio para tu perdición, pues no has hecho nada bueno en tu vida...ninguna buena obra que incline la balanza y te salve en el último momento, cuando se te juzgue…—le informó ella, que había visto cientos de miles de casos como el suyo. Estúpidos mortales que jamás leen la letra pequeña…
    —Un momento… un momento. Algo no me cuadra. Creo... distinguir que...me estás... ¿me estás dando pistas? No sé, por un instante creí que venías a exigirme… el cumplimiento del pacto, pero ahora… creo que me estás dando pistas para salvarme… ¿es algo estúpido lo que digo?—farfulló el doctor, viendo una luz al final del túnel donde se sentía sumergido.
    —Al contrario. Es lo más inteligente que has pensado en tu vida. Eso es precisamente lo que estoy intentando sugerirte…—aseguró Liduvel, encantada de haberse hecho entender tan rápidamente. Al fin y al cabo el doctor Álvarez no era tan negado. Sólo había querido tomar el camino más rápido y ahora pagaría las consecuencias.
    —¿Pero quien eres tú? ¿Por qué vienes a avisarme? Creí que venías del infierno…—murmuró el doctor, que no entendía aquel punto, quizá el más complicado de la visita.
    —Ahora mismo no vengo del infierno, aunque he estado en él. Mi objetivo es salvar a una persona de una muerte segura, buen doctor, y le pagaré sus servicios ayudándole a salvar su alma, incluso puedo conseguirle una prórroga en su vida. No serán muchos años más, porque para eso haría falta un verdadero milagro, pero al menos cuando muera, lo hará en paz, sin sufrimientos, y no irá de cabeza al infierno, por muy indeleble que sea la tinta con la que firmó el pacto. Se lo garantizo…—le informó Liduvel, mirándole fijamente a los ojos.
    Él no tenía ninguna duda sobre su sinceridad. Aquella extraña visita llegaba justo cuando empezaba a sentirse mal, a experimentar ciertos síntomas que negaba empecinadamente, pensando que su pacto también le concedería una larga vida, pletórica de salud… Creyó sin dudar a aquella chica extraña. Secó el sudor de su frente y se inclinó hacia delante, apoyando los brazos en la mesa y cruzando las manos ante él, como siempre que estaba dispuesto a salvar una nueva vida, pero esta vez cobraría algo mejor que el dinero.
    —¿Salvar a una persona? Supongo que sufrirá de cáncer, cuando me has buscado para este fin. Bien. Tráela aquí, ahora mismo. Te recibiré sea la hora que sea, pero dame una señal a cuenta del tratamiento. Una prueba de buena fe—pidió él, con voz temblorosa que intentaba ser firme.
    Liduvel sonrió, con sus ojos brillando de astucia. Claro que sí, una prueba de buena fe.
    —Mañana sin falta visitarás a tu colega Llopis, de Barcelona. Que te haga una revisión completa… solo él sabrá diagnosticar tu mal, tratarte y prolongar tu vida. Y no te divorcies de Gabriela… como pensabas hacer en breve, pues será la única que te cuide abnegadamente hasta el final. Ella es la única de tus mujeres que te ha querido de verdad, solamente por lo que eres y no por tu dinero o tu fama—le informó Liduvel, concentrándose en su futuro.
    Él asintió tragando saliva. Llopis era un colega de la universidad, especializado en neurocirugía. ¿De modo que por su privilegiada cabeza le vendría el final? Al bajar la mirada hacia su agenda, movió la cabeza.
    —No puedo ir mañana. Si hoy tengo que salvar a esa persona de la que me hablas… y mañana tengo el día completo… tendré que posponerlo para… el jueves…—negó Álvarez, con un hilo de voz.
    Liduvel asintió, complacida.
    — Eso está muy bien, bien doctor. Ahora mismo no estabas pensando en el dinero que te darán esos pacientes. Piensas en su bien. Los antepones a tu propia salud. Ya has empezado a salvarte…Puedes esperar hasta el jueves, pero ni un día más—sonrió Liduvel, y Álvarez, repentinamente, se sintió más aliviado, iluminado por aquella brillante sonrisa.
    Teresa no comprendía qué hacían allí, ni como pagarían los servicios de uno de los mejores oncólogos de España y quizá del mundo. Sólo supo que aquel doctor la atendía casi con afecto, mejor de lo que nunca lo habían hecho, y además le daba cierta esperanza de vida, lo cual tampoco había recibido jamás.
    Miró a quien ella pensaba que era su hija mientras esperaba para realizarse una nueva prueba, a pesar de que era una hora intempestiva.
    — ¿Cómo has conseguido esta visita, Lea? Cuéntame—le preguntó Teresa.
    — Verás, Teresa. Sé de buena fuente que el buen doctor desea hacer buenas obras de vez en cuando para salvar su alma pecadora. Y en este sorteo, tú has resultado ganadora. Me encargué de ello…—le explicó Liduvel, sin mentirle.
    —Bendito sea—se alegró Teresa, encantada de ser afortunada en algo.
    — Pero tú no debes decirle nada, ni contárselo a nadie ¿entiendes? Porque lo que hace la mano derecha no lo debe saber ni la mano izquierda. Las buenas obras siempre se mantienen en secreto, o casi en secreto, si no… no cuentan…—la avisó Liduvel.
    — Claro, claro—aceptó Teresa.
    —Bien. Ahora sé que te curarás. Costará mucho tiempo y sufrimiento, pero vivirás muchos más años, hasta que seas una ancianita encantadora y desmemoriada—le prometió Liduvel, convencida de que ya había variado el destino de Teresa.
    Álvarez, al otro lado del panel, escuchaba a aquella diablesa hablarle con cariño a aquella pobre mujer, que cualquiera hubiera desahuciado solo con ver su historial. Se preguntaba qué cataclismo había removido el Infierno para que uno de sus miembros se comportara como ella.
    Daniel estaba impresionado por el giro que había tomado la historia de Teresa, pero también se sentía desesperado, pues no sabía cómo reflejar aquella serie de acontecimientos en su informe. No podía hacerlo sin comprometerla. Sabía que había sido con buena intención, pero eso no justificaba que hubiera variado el destino de Teresa y el del doctor Álvarez, por generoso que fuera su intento.
    Finalmente se armó de valor e informó según lo que dictaba su corazón:
    —« Liduvel ha hablado con un eminente doctor en oncología y le pedido el favor de ayudar a su madre. A cambio le ha prometido que esta buena obra contará para salvar su alma pecadora…»—leyó de nuevo lo que había escrito y asintió. De haber estado vivo, estaría sufriendo unas agobiantes palpitaciones.
    Gabriel sonrió cuando leyó el informe de Daniel. El nombre del doctor Álvarez le sonaba mucho y consultó su expediente, muy interesado. Al parecer, Liduvel intentaba hacerle una carambola al destino. De un solo golpe pretendía salvar la vida de Teresa y el alma de Álvarez. Y lo cierto era que, con muy pocos recursos, podía conseguirlo. No le dijo nada a Daniel, que esperaba como poco una reprimenda. Palmeó su espalda y le pidió que siguiera observándola y consignara en su informe cada acción de Liduvel, por insignificante que pareciera. Daniel asintió, sorprendido de su buena suerte.
    Lucifer debía estar muy ocupado con sus cosas, porque no se enteró del caso de Álvarez hasta algún tiempo después. Sin embargo, a su alrededor, los rumores corrían como la pólvora y ángeles de ambos lados estaban atentos a la actuación de Liduvel, incluso habían empezado a cruzar secretas apuestas, pese a que estuviera terminantemente prohibido. 

     
    Gustavo vio que su expresión cambiaba de repente cuando cogió el teléfono. Teresa asintió, extremadamente pálida, colgó y se sentó en el sofá, como aturdida o mareada. Él no era un hombre muy solícito, pero se preocupó al verla así, se levantó y agitó su periódico para darle aire.
    — ¿Qué ha pasado? ¿Alguna mala noticia?—le preguntó, abanicándola.
    El doctor Álvarez había movido hilos y pedido favores personales a los colegas para que la operaran de inmediato, ahora que ya tenía todas las pruebas que necesitaba. Ella no creyó que la avisarían tan pronto.
    —No, nada malo. Del Hospital Santa Elena. Me ingresan esta misma tarde... van a operarme mañana sin falta...—le informó Teresa, con un hilo de voz. Liduvel le pedía discreción sobre aquel tratamiento, por eso debía disimular incluso ante Gustavo.
    — Pero te dijeron... que no tenía operación. ¿Por qué ahora...han cambiado de opinión y…y…tan rápido?—se extrañó él.
    — Me... trata... otro doctor... y ha conseguido un hueco... No me lo puedo creer—respondió ella, sintiendo que el corazón se le salía por la boca. Tendría una oportunidad, tal como le había dicho la persona que ella creía su hija.
    Para entonces, Liduvel ya estaba en la puerta del salón, satisfecha del rápido resultado de su encuentro con el buen doctor.
    —¡Fantástico!—se alegró Liduvel—Te ayudaré a preparar las cosas, Teresa, antes de que se arrepientan—bromeó de buen humor.
    —Pero... tengo miedo.... tan de repente, sin hacerme la idea... y una operación es una operación. ¿Y qué será de mis trabajos? Si falto, enseguida me sustituirán por una chica rumana, para pagarle menos aún que a mí...—se quejó Teresa, sudando copiosamente. Se le echaron encima miles de interrogantes en un instante. Ni siquiera había pensado en ello, pues no tenía esperanzas hasta ese mismo momento. Estaba realmente asustada, por eso Liduvel debía improvisar rápido.
    — Yo limpiaré tus escaleras. Me levantaré antes y limpiaré un par de escaleras antes de ir al instituto, y las demás por la noche, después de mi trabajo de mensajera y de acompañarte un rato en el hospital. Mientras estoy allí contigo puedo aprovechar para estudiar un poco. Puedo hacerlo todo, si eso te ayuda. Solo serán unas semanas. Puedo con eso y con mucho más—resolvió Liduvel en un instante.
    —Puedo llamar a Jacobo y decirle que me pido permiso por hospitalización. Nunca en mi vida he pedido un permiso. Me lo darán seguro. La chica y yo nos turnaremos para estar contigo...—se ofreció Gustavo, pensando deprisa, y sin que Liduvel le hubiera amenazado previamente, lo que la sorprendió gratamente.
    Teresa miró a ambos. Tenía mucho miedo a la operación, pero también temía morir y abandonarles a su suerte. Por primera vez en mucho tiempo veía una luz de esperanza respecto a su oscuro destino. Había visto otros milagros, como el cambio de Lea o el de Gustavo. Este último quizá fuera un poco menos llamativo, pero Gustavo era más atento que nunca con ella y la llevaba de paseo, a tomar algo o al cine de vez en cuando. Un día incluso le había obsequiado un broche para su abrigo, y le dijo que así parecía más elegante, hasta que pudiera comprarse un abrigo nuevo. Todo parecía ahora un milagro continuo.
    — Está bien... si todo está tan claro... ¿a qué esperamos?—se animó Teresa, encogiéndose de hombros. Gustavo la abrazó y Liduvel acudió también para abrazarla.
    Teresa tuvo la sensación por primera vez en mucho tiempo de tener una familia de verdad, y ahora más que nunca tenía que vivir para disfrutarla.

    (continuará)

UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 16)



Hola lectores y lectoras.

De nuevo os acompaño en esta aventura de una fugitiva un tanto especial. En esta ocasión, parece que no exista mucha acción, pero como comprobaréis más adelante, ocurren muchas cosas importantes para el desarrollo de la trama. 

Liduvel, harta de ver a Teresa dejarse la piel en sus múltiples empleos, busca una colocación con grandes problemas, debido a las zancadillas de su colega y enemigo demoniaco. Finalmente ocupa un puesto que deja libre una tal Ana, alguien a quien Liduvel admira igual que a Simón. Este personaje pertenece a otra de mis obras, "Un minuto de gloria". Si me conocéis sabreis que mis personajes realizan cameos en otras obras, y si no me conocéis, pues aquí tenéis un buen ejemplo. Tal vez esa historia sea la próxima que veáis por estos lares.

Por otra parte, se rebela contra la idea de que Teresa vaya a morir en breve. Ella puede hacer algo al respecto, aunque no deba interferir en la vida de los humanos. Si algo ha distinguido a Liduvel en sus millones de años de existencia, es que no hay nada que se interponga en su camino si ella se empeña con fuerza en algo.

Por último, en este episodio se desarrolla una interesante charla entre Simón y Liduvel. Él, convencido ya de que Liduvel es una diablesa, le hace todo tipo de preguntas, que ella no debería contestar, pero finalmente cede, incumpliendo de nuevo las normas a que debe atenerse. ¿Qué consecuencias le acarreará toda esta serie de rebeldías? Ya lo veremos.

Hasta la próxima entrega, besos a todos mis lectores y lectoras.


    16.
Uno de los principales objetivos marcados por Liduvel como aspirante a ángel de la guarda pluriempleado fue conseguir que Teresa descansara un poco, porque la veía cada vez más débil, arrastrándose penosamente de un edificio a otro, para fregar escaleras y enfrentarse con las vecinas descontentas, de las cuales había ejemplares repulsivos en todos sus empleos.

Por ello, Liduvel buscó empleos a tiempo parcial, para poder compatibilizarlos con sus clases en el instituto y no disgustar a Teresa, ni dar motivos al director para expulsarla. Fue especialmente difícil hallar un empleo a pesar de sus muchas habilidades y poderes. Empezó a sentirse furiosa y tuvo que reprimir sus deseos de reducir todo aquel barrio miserable a cenizas. Aparte de las malas artes de Databiel, que se le anticipaba en la mayoría de lugares para conseguir que no la emplearan, en aquellos en que Liduvel conseguía anticiparse, le pedían títulos y experiencia. Se suponía que tenía dieciséis años. ¿Qué clase de experiencia iba a tener si su edad laboral comenzaba justamente en ese año? ¿Acaso pedían experiencia como trabajadora ilegal, como niña esclava sin remuneración ni seguro? Sabiendo como eran los humanos, no le extrañaría en absoluto. En cuanto a los títulos... ¿cómo podía demostrar ella todos sus maravillosos conocimientos adquiridos durante eones, si su anfitriona, la inefable Lea Pineda, no tenía títulos que los acreditaran? El mundo humano era absurdo.

Obtuvo un puesto a horas como reponedora en un supermercado, con lo cual deberia levantarse a las cinco de la mañana para cobrar una miseria. Cuando se hartó de soportar a la insufrible encargada del supermercado, y antes de provocar una tragedia jugando a los bolos con su cabeza, abandonó el empleo y halló otro al otro extremo de la ciudad (en una zona aún peor que el barrio de Lea, que se parecía al escenario de cualquier guerra del mundo). Era un sencillo puesto de mensajera, que había dejado libre por aquellos días una chica llamada Ana, y de la cual le contaron que había escapado de su trabajo, de su casa y (ojalá) de su penoso destino. Liduvel sonrió y se sintió feliz por ella, ya que conocía a Ana perfectamente. Una o dos veces había intentado tentarla, poco tiempo atrás, en la última etapa de su trabajo, pero Ana era una chica valiente, que tuvo la fuerza la voluntad necesaria para levantarse de la silla de ruedas en la que la dejó postrada el borracho de su padre (cuando la arrojó por las escaleras, enfurecido porque su esposa se había fugado con el cartero), y no había cedido nunca a la idea de suicidarse. Por ser uno de sus pocos fracasos laborales, la tenía en más estima que al resto de los mortales (igual que a Simón) y la apreciaba infinitamente más que a los débiles que había conseguido doblegar. Pensó que sería bueno que alguien escribiera alguna vez su dura historia.

Ganaba un sueldo miserable, pero recibía alguna comisión extra (bajo mano) con las entregas ultra-rápidas, o con aquellos paquetes que no constaban en los albaranes y que nadie debía saber a quien eran entregados. Liduvel pensó que si empleaba aquel dinero sucio en evitar que Teresa se agotara limpiando escaleras, lo limpiaría y haría digno. 
 
Teresa aceptó el dinero porque vendría bien para la casa, pero lo que menos deseaba es que su hija se agotara trabajando por una miseria, como ella.
    —Estos empleos-basura están mal pagados y peor considerados. Te tratarán como a una esclava, yo sé de qué hablo—le dijo, recordando todo lo que había tenido que vivir por salir al mundo sin titulación ni especialización ninguna.

    —Solo es temporal, Teresa. No voy a dedicarme profesionalmente a la mensajería—bromeó Liduvel—Pero quiero que a cambio dejes de limpiar un par de escaleras—le pidió muy seria.

    —No puedo hacer eso. Necesitamos todo el dinero. Mis ahorros... mis ahorros se fueron...—negó Teresa bajando la mirada y perdiendo fuerza en la voz, pues no quería continuar la frase. Por nada del mundo le echaría en cara lo que hizo cuando estaba poseída por la droga. Todo aquello había quedado atrás con su milagrosa recuperación.

    —Dilo sin problemas... en drogas—completó Liduvel, que conocía su pensamiento—Por eso me toca a mí remediarlo. Ingresa esto en el banco, repondrás tus ahorros, y una vez los tengas, dejarás tus empleos, al menos alguno de ellos. No puedes llevar esta marcha. Çsi quieres volver cuando estés mejor, adelante, pero ahora no—le ordenó Liduvel, mintiendo con todo descaro, pues ya nunca estaría mejor, a no ser que su destino variaba drásticamente por alguna especie de milagro.
Teresa sonrió ante su intento, pero debería trabajar muchos años en aquel empleo – basura hasta reponer todo lo que le había robado en un solo año de adicción sin control. Miró el dinero en su mano y se encogió de hombros.
    —No son solo los ahorros. Tengo muchas deudas atrasadas... si muero ahora te quedarás sin nada. Te embargarán el piso y te quedarás en la calle. Aunque Gustavo quisiera acogerte, tampoco tiene casa. Su ex mujer se quedó con todo... Y los alquileres están tan caros... no sé qué será de vosotros...—lamentó Teresa, derramando las lágrimas que había retenido hasta el momento.
Liduvel estaba desolada por su sufrimiento. Como mujer valiente que era, no temía la muerte, sino dejar a su familia desamparada. Le parecía admirable.
    —Pues tus penas sólo tienen un remedio, Teresa. Y es que no te mueras. Aún no...—decidió Liduvel, dispuesta a actuar por su cuenta para evitar su sufrimiento. No era por la estúpida de Lea, que no se merecía una madre como aquella, ni siquiera por el ingrato Gustavo, que había empezado a pensar en la frutera cuando ella enfermó. Solo por Teresa.
Cuando pensó que su destino podría cambiar drásticamente por una especie de milagro, aún no había pensado en ello, pero iba a intervenir de forma activa para salvar a aquella mujer, y si eso la perjudicaba en su camino de regreso al paraíso, le importaba poco o nada en aquel momento. Ella había vivido eones, si perdía la vida en el intento, tampoco perdería gran cosa. Aquella pobre miserable no llegaría a cumplir cuarenta y seis años si ella no hacía algo al respecto.

Daniel estaba muy preocupado con las ideas intervencionistas que se agolpaban en la cabeza de Liduvel. La siguió en silencio, temiendo que cometiera una locura, ahora que estaba tan cerca de lograr su objetivo. También le preocupaba tener que preparar un informe terriblemente parcial y mutilado para ocultar aquellas intenciones.

Simón brillaba de felicidad cuando regresó de su casa aquel lunes por la mañana. Quería hablar con Liduvel de forma urgente, y por eso fue a esperarla al mismo instituto. Quería darle las gracias por haberle convencido. Ahora se sentía mucho mejor.

Convencido de que aquella criatura no era Lea, sino la diablesa reconvertida Liduvel, ardía en deseos de hacerle un millón de preguntas. Ella lo supo apenas le vio, esperándola discretamente cerca de la entrada del Instituto. No despejaría sus dudas. Debía dejar un resquicio para la duda, como ÉL determinaba.

Aunque tenía mucha prisa para ejecutar sus planes, se detuvo para atenderle porque era su amigo y no se plantaba a los amigos cuando te necesitaban. Era una norma inquebrantable del lado luminoso (que Axel no había cumplido, pero esa era otra historia). 
 
Estuvo dando rodeos, contándole cuanto le había ocurrido en su casa. Lo bien que se sentía ahora que había abrazado a sus padres y hermanos. A algunos de ellos apenas los conocía. Los mayores le habían echado en falta. Por muchos que fueran en su casa siempre faltaba Simón, el mayor.
    —¿Cómo es ÉL?—preguntó Simón cuando al fin se atrevió, haciendo frente a sus temores. Tenía claro que ÉL existía, igual que Liduvel o el mismo Lucifer, pero necesitaba saber más.
     
    Liduvel suspiró. ¿Cómo podía responderle sin dejarle nada totalmente claro?
     
    — Simón, no necesitas saber cómo es. Lo tienes por todas partes, en sus creaciones, como conoces al artista lejano o difunto cuando ves sus obras—respondió ella, mientras caminaban por la calle, él sin dirección fija.
     
    — Vamos, solo una somera descripción. No creo que sea... un anciano de barba blanca con una túnica. ¿Es inmaterial? ¿Es un espíritu puro sin forma?—insistió Simón, que se había hecho una idea aproximada, que no se acercaba mucho a la imagen clásica del anciano fornido tan parecido a Zeus o Júpiter.
     
    Ella resopló. Podía darle algún dato.
     
    — Elige su forma dependiendo del interlocutor. Puede ser igual que tú o como una mujer. Puede ser un caballo, un soplo de viento, un destello o una gota en las aguas del mar. Le llamamos ÉL, pero podía ser perfectamente ELLA, pues no importa el nombre, sino su esencia—le reveló Liduvel, pues tenía prisa y no tenía tiempo de juguetear con las palabras y rodear del adecuado misterio aquella conversación.
     
    — De acuerdo. Me hago una idea. ¿Y tú? ¿Cómo eres tú en realidad?—indagó Simón, mirándola fijamente. No podía hacerse una idea mirando a aquella chica escuálida de cabello despeinado y ojeras marcadas—Creía que los ángeles eran seres inmateriales, hermosos...sin sexo.... pero tú eres... una diablesa... es decir…de sexo femenino…—se atrevió a preguntar.
Ella se rió a carcajadas ante sus dudas. El eterno dilema del sexo. Ese si que era un tema divertido, y lamentaba no tener más tiempo para disertar sobre él.
    — Soy una diablesa, sí. Y claro que tenemos sexo. Pero un buen día los humanos se reunieron y decidieron que no debíamos tener sexo, porque disfrutar del mismo sin idea de reproducirse es pecado. Borraron el sexo de los ángeles y todo solucionado. Pero Lucifer ha demostrado sobradamente que si podemos reproducirnos. Tiene un montón de hijos e hijas secretos, que por supuesto jamás reconocerá ni amará, porque eso es imposible para él—resumió Liduvel, riéndose de nuevo, al ver la cara de estupor de Simón—Por cierto, si quieres puedo enseñarte un par de truquitos, soy muy buena con el sexo—le ofreció ella, sintiéndose traviesa.
     
    Él negó decididamente con la cabeza 

    — No, por supuesto que no... mientras quieras respetar tus votos de castidad. No quiero perjudicarte, por más que me gustes—le tranquilizó Liduvel, y para aliviar la tensión que había levantado aquella repentina declaración, continuó hablando de ella con ligereza—Te diré que soy muy hermosa. Todos los ángeles lo somos. ¿Pensabas que tenía la piel rojiza y llena de escamas, largos y afilados cuernos y un llamativo rabo?—sonrió ella.
Simón esperaba sinceramente que no fuera así. Siempre pensó que eran seres hermosos, dotados de una mirada malvada, una sonrisa tentadora y unas grandes dotes oratorias, para tentar al ser humano. Y entonces cayó en la cuenta que Lea Pineda poco a poco estaba cambiando, dejando traslucir la belleza del ser que la poseía.
    — No, por supuesto que no. Supongo que, de forma ingenua, inventaron esa imagen vuestra para provocar terror en los creyentes y para distinguiros de los ángeles del Cielo. El mal no puede ser hermoso, debe ser horrible, despertar angustia y provocar pesadillas—aceptó Simón.
     
    — Eso es. No tengo cuernos ni rabito. Tengo el cabello de color rojo como el fuego vivo, y mis ojos son grandes y rasgados, tan rojos como mi cabello. Mis alas son oscuras, gajes del oficio. Se volvieron así a consecuencia de la caída, ya sabes, no se puede mantener indefinidamente la blancura inmaculada cuando deambulas durante eones entre oscuridad, cenizas y fuego. Es quizá el único rasgo que nos distingue a simple vista de los ángeles de luz. Ni aureolas ni cuernecillos, Simón. Todos somos ángeles, somos creaciones perfectas, aunque algunas veces... también nos equivoquemos.... como vosotros—le explicó ella, con acento irónico y con cierta carga de amargura.
Simón asintió. Le hubiera gustado verla tal como era. Recordaba como en un sueño haber visto un ángel cuando era niño. Fue durante una décima de segundo, pero le distinguió en un momento crítico. Estaban en la montaña, durante una excursión del colegio y les sorprendió una terrible tormenta. La clase se separó y su grupo se perdió. Simón le vio a través de la lluvia, a la luz de un rayo. Era muy hermoso y le señalaba un camino para ponerse a salvo. Guió a sus compañeros por allí y hallaron un refugio seguro, donde les hallaron sanos y salvos los profesores cuando pasó la tormenta. Quizá fue en ese momento cuando decidió convertirse en sacerdote. Pensó que si sus padres no le habían metido en la cabeza ninguna parafernalia religiosa y aún así podía ver aquel ángel, significaba que desde arriba le llamaban a filas.
    — Ese era Gatanel, un buen tipo, le conozco. Y fue el cerdo de Isbael, un demonio que tiene como misión destruir la vida de niños y sus familias, el que os hizo perder en la montaña, y seguramente os hubiera llevado directamente al barranco que andaba crecido de agua, solo para hacer sufrir a vuestros padres y arruinar la vida de vuestros maestros. Ese es su estilo de trabajo—le reveló Liduvel, que conocía su historia y había percibido sus recuerdos revolviéndose en su mente.

    —Gatanel—repitió Simón con un sentimiento de ilusión infantil—¿Es él mi ángel de la guarda?—inquirió después de unos segundos de meditación. Su ángel no había sido fruto de su imaginación, al fin y al cabo. Existió realmente.
     
    — El tuyo y el de nueve o diez humanos más. Lo cierto es que sufren escasez de personal. Por eso no siempre está contigo, como sería deseable. Un ángel que atienda a un solo protegido en cada vida, es lo que yo propondría para que todo fuera perfecto, pero no va a poder ser, de momento. No hay mucha gente buena que aspire a ángel de la guarda y por otra parte, el proceso selectivo es muy duro—indicó Liduvel, disponiendo a separarse de Simón.
     
    — ¿Podría yo optar a ser un ángel si muero en gracia?—preguntó Simón, que la vio dispuesta a dejarle, abandonando aquella conversación que le interesaba tanto. 
     
    — Claro que sí. Serías un magnífico ángel de la guarda. Ya lo eres en este mundo—sonrió Liduvel—Tienes todas las cualidades necesarios. Eres un ángel pluriempleado, como los de verdad: el ángel de tus chicos del equipo de fútbol, de tus mujeres maltratadas, de tus feligreses en paro... incluso de tu familia, ahora que te has reconciliado con ellos—afirmó ella— Lo siento, pero tengo que irme, Simón, tengo que hacer un recado urgente para Teresa.

    — Si, ve. Bien. Gracias por tu ayuda... y por tus revelaciones. Me han ayudado mucho más de lo que puedo expresar—se despidió Simón, sinceramente agradecido y feliz.

    — Lo sé. Por eso he puesto en peligro mi destino. No me importan las directrices que me marquen, siempre que pueda ayudar a alguien—confesó Liduvel, sonriéndole antes de marcharse.

    Para Simón, no había habido jamás una sonrisa tan hermosa y esperanzadora como aquella. Sin querer, comenzó a rogar para que los planes de la diablesa llegaran a buen fin.

    (continuará)


UNA FUGITIVA UN TANTO ESPECIAL (CAPITULO 15)





Hola de nuevo, lectores y lectoras. Saludos a los amigos y amigas de España, EEUU, Mexico, Alemania, Irlanda, Portugal e incluso de la India. Mirando de vez en cuando las estadisticas, veo que mi fugitiva está llegando lejos y no puedo evitar sentir una gran satisfacción. 

Resumiendo un poco el capítulo 15 que vais a leer, os contaré que Simón es un buen hombre con un gran problema de remordimientos por haber abandonado a su familia para seguir su propio camino. Encontrarse con una diablesa puede ser la respuesta a miles de preguntas, pero no le es fácil creer en ella. Liduvel le irá demostrando poco a poco que es quien dice ser, pero dejando siempre margen para la duda, como marca el protocolo. Y como ángel de luz que pretende volver a ser, le dará buenos y sabios consejos para que Simón encuentre la paz perdida años atrás. Daniel la admira cada vez más, sin poder evitarlo.

Os dejo con Liduvel, Simón, Daniel y sus conversaciones sobre la vida en este mundo... y en el otro.

Besos, lectores y lectoras de todo el mapa mundi.



    15.
Simón había observado en silencio a Liduvel durante semanas. No había disipado aún todas sus dudas respecto a ella. Desde luego, no se podía negar que se comportaba de forma extraña para ser Lea Pineda. Su desintoxicación se había producido sin ayuda, rápidamente, sin recaídas y sin el menor contratiempo. Se la veía muy activa, ciertamente nerviosa, pero centrada, con muchos proyectos. No era lógico que una persona que hubiera estado tanto tiempo intoxicada tuviera tal derroche de energía. Nunca lo había visto en otros casos de drogadictos recuperados, que se sentían decaídos y a menudo propensos a volver a caer en las redes de la droga para calmar ansiedad y dolores.
Ella sentía que Simón estaba corroído por las dudas e intuyó que Databiel había pasado por allí. No podía perder la confianza de Simón. Era su máximo aliado en el mundo, porque era el único a quien podía hablar con toda sinceridad.
    — Tú y tus dudas, Simón...—susurró Liduvel a su espalda, sabiendo lo que estaba pensando. Él se sobresaltó, porque estaba ensimismado en sus pensamientos.
    — Dudar es humano...—respondió él, mecánicamente, al salir sobresaltado de sus cavilaciones.
    — Has estado valorando todo lo que te dije, y te parece imposible que sea cierto. Pero tú debiste creer alguna vez en ello. Te lo han metido en tu dura cabezona tus jefes, los patriarcas de la Iglesia. ¿Por qué te es tan difícil creer que soy un ángel caído?—se burló ella, entornando los ojos con maldad. Al notar su gesto, lo corrigió de inmediato. No debía portarse así, ahora que hacía méritos para regresar.
    — Soy un hombre razonable, y tengo fe, pero nunca pensé que me las vería cara a cara con un demonio. Estoy abierto a creer. Así pues, dame pruebas, pruebas que puedan verse y tocarse, y creeré en ti...—tentó él, utilizando la misma maldad con que ella le enredaba. Liduvel sonrió ante su intento. Buena jugada, pero no se lo iba a poner fácil.
    — ¡Ja! Eso sería muy sencillo. Ni a ángeles ni a demonios nos gustan las cosas fáciles... deberías saberlo—negó Liduvel, jugando con él con aire travieso—Esos fastuosos despliegues de poder que se ven en vuestras películas de terror son falsos, son un alarde impropio de nosotros, solo efectos especiales, algo realmente vulgar. Somos mucho más sutiles, y el protocolo es dejar siempre un resquicio para la duda. Tú tienes un problema añadido. Simón, a pesar de lo que predicas a tus beatas, no lo sientes. Siempre has dudado. Siempre—señaló Liduvel como una acusación, mirándole con aquellos ojos astutos, que no podían pertenecer a una drogadicta de dieciséis años.
    — No, no es cierto. Mi fe es firme. No siempre tuve claro si quería ser sacerdote... pero el tiempo de las dudas ya terminó...—negó él, consternado por la forma en que ella parecía conocerle. Mentía descaradamente y ella lo sabía. Siempre tuvo un fondo de dudas, quizá heredadas de su padre, ateo convencido, quien a pesar de no tener ninguna formación, siempre esgrimía buenos argumentos para demostrar que Dios no existía.
    — Tú eres un buen hombre. Pero no eres un buen sacerdote, no como les gusta a tus jefes... Procuras adaptarte siempre que te envían de un sitio a otro, sin razón lógica ninguna. Ahora estás ayudando a mucha gente de este barrio: a las mujeres maltratadas, a trabajadores en paro, a los chicos drogadictos, a los niños de la calle... Ellos solo quieren que des la misa, que ofrezcas buenos sermones, que confieses puntualmente a las beatas, que mantengas la iglesia limpia… y si puede ser... que no te fijes en los escotes ni en los traseros de las jovencitas. No quieren otra cosa de ti. Tu tarea social les sobra, incluso les molesta. No es tu labor. Eso es cosa de Servicios Sociales. ¿Qué será de ti y de tus numerosos protegidos cuando tus superiores, haciendo gala de su prepotencia, te envíen a otro destino? A las beatas puede atenderlas cualquier cura, pero no todos ayudan a la gente, se limitan a sus misas y no se complican la vida como tú. Esos soberbios no quieren buenas personas, solo esclavos que les obedezcan sin rechistar. No eres lo que ellos esperan. Y mejor para ti, Simón. No sabes cuantos de ellos viven allá abajo. Te asombrarías—le dijo Liduvel con voz suave y envolvente, utilizando de nuevo sus innatas dotes para tentar y sembrar dudas, que aún no se habían oxidado.
    — ¡Basta! Lo que quiera Dios de mí, eso será lo que me reserve la vida...—se revolvió Simón, cada vez más inquieto, apartando la mirada de aquellos ojos penetrantes.
Ella siseó al escuchar el nombre. ¡Maldita facilidad humana para pronunciarlo! No se cortaban ni un pelo para tenerle en su sucia boca animal.
    — Simón, Simón… no hay destino escrito, hay un protocolo, unas directrices que pueden presentar variaciones. Y es tu libre albedrío el que determina las variaciones, no ÉL. ¿Cuándo aprenderéis a dirigir vuestras vidas sin acusar a nadie ni a nada de vuestros errores?—reveló Liduvel, enojada, porque incluso aquel ser humano especial era estúpido como todos los demás.
No debía haber dicho esto, pero creía que era tan evidente aquella afirmación que un hombre inteligente como Simón ya debía haberlo sabido. Él se quedó aturdido, pues siempre había creído en el destino. Y siempre pensó que su destino era ser sacerdote: un buen hombre y un buen sacerdote.
    — Tú serías mejor asistente social que sacerdote. Ejercerías tu gran labor igual que ahora, pero te sentirías bien contigo mismo y podrías vivir una existencia normal, con raíces. Podrías incluso tener una mujer e hijos... ¿Acaso no quisieras tener hijos, Simón, con lo que te gustan los niños? Tú naciste en una familia numerosa. Tus hermanos tienen varios hijos. Y sé que a ti también te gustaría. No irías de aquí hacia allá a golpe de voto de obediencia. Y ÉL no se enojaría contigo, te lo aseguro, porque a ÉL simplemente le gusta la gente buena, sean sacerdotes, amas de casa, conserjes, maestros o albañiles.... Te juro que no mira con mejores ojos a los jerarcas de las iglesias, sean de la religión que sean, le llamen como le llamen. A ÉL sólo le agrada la buena gente, sin más—indicó Liduvel, afirmando algo que él había valorado ya muchas veces por su propia cuenta.
Simón negó con la cabeza. Le había costado un gran esfuerzo llegar donde estaba, pese a la oposición de su familia, con la que no se hablaba desde que profesó. Era una gran pena que llevaba a cuestas, con su padre ateo debido a los reveses con que la vida le había golpeado, y con los reproches de su sacrificada madre, quien le había dicho mil veces que debía ayudar en casa, buscar un trabajo normal, ser el apoyo de su padre como hijo mayor y cuidar de sus muchos hermanos...
    — Pero tú no querías esa vida. Subirte al andamio para caerte de allí y romperte, como tu padre. No querías darte a la bebida, maldecirLE y acabar golpeando a tus padres y a tus hermanos... y después a tu mujer y a tus hijos. Tú no habías nacido para eso. Hiciste bien en marcharte, tus padres no deberían haberte echado sobre los hombros semejante responsabilidad. Ellos eligieron tener esa vida, tener más hijos de los que podían mantener y cuidar bien, y no querían permitirte elegir tu propia vida. Querían que tú tomaras sobre tus hombros sus responsabilidades, que les quedaban grandes. Y no querían darte estudios para que tuvieras una mejor vida que ellos, cuando tú eres tan inteligente y podías haber llegado a ser un hombre importante en tu mundo—leyó Liduvel en sus ojos, entrando a saco en su mente torturada. Le apenaba aquella triste vida, porque le caía bien Simón, tanto como Teresa. Siempre le molestó que la buena gente sufriera vidas tan penosas. No era justo.
    — ¡No hagas eso! NO te consiento que me analices—la detuvo él, sudando copiosamente— Mi vida es cosa mía...
Realmente estaba metiendo el dedo en la llaga. Simón parecía torturado y Liduvel sonrió ampliamente. No tenía intención de tentarle, al menos no como antes, para causarle daño en su frágil naturaleza y forzarle al suicidio. No era buena idea tentarle de cualquier modo en ese momento de su prueba para pasar al otro Lado. Sería muy fácil terminar con sus dudas definitivamente, pero no debía hacerlo. De todas formas era su amigo, y como amigo podía darle un buen consejo. Lo mejor que podía hacer por él era darle las pruebas que necesitaba para creer definitivamente que ella era quién decía ser. Por eso decidió desvelar la forma en que le conoció, años atrás en contabilidad humana.
    — Te conozco hace mucho tiempo. Te lo dije cuando recogiste a la moribunda Lea en la calle. Por todas tus dudas y remordimientos acumulados intentaste suicidarte. Era otoño, el tiempo más propicio para la tristeza. Yo estaba allí para meterte esa idea en la cabeza, y me alegré de que fueras fuerte y finalmente no pudiera vencerte. No me gustan las cosas fáciles. Tú te negaste a caer abatido, aunaste valor y no te tomaste aquellas pastillas que el padre Demetrio se había dejado en un cajón cuando se marchó a Colombia. Tomándolas todas de golpe hubieras acabado con tus remordimientos. Te hubieras sentado a esperar la muerte en un banco de aquel bonito parque, rodeado de hojas secas, de color ocre y rojizo, que formaban torbellinos a tu alrededor. Muy hermoso marco, no me lo negarás, yo lo elegí para ti... para que tuvieras un fin poético y hermoso...—explicó Liduvel, haciéndole temblar de terror. Era cierto. Todo aquello era cierto y ella no podía saberlo. Luego pensó que lo sacaba de su cabeza de alguna forma. Había humanos que podían hacerlo. No hacía falta ser una diablesa. Decididamente era telepatía. No se había demostrado jamás científicamente, pero las evidencias estaban ahí.
Recordó el día que la recogió en la calle. «Tú has sido uno de mis pocos fracasos» le dijo ella cuando le reconoció y le llamó por su nombre. Y veía aquella mirada profunda, extraña, tan llena de sabiduría y de eones de sufrimiento, maldad y odio por el ser humano. Definitivamente era una diablesa, la que le tentó para suicidarse y terminar con todo. Quizá en ese justo momento aquella chica dejó de ser Lea para él. A partir de aquel instante, aquel ser extraño empezó a ser Liduvel, un verdadero ángel caído. Un privilegio para cualquier ser humano. ¿Quería evidencias? Ahí las tenía.
Simón se sentó, incapaz de estar de pie por más tiempo.
    — NO quiero hacerte daño. Eres mi amigo. Me caes bien. Por eso te daré un buen consejo. Para ser feliz de nuevo, Simón, vuelve a contactar con tu familia, pero no renuncies a tu propia vida: mándales algún dinero de vez en cuando, para comprarle zapatos a tus hermanos. Felicítales por sus cumpleaños, si los recuerdas todos... y por Navidad. Y un día, cuando estés preparado... vuelve a tu casa y reconcíliate con tu familia. Entonces te aceptarán de nuevo y tú te sentirás mucho mejor...—le aconsejó Liduvel, con absoluta buena fe.
Simón la miró mientras salía de la sacristía. ¡Cómo había deseado hacer eso durante años, sin reunir valor para ello! Supo que la guiaba la buena intención al aconsejarle así, pero le sumió en oscuras cavilaciones. Se arrodilló ante la Cruz que presidía la sacristía y rezó para que sus ideas se aclararan.


Daniel no sabía realmente lo que reflejar en su informe sobre aquel asunto. Finalmente, tras darle muchas vueltas, escribió todo aquello que no podía perjudicar a Liduvel. «Su buena amistad con Simón le lleva a aconsejarle que para evitar sus remordimientos debe reconciliarse con su familia, ya que haberlos dejado atrás le entristece y no le permite evolucionar». Repasó varias veces lo que había escrito y finalmente concluyó que así estaba perfecto. Si no le cayera tan bien Liduvel, hubiera dicho que había utilizado de sus antiguas malas artes para la tentación, a fin de hacer perder a Simón la poca convicción que tenía para seguir ejerciendo de sacerdote. Pero tampoco había usado de sus malas artes para dirigirle por el camino del mal, muy al contrario. Le aconsejaba bien, no le mentía. A ÉL le gustaba la buena gente, fuera lo que fuera. No se disgustaría con Simón por abandonar su Iglesia, mientras continuara ejerciendo el bien, que era lo que finalmente importaba.


Simón no obtuvo respuestas claras de sus oraciones, pero se levantó del reclinatorio con la sensación de que debía telefonear a casa, de que eso era lo único que podía hacer en aquel momento.
Cerró los ojos y esperó que no les hubieran cortado el teléfono por falta de pago. Marcó el número con manos temblorosas. Mientras sonaba el tono de llamada regresó con su mente a la casa donde nació y creció antes de escapar para meterse en el Seminario. Una casa pequeña, apenas 70 metros cuadrados con su escaso espacio muy bien aprovechado, con varias literas en las dos habitaciones de los niños (en una todos los chicos y en otra todas las chicas), armarios atiborrados de ropa de muchas tallas (que pasaba de uno a otro hermano hasta que se caía a pedazos). A aquellas horas su madre repartiría la merienda a sus hijos más pequeños a la salida del colegio, mientras esperaba a los hijos mayores que ya trabajaban, con ropa limpia para cambiarse después de una ducha, y seguramente rezaría para que su marido no acudiera muy borracho a casa por la noche.
    — ¿Sí?—le respondió la voz infantil de uno de sus hermanos más pequeños.
    —Hola, ¿está mamá?—le preguntó Simón con el corazón desbocado, pues no sabía cual de todos los chicos era el que le había contestado (Lino, Sebastián, Mateo o quizá Fran).
    — Si, ahora se pone. ¿Quién es?—preguntó el chico, con curiosidad.
    — Dile que soy Simón...—respondió él, sin añadir que era su hermano mayor ni ningún dato sobre su identidad.
Al cabo de un instante al otro lado del aparato sintió la voz ajada y cansada de su madre. La imaginó claramente ante él, con el pelo revuelto, el delantal sucio, la mirada triste en un rostro pálido y delgado. Nunca comía lo suficiente, ni tenía tiempo para ella. Todo su tiempo era para sus hijos.
    — ¿Sí? ¿Quién es?—preguntó ella, que no parecía haber entendido su nombre en boca de su hijo.
    — Soy Simón, mamá. Tu hijo mayor—susurró él, con un nudo en la garganta.
    — ¿Simón? ¿Qué santo se ha colgado para que llames, chico?—preguntó ella, pero su voz no sonaba enojada, sino quizá un punto asombrada.
    — Me he acordado mucho de vosotros en este tiempo, pero no me he atrevido a llamar, por si me rechazabais. Una buena amiga me ha aconsejado que diera el primer paso para reconciliarme. Por eso llamo y ... he pensado también... enviarte unos pocos ahorros, para los zapatos de los chicos... yo no gasto mucho, ya sabes, y a ti te vendrá bien...—explicó Simón, intentando que no se notara el temblor de su voz.
No escuchó nada al otro lado del teléfono, pero su madre no había colgado.
    — ¿Mamá?
    — Aquí estoy...—respondió ella sin añadir más. Parecía emocionada.
    — Bueno... ¿Qué te parece?—preguntó él tímidamente.
Hubo una pausa interminable antes de que ella se sonara los mocos en su delantal y continuara.
    — El dinero siempre viene bien, pero lo que deberías hacer es visitarnos de vez en cuando. Tus hermanos apenas se acuerdan de ti. Mateo y Rosi eran solo unos bebés cuando te fuiste, ni siquiera te conocerían. Tu padre no está bien. Su hígado... su páncreas, ya sabes... el alcohol pasa factura ahora que ya pasa de los cincuenta. Estaría bien que vinieras, aunque sigas siendo un puñetero cura. Pero no te pongas nada para parecer cura, ni alzacuellos ni ropa oscura... y él no … no se ofenderá, ya sabes... Nunca lo dice, pero te echa en falta—le dijo su madre, arrastrando las palabras que llevaba en su interior hacía mucho tiempo y tragándose sus lágrimas.
    — Sí, claro. Iré. Dudaba si me recibiríais, después de cómo fue la despedida...—musitó Simón, recordando los gritos y portazos.
    — Eso ya está olvidado—aseguró su madre, mientras se oía una trifulca infantil desde lejos—Tengo que dejarte, los pequeños están repartiendo galletas con chocolate por todo el comedor...—se despidió ella apresuradamente—Aquí estamos... hasta cuando quieras, hijo…
    — Sí, mamá. No te preocupes, iré—prometió él, tragándose las lágrimas—Un beso...
Simón colgó el teléfono, con el corazón lleno de alegría. Se alegraba de haber escuchado a Liduvel. Al girarse se sobresaltó al verla esperando en la puerta, con unos paquetes en la mano.
    — Te he traído unas tonterías para tu madre y tus hermanos, del bazar de aquí al lado. Seguro que tú habrías caído en ese detalle cuando les visites... este fin de semana... cuando te pidas fiesta por primera vez en tres o cuatro años—le dijo, dejándole los paquetes en el suelo. Él movió la cabeza.
    — ¿Cómo sabías que...?—preguntó él, sin enojarse. Estaba claro que era una diablesa. No podía haberlo leído en su pensamiento. Él nunca se hubiera atrevido a pensar que aquella tarde iba a llamar a su casa después de años de silencio y hubiera hablado con su madre, después de haberla abandonado años atrás, mientras le gritaba cosas terribles.
    —Simón, Simón, hombre de poca fe... deberías llamarte Tomás—se burló ella, moviendo la cabeza—Tú que viste, creíste. Benditos los que sin ver, creyeron—parafraseó ella con sorna, recuerdo de sus días de diablesa.
Simón sonrió cálidamente. Tomó las bolsas con regalos y la miró fijamente a aquellos ojos llenos de fuego y de siglos.
    — ¿Qué maldita clase de diablesa eres tú, Liduvel?—farfulló Simón.
    — Una fugitiva un tanto especial, que desea volver a ser un ángel, vestir ropas resplandecientes, y llenarme de la paz que no he tenido desde el principio de los tiempos. Me gustaría llegar a ser un ángel de la guarda. No se me da mal del todo... Estoy ensayando con Teresa y contigo—sonrió Liduvel, nostálgica del antiguo cielo, antes de la Rebelión.
    — Si necesitas referencias, yo te las daré. Se te da muy bien. Echaba de menos un ángel de la guarda—sonrió Simón.


Daniel, que aún andaba entretenido elaborando su informe, había asistido a aquella bonita escena, y encantado lo reflejó ampliamente. En verdad era una buena candidata para ángel custodio, mucho mejor de lo que él sería nunca. Sonrió y tomó nota de todo lo que había visto y escuchado, seguro de que puntuaría muy favorablemente a Liduvel ante el tribunal que la juzgaría.
(continuará)